• JORNADA 4

    DEL AMOR A LA CREACIÓN

    Laudato si’, mi Signore, cum tucte le tue creature. — Alabado seas, mi Señor, con todas tus criaturas.

    Cántico del Hermano Sol · Francisco de Asís

    Oración de la Sandalia

    Señor Jesús, tú que caminaste los caminos de Galilea con los pies en el polvo y el corazón en el Padre, tú que te detuviste ante el ciego, ante el leproso, ante la mujer que lloraba, ante el niño que nadie miraba — míranos a nosotros.

    Francisco se quitó las sandalias y salió descalzo a seguirte. No porque el calzado fuera malo, sino porque quería sentir la tierra como tú la sentiste, caminar cerca del suelo como tú caminaste cerca de los pobres.

    Nosotros no pedimos sus llagas. Pedimos su mirada. Pedimos su corazón libre. Pedimos sus pies dispuestos.

    Toma, Señor, nuestras sandalias — nuestros planes, nuestras seguridades, nuestros caminos ya trazados — y ponlas donde tú quieras. Que caminemos donde tú caminas. Que nos detengamos donde tú te detienes. Que lleguemos a quienes tú nos envías.

    Y que al final del camino podamos decir con Francisco: He hecho lo que era mío hacer.

    ¡Paz y bien!

    La Sandalia

    Era el otoño de 1225. Francisco estaba ciego, enfermo, casi al final de su vida. Vivía en una choza de cañas en el jardín del convento de San Damián. No podía ver la luz del sol. Los médicos le habían cauterizado las sienes con hierro al rojo vivo para intentar curarle los ojos. El dolor era constante.

    Y en ese momento — en el fondo de la enfermedad, en la oscuridad de la ceguera, en la pobreza más radical — Francisco compuso el cántico más luminoso de la literatura italiana medieval.

    Laudato si’, mi Signore, cum tucte le tue creature. Alabado seas, mi Señor, con todas tus criaturas.

    Hermano Sol. Hermana Luna. Hermano Viento. Hermana Agua — útil, humilde, preciosa, casta. Hermano Fuego. Hermana Tierra nuestra madre, que nos sustenta y gobierna.

    Francisco no cantó la creación desde la comodidad. La cantó desde el dolor. No la alabó porque le fuera bien. La alabó porque la conocía. Porque se había detenido a mirarla, a escucharla, a comprenderla. Porque había aprendido a ver — con los ojos del corazón — que todo viene de Dios y todo habla de Dios.

    Quien conoce algo de verdad, lo ama. Quien lo ama, lo cuida. Quien lo cuida, lo entrega.

    La Palabra

    El Señor Dios tomó al hombre y lo puso en el jardín del Edén para que lo cultivara y lo cuidara.

    Génesis 2, 15

    Miren los pájaros del cielo: no siembran ni cosechan ni almacenan en graneros, y sin embargo el Padre celestial los alimenta. ¿No valen ustedes mucho más que ellos?

    Mateo 6, 26 — Pueblo: Palabra de Dios. — ¡Gloria a ti, Señor Jesús!

    El Bien Común — La Casa que Reparamos Juntos

    Amar la creación presupone conocerla. Comprender cómo funciona la tierra, qué necesita el agua para seguir siendo agua limpia, qué le pasa al suelo cuando se lo sobreexplota sin descanso. No se puede cuidar lo que no se conoce. Y no se puede respetar lo que no se valora.

    El hombre fue puesto en el jardín para cultivarlo y cuidarlo — no para destruirlo. Es custodio, no dueño. El custodio no explota lo que le fue confiado — lo administra con responsabilidad, pensando no solo en hoy sino en mañana. En los hijos. En los hijos de los hijos.

    En Paraguay, la creación está herida. El Chaco pierde bosques a un ritmo que asusta. Los ríos están contaminados. Las comunidades indígenas ven destruidos los territorios que habitaron por siglos. El suelo se agota bajo el peso de los monocultivos.

    Amar la creación es amar a todos los que la habitamos — todos los seres vivos, y en particular el hombre, llamado a ser su custodio, para que esa tierra produzca para hoy y para mañana.

    ¿Estamos siendo buenos custodios de la creación que se nos confió?

    La Reflexión

    Francisco amó la creación porque la conoció. Porque se detenía. Porque no pasaba corriendo por el mundo como si fuera un escenario de fondo.

    Hay una escena de su vida que lo dice todo: caminando por el campo, Francisco veía volar a los pájaros y se detenía a predicarles. Para Francisco, los pájaros no necesitaban que les predicara la fe. Ya la vivían. Volaban libres, cantaban, no acumulaban, no se angustiaban por el mañana. Eran, sin saberlo, el Evangelio hecho plumas y viento.

    Nosotros hemos aprendido a mirar la creación de otra manera: como recurso. Como mercancía. Como cosa que se usa y se descarta. Y esa mirada nos ha costado caro.

    Pero hay algo más grave aún que la destrucción material: es la pérdida del asombro. Cuando uno deja de asombrarse ante el amanecer, ante el río, ante el árbol que florece, ha perdido algo esencial de su humanidad. Ha dejado de ser custodio para convertirse en explotador.

    Francisco nos propone una conversión de la mirada. Conocer antes de usar. Respetar antes de tomar. Cuidar para poder entregar. Ver en la tierra no a la esclava sino a la madre que nos sustenta.

    El Silencio

    Un momento de silencio para dejar que la Palabra haga su camino.

    (Silencio de un minuto.)

    La Oración

    Señor Jesús, tú miraste los pájaros del cielo y los lirios del campo y viste en ellos la mano de tu Padre. Gracias por la tierra que nos sustenta, por el agua que nos da vida, por el aire que respiramos, por la riqueza de esta tierra paraguaya que nos fue dada en herencia y en custodia. Perdónanos cuando la explotamos sin conocerla. Perdónanos cuando olvidamos que la tierra no es nuestra — es de los que vienen. Danos los ojos de Francisco: que conoció la creación antes de cantarla, que la respetó antes de usarla, que la amó como se ama a una madre. Como Francisco, queremos decirte:

    Pueblo: Señor, haznos custodios fieles de tu creación.

    El Cierre

    Gesto del día: Hoy, detente un momento ante algo de la creación — el cielo, un árbol, el agua. Míralo. Conócelo un poco más. Y pregúntate: ¿estoy cuidando lo que se me confió, para que siga produciendo vida mañana?

    Pueblo: San Francisco, ruega por nosotros.

    (Cántico franciscano — si es posible, una estrofa del Cántico del Hermano Sol.)

  • JORNADA 3

    DE LA FRATERNIDAD Y AMISTAD SOCIAL

    Fratelli tutti — Hermanos todos.

    San Francisco de Asís

    Oración de la Sandalia

    Señor Jesús, tú que caminaste los caminos de Galilea con los pies en el polvo y el corazón en el Padre, tú que te detuviste ante el ciego, ante el leproso, ante la mujer que lloraba, ante el niño que nadie miraba — míranos a nosotros.

    Francisco se quitó las sandalias y salió descalzo a seguirte. No porque el calzado fuera malo, sino porque quería sentir la tierra como tú la sentiste, caminar cerca del suelo como tú caminaste cerca de los pobres.

    Nosotros no pedimos sus llagas. Pedimos su mirada. Pedimos su corazón libre. Pedimos sus pies dispuestos.

    Toma, Señor, nuestras sandalias — nuestros planes, nuestras seguridades, nuestros caminos ya trazados — y ponlas donde tú quieras. Que caminemos donde tú caminas. Que nos detengamos donde tú te detienes. Que lleguemos a quienes tú nos envías.

    Y que al final del camino podamos decir con Francisco: He hecho lo que era mío hacer.

    ¡Paz y bien!

    La Sandalia

    Francisco llamaba a todos “hermano” y “hermana”. No era un modo de hablar. Era una convicción profunda que lo atravesaba entero.

    Hermano sol. Hermana luna. Hermano viento. Hermana agua. Hermano fuego. Hermana tierra nuestra madre. Hermana muerte corporal.

    Pero sobre todo: hermano hombre. Hermana mujer. Sin distinción de clase, de raza, de religión, de condición. El leproso era su hermano. El ladrón que lo asaltó en el camino era su hermano. Y el sultán Melek-el-Kamel — el enemigo musulmán al que fue a visitar en medio de las Cruzadas, cruzando las líneas de guerra sin armas y sin miedo — era su hermano también.

    Cuando Francisco llegó al campamento del sultán, todos esperaban que fuera a predicarle y a convertirlo. Pero Francisco fue a encontrarlo. A escucharlo. A descubrir en él a un hombre que también buscaba a Dios a su manera.

    El sultán no se convirtió. Pero trató a Francisco con respeto y admiración, y lo dejó partir en paz. Dos hombres de mundos opuestos, sentados frente a frente, descubriendo que la humanidad que los unía era más grande que todo lo que los separaba.

    Eso es la fraternidad según Francisco. No un sentimiento. Una decisión. Y antes que una decisión, un descubrimiento.

    La Palabra

    Les doy un mandamiento nuevo: ámense los unos a los otros. Como yo los he amado, ámense también ustedes los unos a los otros. En esto reconocerán todos que son mis discípulos: en el amor que se tengan los unos a los otros.

    Juan 13, 34-35 — Pueblo: Palabra de Dios. — ¡Gloria a ti, Señor Jesús!

    El Bien Común — La Casa que Reparamos Juntos

    A los hermanos no se los elige. Te los dan. Nadie elige la familia en la que nace, el barrio donde crece, el pueblo al que pertenece. Los hermanos llegan sin que uno los pida — y eso es exactamente lo que los hace hermanos.

    La fraternidad es un don. Y como todo don, pide ser recibido. Pide reconocer en el otro — aunque sea diferente, aunque incomode, aunque tenga razón cuando uno no quiere dársela — a alguien que viene del mismo origen y camina hacia el mismo destino.

    Eso es el remedio más poderoso contra el individualismo — esa lógica que dice: yo primero, yo solo, yo me basto. La fraternidad obliga a pensar en plural. Obliga a decir nosotros. Obliga a trabajar codo a codo, en horizontal, con otros que son iguales aunque sean diferentes.

    El Papa Francisco tomó las palabras de su hermano de Asís — Fratelli tutti, hermanos todos — y las convirtió en un llamado urgente: no hay bien común sin fraternidad. No hay Casa Común si cada uno construye solo su cuarto y cierra la puerta con llave.

    ¿Con quién nos cuesta trabajar codo a codo en el Paraguay de hoy?

    La Reflexión

    Hay una palabra que Francisco usaba para su comunidad: fraternidad. No organización. No institución. No equipo. Fraternidad — un grupo de hermanos que no se eligieron pero que decidieron caminar juntos.

    Esa palabra cambia todo. Cuando trabajo con un colega, puedo despedirlo si no rinde. Cuando trabajo con un hermano, tengo que cargar con él aunque cueste. El vínculo no se rompe por decreto.

    Jesús no eligió a sus discípulos por méritos. Los llamó siendo lo que eran: pescadores sin estudios, recaudadores de impuestos despreciados, cobardes que huirían en el momento de la verdad. Los llamó hermanos antes de que lo merecieran.

    En Paraguay, la fraternidad es un desafío concreto. Las divisiones políticas separan familias. El miedo al diferente construye muros invisibles pero sólidos. El individualismo convence a cada uno de que puede arreglárselas solo.

    Francisco nos dice que no. Que solos no podemos. Que la plenitud de la vida humana solo se alcanza en comunión. La Casa Común no la construye uno solo. La construimos juntos, codo a codo, o no se construye.

    El Silencio

    Un momento de silencio para dejar que la Palabra haga su camino.

    (Silencio de un minuto.)

    La Oración

    Señor Jesús, tú nos llamaste hermanos antes de que lo fuéramos. Tú viste en nosotros una familia cuando nosotros solo veíamos diferencias. Gracias por los hermanos que nos diste — los que elegimos y los que no elegimos, los que nos alegran y los que nos cuestan. Perdónanos el individualismo que nos hace creer que podemos solos. Perdónanos los muros que construimos con palabras, con silencios, con indiferencia. Enséñanos a trabajar codo a codo, a pensar en plural, a decir nosotros antes que yo. Como Francisco, queremos decirte:

    Pueblo: Señor, haznos constructores de fraternidad.

    El Cierre

    Gesto del día: Hoy, haz algo que no puedas hacer solo — busca a alguien para hacerlo junto. Puede ser pequeño: una visita, una tarea, una conversación pendiente. Lo importante es el codo a codo.

    Pueblo: San Francisco, ruega por nosotros.

    (Cántico franciscano.)

  • JORNADA 2

    DE LA IGLESIA QUE AMA A LOS POBRES

    “Cuando vi a los leprosos, su vista me causaba amargura. Pero el Señor mismo me condujo entre ellos, y yo puse en práctica la misericordia con ellos.”

    Testamento de Francisco de Asís

    Oración de la Sandalia

    Señor Jesús, tú que caminaste los caminos de Galilea con los pies en el polvo y el corazón en el Padre, tú que te detuviste ante el ciego, ante el leproso, ante la mujer que lloraba, ante el niño que nadie miraba — míranos a nosotros.

    Francisco se quitó las sandalias y salió descalzo a seguirte. No porque el calzado fuera malo, sino porque quería sentir la tierra como tú la sentiste, caminar cerca del suelo como tú caminaste cerca de los pobres.

    Nosotros no pedimos sus llagas. Pedimos su mirada. Pedimos su corazón libre. Pedimos sus pies dispuestos.

    Toma, Señor, nuestras sandalias — nuestros planes, nuestras seguridades, nuestros caminos ya trazados — y ponlas donde tú quieras. Que caminemos donde tú caminas. Que nos detengamos donde tú te detienes. Que lleguemos a quienes tú nos envías.

    Y que al final del camino podamos decir con Francisco: He hecho lo que era mío hacer.

    ¡Paz y bien!

    La Sandalia

    Antes de que Francisco cambiara el mundo, un leproso lo cambió a él.

    En su Testamento — escrito poco antes de morir, cuando ya sólo le quedaban palabras y tiempo escaso — Francisco identifica ese momento como el origen de todo:

    “Cuando estaba en pecados, me parecía muy amargo ver a los leprosos. Y el Señor mismo me condujo entre ellos, y puse en práctica la misericordia con ellos. Y al apartarme de ellos, lo que me había parecido amargo se me transformó en dulzura del alma y del cuerpo.”

    No fue una conversión teórica. Fue un encuentro. Francisco no decidió un día amar a los pobres porque leyó un tratado de teología. Se encontró con un leproso en el camino, y algo por dentro no le dejó seguir de largo.

    Los leprosos eran los excluidos definitivos de la sociedad medieval. Se los obligaba a vivir fuera de las ciudades, a llevar campanillas para avisar de su presencia, a no tocar a nadie ni que nadie los tocase. Eran la imagen del descarte absoluto.

    Francisco los abrazó. No simbólicamente — físicamente. Y descubrió lo que el Evangelio promete y la experiencia confirma: que en el rostro del más pobre está el rostro de Cristo. No como metáfora. Como realidad.

    Francisco no los salvó. Ellos lo salvaron a él.

    La Palabra

    El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar la Buena Noticia a los pobres. Me ha enviado a proclamar la libertad a los cautivos y la vista a los ciegos, a poner en libertad a los oprimidos, a proclamar el año de gracia del Señor.”

    Lucas 4, 18 — Pueblo: Palabra de Dios. — ¡Gloria a ti, Señor Jesús!

    El Bien Común — La Casa que Reparamos Juntos

    Cuando Francisco salió a abrazar al leproso, la Iglesia de su tiempo tenía iglesias llenas y pobres ignorados. La fe se había convertido en un asunto privado de salvación personal. Los pobres quedaban afuera.

    Francisco le recordó a la Iglesia que los pobres no son un problema social que resolver ni un objeto de caridad que tranquiliza la conciencia. Son personas. Son sujetos. Tienen dignidad. Y en su rostro se esconde el rostro de Cristo.

    El bien común no es la suma de los bienes privados. Es el conjunto de condiciones que permiten a todos — especialmente a los más vulnerables — desarrollar su vida con dignidad. No es generosidad. Es justicia.

    Una Iglesia que ama a los pobres no distribuye limosna — reclama derechos. No calma conciencias — interpela estructuras. No espera que los pobres vengan — sale a buscarlos.

    ¿Cómo está nuestra Iglesia local ante los más vulnerables de nuestra comunidad?

    La Reflexión

    Francisco no se hizo pobre porque la pobreza le parecía una virtud abstracta. Se hizo pobre porque vio al pobre. El encuentro precede a la decisión.

    Hay una diferencia fundamental entre ver a los pobres y mirarlos. Ver es registrarlos en el campo visual. Mirar es detenerse, reconocer, recibir el impacto de su presencia. Francisco miró al leproso. Y el leproso lo miró a él. Y ese intercambio de miradas lo cambió por dentro.

    El Papa Francisco lo ha dicho con una imagen que no deja salida: “una Iglesia pobre para los pobres”. No es una opción ideológica — es una consecuencia de tomarse en serio el Evangelio. Jesús no visitó a los pobres desde arriba. Se hizo pobre. Nació en un establo. Murió en una cruz entre ladrones.

    La Iglesia que sale — que no espera que la realidad entre por la puerta de la sacristía — es la única que puede ser signo de esperanza en un mundo que produce más excluidos que nunca.

    El Silencio

    Un momento de silencio para dejar que la Palabra haga su camino.

    (Silencio de un minuto.)

    La Oración

    Señor Jesús, tú que ungíste a Francisco para anunciar la Buena Noticia a los pobres. Gracias por los pobres que nos enseñan lo que no se aprende en ningún otro lado: que la vida es un don, que la dignidad no se compra, que el amor es lo único que no se acaba. Perdónanos cuando los tratamos como problema y no como personas. Perdónanos cuando nuestra caridad calma nuestra conciencia pero no cambia su vida. Enseñanos a mirar como Francisco miró: a detenernos, a tocar, a dejarnos cambiar por el encuentro. Como Francisco, queremos decirte:

    Pueblo: Señor, enséñanos a ver lo que tú ves.

    El Cierre

    Gesto del día: ¿Hay alguien cerca de mí que vive en pobreza y al que yo trato como objeto de caridad? Hoy, hazle una visita — no para llevarle algo, sino para escucharle. Deja que su vida te cambie algo por dentro.

    Pueblo: San Francisco, ruega por nosotros.

    (Cántico franciscano.)

  • JORNADA 1

    DE LA VOCACIÓN CRISTIANA

    “Francisco, ve y repara mi casa, que como ves está en ruinas.”

    San Damián · c. 1205

    Oración de la Sandalia

    Señor Jesús, tú que caminaste los caminos de Galilea con los pies en el polvo y el corazón en el Padre, tú que te detuviste ante el ciego, ante el leproso, ante la mujer que lloraba, ante el niño que nadie miraba — míranos a nosotros.

    Francisco se quitó las sandalias y salió descalzo a seguirte. No porque el calzado fuera malo, sino porque quería sentir la tierra como tú la sentiste, caminar cerca del suelo como tú caminaste cerca de los pobres.

    Nosotros no pedimos sus llagas. Pedimos su mirada. Pedimos su corazón libre. Pedimos sus pies dispuestos.

    Toma, Señor, nuestras sandalias — nuestros planes, nuestras seguridades, nuestros caminos ya trazados — y ponlas donde tú quieras. Que caminemos donde tú caminas. Que nos detengamos donde tú te detienes. Que lleguemos a quienes tú nos envías.

    Y que al final del camino podamos decir con Francisco: He hecho lo que era mío hacer.

    ¡Paz y bien!

    INTRODUCCIÓN

    Por qué este novenario

    En el año 2026, la Iglesia universal celebra el VIII Centenario del Tránsito de San Francisco de Asís. Ochocientos años desde que ese hombre pequeño y descalzo murió cantando en la Porciúncula, sobre la tierra desnuda, habiendo vivido veinte años de seguimiento radical de Cristo.

    La Iglesia en Paraguay celebra ese centenario con el proyecto pastoral La Sandalia de Francisco — Siguiendo sus huellas. Una reliquia ex cineribus corporis del Seráfico Padre peregrina por todas las diócesis del país. Este novenario es la preparación espiritual para recibirla — y una invitación a caminar con Francisco, a mirar nuestra tierra paraguaya a través de sus ojos.

    Cómo está construido

    Diez jornadas — nueve y una coronación. Cada una tiene la misma arquitectura en siete momentos: La Sandalia (una escena de la vida de Francisco), La Palabra (Evangelio), El Bien Común (dimensión social), La Reflexión, El Silencio (un minuto real), La Oración y El Cierre con un gesto concreto.

    Para quién

    Para todos. No requiere formación teológica, sino disposición: un corazón abierto, una vida honesta, y la voluntad de dejarse sorprender por el Evangelio.

    Una advertencia

    Francisco no es una figura del pasado. Es un contemporáneo. Sus preguntas son las nuestras. No se trata de admirarlo desde lejos. Se trata de ponerse sus sandalias y caminar.

    ¡Paz y bien!

    JORNADA 1 — DE LA VOCACIÓN CRISTIANA

    El llamado de San Damián

    Apertura

    El animador enciende una vela o coloca una sandalia frente a la imagen de Francisco.

    Francisco caminó descalzo por amor a Cristo. Nosotros seguimos sus huellas.

    Pueblo: ¡Paz y bien!

    I — La Sandalia

    Era un joven de veinte años que tenía todo. Ropa fina, amigos, fiestas, sueños de gloria militar. Francesco Bernardone era el hijo del comerciante más próspero de Asís, y el mundo le sonreía.

    Pero algo empezó a quebrarse por dentro. Una guerra perdida, una enfermedad larga, el ruido vacío de las fiestas que ya no llenaban nada. Francisco comenzó a salir solo, a caminar por los campos, a buscar en el silencio lo que el ruido no le daba.

    Un día entró en la pequeña capilla en ruinas de San Damián. Se arrodilló ante el crucifijo. Y el crucifijo le habló:

    “Francisco, ve y repara mi casa, que como ves está en ruinas.”

    No lo entendió del todo. Pensó que se trataba de piedras y paredes. Empezó a cargar piedras con sus manos. Pero poco a poco fue comprendiendo que la casa que había que reparar era mucho más grande. Era la Iglesia. Era su propia vida. Era el mundo.

    Esa voz que lo llamó desde la cruz es la misma que resuena hoy en cada corazón que busca con honestidad.

    II — La Palabra

    Evangelio según San Marcos 1, 16-18:

    Al pasar junto al lago de Galilea, vio a Simón y a su hermano Andrés echando las redes, pues eran pescadores. Jesús les dijo: “Síganme, y los haré pescadores de hombres.” Al instante dejaron las redes y lo siguieron.

    Pueblo: Palabra de Dios. — ¡Gloria a ti, Señor Jesús!

    III — El Bien Común

    Francisco reparó una capilla con sus manos. Pero la casa que Dios quería reparar era mucho más grande.

    Nosotros también tenemos una casa que reparar juntos: la educación que no llega a todos, la salud que no alcanza para los pobres, la justicia que se compra, la política que se corrompe. Esa casa rota es la Casa Común — y nadie la repara solo.

    El bien común no es caridad. Es justicia. Francisco lo entendió cuando abrazó al leproso: no le dio limosna, le devolvió la dignidad.

    ¿Qué parte de esa casa nos toca reparar a nosotros, aquí, en el Paraguay de hoy?

    IV — La Reflexión

    Francisco no buscaba ser santo. Buscaba sentido. Y lo encontró donde menos lo esperaba: en una capilla rota, ante una imagen descascarada, en el silencio de un mediodía cualquiera.

    El Evangelio nos muestra a Simón y Andrés haciendo lo de siempre — echando redes, ganándose el pan — cuando de pronto algo los interrumpe. Una voz. Una mirada. Y todo cambia.

    Eso es la vocación cristiana: no un plan de vida trazado desde arriba, sino una interrupción amorosa. Un momento en que Alguien nos llama por nuestro nombre y nosotros, sin entender del todo por qué, soltamos las redes y seguimos.

    En Paraguay, cada uno de nosotros ha recibido ese llamado. La pregunta no es si Dios llama. La pregunta es si estamos escuchando. Y si escuchamos: ¿qué casa estamos llamados a reparar?

    V — El Silencio

    Un momento de silencio para dejar que la Palabra haga su camino. (Silencio de un minuto.)

    VI — La Oración

    Señor Jesús, tú llamaste a Francisco desde una cruz en ruinas y él no huyó de tu mirada. Gracias porque también a nosotros nos llamas, en medio de nuestra vida ordinaria, de nuestra tierra paraguaya, de nuestras propias ruinas. Danos oídos para escuchar tu voz. Danos valentía para soltar lo que nos ata. Danos manos para reparar lo que está roto en nuestra familia, en nuestra comunidad, en la educación, en la salud, en la justicia de nuestro país. Como Francisco, queremos responderte:

    Pueblo: Aquí estoy, Señor. Envíame a mí.

    VII — El Cierre

    Gesto del día: Hoy, busca un momento de silencio — aunque sean cinco minutos. Apaga el teléfono, siéntate, y pregúntate: ¿qué está llamando Dios a reparar en mi vida? ¿Y qué parte de la Casa Común me toca a mí?

    Pueblo: San Francisco, ruega por nosotros.

    (Cántico franciscano.)

  • Nota de presentación

    Esta tercera entrega retoma una tensión que las dos anteriores dejaron planteada sin resolver: el derecho del médico a renunciar es legítimo, y ningún argumento vocacional puede negárselo —pero ¿qué ocurre cuando ese derecho se ejerce de forma simultánea por cientos de profesionales a la vez? El artículo sostiene que ahí aparece una pregunta ética distinta, que la sola defensa del derecho individual no alcanza a responder.

    El texto parte de un principio que ordena todo lo demás: la dignidad del paciente es el primer nivel establecido en la primera entrega, y el deber de cuidarla recae tanto en el Estado como en el gremio, con precedencia de rango —no de importancia— sobre el derecho a una remuneración digna, sin que eso lo inhiba. Sobre esa base, reconoce al Sinamed como sujeto de un derecho de asociación legítimo, que fortalece la protesta gremial, pero que trae consigo un deber recíproco hacia el resto de la sociedad, propio de todo protagonista del Bien Común.

    Sobre los hechos, el artículo señala algo que conviene no simplificar: existe una disputa entre el gremio y el Ministerio de Salud sobre la magnitud exacta de la crisis —el primero habla de entre 300 y 431 renuncias formalizadas, con proyección de hasta 600; el segundo reconoce oficialmente una cifra bastante menor—. Más allá de cuál número se confirme, el artículo distingue entre el derecho individual a renunciar y el efecto de una acción coordinada a esa escala, que ningún médico aislado podría producir. De ahí se desprende que la responsabilidad del conflicto no recae en una sola parte: el Estado responde por la causa —catorce años de incumplimiento—; el gremio responde por la forma —la elección de una medida de máxima presión—.

    El texto examina también los caminos legítimos de resolución que anteceden a la renuncia masiva —negociación, mediación, arbitraje, medidas graduales—, respaldados por el propio Magisterio: Juan Pablo II, en Laborem Exercens, reconoce la huelga como medio legítimo pero «extremo», exigible solo tras agotar las demás vías, con una advertencia expresa sobre los servicios esenciales para la convivencia civil.

    Cierra con dos ideas que dan a la reflexión su filo más agudo: que el paciente —el tercero que no eligió el conflicto— no puede convertirse en árbitro de una disputa que no le pertenece, ni pagar con su atención el costo de una negociación que otros dejaron fracasar; y que la pérdida de especialistas formados no se revierte con la misma velocidad con que se produce el daño, por lo que la responsabilidad de la forma elegida no se diluye aunque la cifra final resulte menor a la anunciada: el riesgo se asumió sobre la base más alta, no sobre la más conservadora.

    Encarnación, 3 de septiembre de 2026

    Francisco Javier Pistilli Scorzara

    Paraguay Sano: el derecho a renunciar y su costo colectivo

    Tercera parte: dilema ético y social de las renuncias masivas en el sistema de salud

    Las dos entregas anteriores defendieron dos cosas que parecen, a primera vista, contradictorias, y no lo son: que ningún argumento vocacional puede usarse para negarle al médico su derecho a renunciar, y que ese mismo derecho, ejercido por cientos de profesionales a la vez, plantea una pregunta ética distinta que no puede resolverse apelando solo a la legitimidad individual del acto. Esta tercera parte trata esa pregunta directamente.

    Un deber que precede: la dignidad del paciente como primer nivel

    Antes de examinar los hechos, conviene fijar un principio que ordena todo lo demás. La primera entrega estableció tres niveles para pensar este conflicto: dignidad, presupuesto, factor humano —y afirmó que el primero, la dignidad protegida por ley, es el fundamento no negociable sobre el que se construye todo lo demás. Ese primer nivel no pertenece solo al médico. Pertenece, con la misma fuerza y en primer lugar, al paciente.

    Tanto el Estado como el gremio médico tienen el deber de cuidar ese primer nivel: la dignidad de la persona que depende, en el acto, de la atención que ambos —cada uno desde su función— están llamados a sostener. Este deber precede en rango al derecho a una remuneración digna, aunque no lo inhibe ni lo cancela: el médico tiene pleno derecho a una retribución justa, precisamente porque esa dignidad —la suya— es la misma que fundamenta el deber de cuidar al paciente. No son dos derechos que compiten por el mismo espacio; son el mismo principio aplicado en dos direcciones, donde una —el cuidado del más vulnerable en el momento del acto— tiene precedencia estructural sobre la otra, sin que eso la anule.

    Los protagonistas del Bien Común: derecho de asociación y deber recíproco

    El Sinamed no es una suma casual de individuos que coincidieron en una semana: es una asociación, y el derecho de asociarse para la defensa de intereses legítimos es, en sí mismo, parte constitutiva del Bien Común. La tradición social lo sostiene con fuerza, porque reconoce que las personas agrupadas alcanzan una capacidad de acción que aisladas no tienen. Esto fortalece, no debilita, la legitimidad de la protesta gremial: no es un exceso, es el ejercicio de un derecho propio de toda asociación.

    Pero el Bien Común no reconoce derechos de asociación sin su correlato de deberes hacia la sociedad. La definición misma de Bien Común —que todo individuo y toda asociación puedan alcanzar su desarrollo pleno en igualdad de condiciones y oportunidades— exige que ese desarrollo no se busque a costa de que otros pierdan la posibilidad de alcanzar el suyo. El gremio, como sujeto de derecho, hereda no solo el poder de la acción conjunta, sino también un deber que ningún médico aislado podría cargar solo: medir el efecto de su decisión colectiva sobre el resto del cuerpo social. El Estado, simétricamente, tiene el mismo deber frente al gremio que reclama: reconocerlo como protagonista legítimo del Bien Común, no como amenaza a contener.

    Los hechos, sin atenuantes

    Existe una disputa sobre la magnitud exacta de la crisis, que conviene no resolver por elección propia. El gremio médico sostiene que entre 300 y 431 especialistas ya formalizaron su renuncia, con proyección de hasta 600; el Ministerio de Salud reconoce oficialmente un número bastante menor, con exigencias formales de presentación que buena parte de esas notas todavía no cumpliría. Más allá de cuál cifra resulte finalmente confirmada, el hecho relevante para esta reflexión no cambia: se trata de una acción coordinada y simultánea, no de renuncias individuales que coincidieron por azar. Esa coordinación —reconocida por el propio gremio como estrategia de presión— es la que carga con la responsabilidad que desarrollamos más adelante, independientemente de si el número final es de sesenta, trescientos o seiscientos profesionales.

    Un derecho individual, un efecto que no lo es

    Cada médico que renuncia ejerce un derecho pleno. Pero la ética de la acción colectiva no es la simple suma de sus actos individuales. Cuando cientos de personas ejercen el mismo derecho en la misma semana, en las mismas condiciones y como parte de una misma estrategia gremial explícita, el resultado no es una acumulación de decisiones privadas sin relación entre sí: es una acción coordinada con un efecto que ningún médico, tomado solo, podría producir —el colapso simultáneo de especialidades enteras.

    Esto no convierte la renuncia en ilegítima. Pero sí exige reconocer que un acto colectivo, aunque compuesto de actos individuales legítimos, adquiere una dimensión moral propia que merece juicio propio, distinto del juicio que aplicamos a cada renuncia aislada. Un médico que renuncia porque ya no puede sostener su vida con ese salario actúa con derecho pleno. Un colectivo que coordina 600 renuncias como medida de presión negocial actúa, además, como sujeto político —y los sujetos políticos, a diferencia de los individuos que solo protegen su propia vida, cargan con responsabilidad por las consecuencias previsibles de su acción conjunta, del mismo modo que el Estado carga con responsabilidad por las consecuencias previsibles de su inacción.

    La responsabilidad no se reparte por partes iguales, pero se reparte

    Aquí conviene evitar dos simplificaciones opuestas, ambas cómodas y ambas incompletas.

    La primera es cargar toda la responsabilidad sobre el Estado, por su incumplimiento de catorce años y su respuesta insuficiente durante el conflicto. Es cierto que el Estado incumplió primero, y que buena parte del argumento de las dos entregas anteriores se sostiene en eso. La segunda simplificación, igual de cómoda, es la que cargan quienes invocan el apostolado para deslegitimar la renuncia: cargar toda la responsabilidad sobre el gremio, acusándolo de «abandonar» pacientes, sin mencionar los fundamentos de la acción gremial referidos a la inacción del Estado.

    Pero decir que el Estado incumplió primero no es lo mismo que decir que el Estado es el único responsable del daño que hoy sufre el paciente sin cirujano pediátrico disponible. Esa responsabilidad tiene un origen —el Estado— y un vehículo —la decisión gremial de ejercer presión por esta vía, en este momento, con esta magnitud—. Ambos son eslabones reales de la misma cadena causal.

    Formulado con precisión: el Estado es responsable por la causa —el incumplimiento sostenido que hizo insostenible la permanencia—; el gremio es responsable por la forma —la elección de una medida de máxima presión que traslada un costo inmediato a quien no participó de la disputa: el paciente. Ninguna de las dos responsabilidades cancela a la otra, y ninguna de las dos es excusa para no nombrar la otra.

    Los caminos legítimos de resolución

    Si el deber de cuidar la dignidad del paciente precede en rango, entonces agotar las vías que menos comprometen esa dignidad antes de llegar a la que más la compromete no es una preferencia táctica: es una exigencia que se sigue directamente de ese principio. Toda tradición de resolución de conflictos laborales y sociales reconoce una escalada de instancias, cada una con menor costo para terceros que la siguiente:

    • Negociación directa entre las partes —la que ya vimos fracasar, en cuatro reuniones sin propuesta concreta.
    • Mediación, con un tercero neutral que facilita el diálogo sin imponer una solución.
    • Arbitraje, con un tercero de autoridad reconocida por ambas partes, que dicta una salida vinculante.
    • Medidas de fuerza graduales —paro parcial, guardias mínimas garantizadas, quites de colaboración— que presionan sin llegar al colapso total de la atención.
    • Renuncia masiva simultánea, la medida de máxima intensidad, la que menos margen de reversión inmediata deja.

    Esta exigencia no es una construcción propia de esta reflexión: es magisterio explícito. Juan Pablo II, en Laborem Exercens, reconoce la huelga como «un método… legítimo en las debidas condiciones y en los justos límites», pero subraya de inmediato que «sigue siendo, en cierto sentido, un medio extremo» del que «no se puede abusar» —y añade una advertencia que toca directamente este caso: «cuando se trata de servicios esenciales para la convivencia civil, éstos han de asegurarse en todo caso». El Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia fija la misma condición desde otro ángulo: la huelga es legítima «cuando constituye un recurso inevitable… después de haber constatado la ineficacia de todas las demás modalidades para superar los conflictos». La escalada que proponemos, entonces, no es una preferencia táctica externa a la tradición: es la condición de licitud moral que el propio Magisterio exige antes de llegar a la medida de máxima intensidad.

    La huelga es un hecho instalado en este momento. Pero si el cuidado de la dignidad del paciente precede en rango, la pregunta de si se agotaron las vías intermedias no es un dato accesorio: es la que decide si el costo trasladado al paciente fue, además de real, evitable.

    El paciente, el tercero que no eligió — y que no puede ser rescatador

    Es el punto que las secciones anteriores, centradas en la relación Estado-médico, dejaron en segundo plano: el niño que necesitaba una cirugía cardíaca pediátrica y hoy no tiene cirujano disponible en el sistema público no participó de esta disputa, no votó el reajuste salarial, no decidió la huelga ni la renuncia. Es, en el sentido más estricto, la víctima de un conflicto entre dos partes que sí tenían capacidad de negociar y no lo hicieron a tiempo. La Doctrina Social de la Iglesia tiene un principio que aplica exactamente aquí: ninguna reivindicación, por justa que sea en su origen, queda automáticamente justificada en todos los medios que emplea para hacerse valer —los medios también se juzgan, no solo los fines.

    Esto no equivale a pedirle al médico que renuncie a su derecho. Equivale a pedir que la decisión de ejercerlo de forma masiva y coordinada se tome con plena conciencia de que hay un tercero inocente que paga el costo inmediato, y que esa conciencia debería traducirse en algo concreto: mecanismos de transición que la propia ventana de treinta días insinúa pero no garantiza, priorización de casos críticos, comunicación clara a los pacientes en tratamiento —gestos que distinguen una protesta que asume su costo moral de una que lo ignora.

    La pérdida que no se revierte con un acuerdo

    Hay, además, una consecuencia que ninguna negociación revierte con la misma velocidad con que se produce el daño. Un especialista formado —cualquiera sea el número final de quienes efectivamente se desvinculen— representa años de formación y de práctica acumulada que no se reponen con un nombramiento administrativo, por rápido que este sea. La magnitud del riesgo depende de cuántas de estas renuncias se concreten y sean aceptadas —algo que, como vimos, todavía está en disputa entre el gremio y el Ministerio—, pero el principio no depende del número exacto: cada especialista que efectivamente se desvincula, sin volver, es una pérdida de capacidad instalada que ningún acuerdo salarial posterior recupera de inmediato. Esa es la razón por la que la responsabilidad de la forma elegida —la renuncia coordinada como medida de máxima presión— no se diluye aunque la cifra final termine siendo menor a la anunciada: el riesgo se asumió sobre la base de la cifra más alta, no de la más conservadora.

    Síntesis: dos deberes que no compiten, se completan

    El derecho a renunciar no se negocia. El derecho de asociación que lo respalda tampoco. Pero ambos coexisten con un deber que los precede en rango: el cuidado de la dignidad de quien depende, en el acto, de la atención que el sistema debe sostener. Ese deber recae sobre el Estado y sobre el gremio por igual, y exige de ambos lo mismo: agotar las vías que menos comprometen esa dignidad antes de recurrir a la que más la compromete, y negarse a convertir al paciente en árbitro de una disputa de roles que no le pertenece. El Bien Común no se protege eligiendo un bando entre el médico y el Estado —se protege exigiéndoles a ambos, con el mismo rigor, que midan las consecuencias de sus actos sobre quien no está en la mesa de negociación, pero es quien más pierde cuando esa mesa fracasa.

    Encarnación, 3 de septiembre de 2026

    Francisco Javier Pistilli Scorzara

  • Nota de presentación

    Este segundo artículo retoma el conflicto médico paraguayo donde el primero lo dejó: habiendo establecido que la dignidad, el presupuesto y el factor humano son planos distintos que no deben confundirse, esta entrega pregunta qué hace, en concreto, que la remuneración de un servidor público sea digna y qué la hace justa —y por qué esa pregunta no puede responderse gremio por gremio, sino que exige mirar el cuerpo social entero.

    El texto parte de una corrección necesaria: frente a la declaración de que «ser médico es un apostolado», distingue el servicio evangélico —un llamado de origen trascendente, sin condición de reciprocidad material— del servicio civil, que sí implica dos obligaciones morales recíprocas: no abandonar a quien depende de uno, y sostener con dignidad a quien sirve. Ninguna de las dos puede invocarse para cancelar la otra.

    Sobre esa base, desarrolla tres criterios que rara vez se articulan juntos: la dignidad salarial de un servicio que no exige a quien lo presta sostenerlo de su propio bolsillo; la justicia salarial como proporción verificable, apoyada en una distinción necesaria —la salud misma no tiene precio, pero sostenerla sí tiene un costo real, y quienes no dudan en asumir ese costo para sí mismos deberían reconocer la misma responsabilidad frente al sistema que sostiene la salud de todos—; y el salario ético, que interpela a quienes tienen el poder de fijar su propia remuneración o la de su entorno. Sobre este último se apoya una distinción central: el cargo público es un privilegio de servicio que se corrompe en privilegio de apropiación cuando se usa para beneficio propio o del entorno —el nepotismo es su forma más clara, y desnuda cualquier argumento de «no hay plata».

    El artículo cierra en el Bien Común, que exige simultáneamente cuatro condiciones —un umbral de dignidad, una proporción de justicia pareja entre sectores, transparencia en quienes fijan su propia remuneración, y mérito como puerta de entrada a cualquier cargo— y propone que «Paraguay Sano» se entienda en ese sentido más amplio: como indicador de la salud institucional de un país entero, no solo del sistema sanitario.

    Encarnación, 1 de septiembre de 2026

    Francisco Javier Pistilli Scorzara

    Paraguay Sano: el servicio, el salario y la salud del cuerpo social

    Segunda parte: servicio, dignidad y justicia salarial en el Paraguay que queremos

    El artículo anterior discutió el conflicto médico en sus propios términos: dignidad, presupuesto y factor humano, aplicados a un gremio. Pero la pregunta que ese conflicto dejó abierta es más amplia, y merece tratarse con el mismo rigor: ¿qué hace que la remuneración de un servidor público sea digna, y qué la hace justa? Y sobre todo: ¿por qué esa pregunta no puede responderse gremio por gremio, sino que exige mirar el cuerpo social entero?

    «Paraguay Sano» nombró, en el programa de gobierno, uno de sus pilares sanitarios. Pero hay un sentido más amplio y más exigente de esa expresión: un país sano no es solo uno con hospitales que funcionan, sino uno donde cada servidor —médico, docente, legislador, funcionario— recibe lo que le corresponde por su servicio, y presta ese servicio en condiciones que no lo obligan a subsidiarlo con su propia dignidad.

    El Buen Pastor y el asalariado: el orden correcto, no la ausencia de salario

    El presidente del Congreso, ante las renuncias masivas de médicos, declaró que «ser médico es un apostolado» y que, por eso, no se puede abandonar a un paciente. La imagen no está mal elegida en su origen, pero conviene entenderla en su sentido completo. El Evangelio de Juan (10, 11-13) distingue al Buen Pastor del asalariado no porque el pastor no deba recibir sustento, sino porque su entrega no depende de un cálculo: «El buen pastor da su vida por las ovejas. El asalariado, que no es pastor […] ve venir al lobo, abandona las ovejas y huye […] porque es asalariado y no le importan las ovejas.» La distinción no está entre quien cobra y quien no cobra —está entre quien sirve por amor a quien depende de él y quien sirve solo mientras el cálculo lo beneficia.

    Ese es el núcleo correcto de lo que «apostolado» señala aplicado al servicio público: el compromiso ético va primero. Quien ocupa un cargo de servicio no puede huir en el momento en que su presencia es más necesaria, calculando solo su propio interés —ni el médico ante el paciente, ni el legislador ante su función, ni el docente ante el aula.

    Pero el pasaje no dice, en ningún momento, que el pastor deba trabajar sin sustento, ni que su entrega justifique que se lo mantenga en condiciones indignas. La primacía ética no cancela la reciprocidad material —la funda. Precisamente porque el pastor no huye, es a quien más le corresponde un sustento digno, no menos. Invocar el ejemplo del Buen Pastor para pedirle al médico que no renuncie, sin asumir a la vez el deber de sostenerlo con dignidad, invierte el sentido del pasaje: retiene la exigencia y silencia la reciprocidad. Esa misma exigencia de entrega debería aplicarse, con igual severidad, a cualquier cargo que también implique una responsabilidad de conducción del bien común.

    Con todo, conviene precisar los términos con el rigor que merecen. En sentido propio, apostolado designa un servicio evangélico y eclesial: la misión que Cristo confía a los Doce, y a través de ellos a la Iglesia, para la salvación de las almas —un llamado de origen trascendente, no una función civil. Aplicado al servicio público, el término correcto no es apostolado, sino servicio. Ambos comparten la misma estructura moral que citamos del Buen Pastor —el compromiso ético antes que el cálculo—, pero no son la misma categoría, y no conviene confundirlas: llamar «apostolado» al ejercicio de una profesión civil, por noble que sea, presta a esa exigencia un prestigio moral que no le corresponde por su propia naturaleza, y termina usándose —como en este caso— para reclamar una entrega que a la vocación eclesial sí se le puede pedir en esos términos, pero al servicio público se le debe pedir, con la misma seriedad, en los suyos: sirviendo sin abandonar en el acto a quien depende de él, sí, pero con el derecho pleno a una retribución digna y justa que la Iglesia jamás le exigió resignar a sus propios apóstoles.

    Salario digno: el umbral que ningún servicio puede violar

    La dignidad salarial no es una escala, es un umbral. Un salario es digno cuando permite vivir sin indignidad, sin que la persona deba subsidiar con su propio bolsillo el ejercicio del servicio que presta al Estado. El médico que compra sus propias jeringas porque el Ministerio las provee mal, o no las provee, no está viviendo una vocación heroica: está sosteniendo, con su salario y su bolsillo, una falla que no le corresponde. Ese umbral no distingue entre profesiones. Un docente sin materiales básicos, un funcionario sin herramientas mínimas para cumplir su función, atraviesan la misma indignidad estructural —con menor visibilidad pública que la de un hospital, pero con la misma naturaleza.

    Salario justo: proporción, transparencia y reciprocidad

    La justicia salarial, en cambio, es comparativa: mide si la retribución guarda relación razonable con la formación, el riesgo y la responsabilidad de quien sirve, y si esa relación se sostiene en el tiempo sin erosionarse por omisión. Un salario congelado catorce años no es un problema de monto: es un problema de justicia diferida, porque el Estado decidió, por inacción, no cumplir su parte del vínculo recíproco. Y la justicia exige, además, que el criterio se aplique parejo: si el poder adquisitivo perdido desde 2012 es la vara para el reclamo médico, esa misma vara alcanza, en medida comparable, a los docentes. Tratarlos distinto no por la sustancia del reclamo sino por la fuerza de la protesta es ceder ante quien más presiona, no ante quien tiene más razón.

    La justicia salarial exige, también, que quienes tienen el poder de fijar su propia remuneración —legisladores, autoridades del Ejecutivo— se sometan al mismo estándar de proporcionalidad y transparencia que exigen a los demás. Un sistema donde unos fijan su propio salario por autodeterminación, mientras a otros se les dice «no hay plata», no es un problema de cifras: es un problema de legitimidad del criterio con que se reparte lo común.

    La salud, bien invaluable: el costo real de sostenerla

    Hay una pregunta que rara vez se hace con la seriedad que merece, y que conviene formular con precisión, porque un error de planteo puede llevar a una conclusión moralmente inaceptable: ¿cuánto vale la atención sanitaria? La salud misma no tiene precio —es un don que nace de la dignidad de la vida, y tratarla como mercancía sería, en sí mismo, una forma de injusticia—. Pero sostener esa salud sí tiene un costo real: recursos, insumos, y la retribución justa de quienes la ejercen. Ese costo no es opcional ni puede diluirse en la gratuidad del don que sostiene —alguien debe asumirlo, y la pregunta de justicia salarial es, en el fondo, sobre quién lo asume y en qué medida.

    Aquí aparece una contradicción que ningún argumento presupuestario puede desmentir: hay servidores públicos y personas con alto poder adquisitivo que, cuando su propia salud está en juego, no dudan en costear sumas altísimas para asegurarse la mejor atención —viajando al exterior, o accediendo a un sistema privado fuera del alcance de la mayoría—. Esa conducta no revela cuánto “vale” la salud —eso no se mide—; revela algo distinto y más incómodo: que el costo de una atención de calidad se reconoce y se asume sin objeción cuando se trata de uno mismo, mientras se le niega ese mismo reconocimiento al sistema que debería sostener esa misma calidad para el resto de la sociedad. Es una asimetría de responsabilidad, no de precio.

    El efecto de esa asimetría es el que debería alarmarnos: cuando el Estado no asume el costo de sostener la salud pública con la misma seriedad con que un particular asume el costo de sostener la suya, el resultado —sin que nadie lo proclame como principio— es que la salud de calidad termina siendo accesible solo a quien puede pagarla. Es decir: se produce, de hecho, la misma mercantilización de la salud que la premisa inicial rechazaba en principio. Un salario justo para el personal de salud no es, entonces, el reflejo de cuánto “vale” la salud —pregunta mal planteada—, sino la contrapartida necesaria para que el Estado asuma, con la misma seriedad que un particular asume la suya, el costo de que la salud siga siendo un derecho de todos y no el privilegio de quien puede costearla aparte.

    El cargo público como privilegio de servicio, no de apropiación

    Ocupar un cargo público es un privilegio, en el sentido más estricto de la palabra: alguien fue privilegiado, distinguido por la autoridad o por el pueblo, para ejercer una responsabilidad más alta que la ordinaria. Pero ese privilegio tiene una sola dirección legítima: hacia el servicio de quienes dependen de esa función. Se corrompe en el momento en que se convierte en privilegio para sí mismo o para el propio entorno —cuando el cargo deja de ser un encargo de servicio y pasa a ser un patrimonio personal, repartido entre allegados sin mérito ni necesidad real del puesto.

    Esta misma lógica reaparece en el nepotismo: el problema no es solo que esas contrataciones desvíen recursos que podrían dignificar a otros servidores; es que traicionan el sentido mismo del privilegio recibido —lo vacían de su carácter de servicio y lo convierten en apropiación. Si alguien hiciera esto, no podría, con coherencia, exigirle al médico o al docente una entrega tipo Buen Pastor, mientras ejerciera su cargo como el asalariado del pasaje: cuidando primero de sí y de los suyos, no de las ovejas que le fueron confiadas.

    Todo esto conduce a una tercera categoría, distinta de la dignidad y la justicia salarial, aunque las presupone: el salario ético. No pregunta si el monto alcanza para vivir con decoro —eso es la dignidad—, ni si guarda proporción con el aporte de otros —eso es la justicia—. Pregunta algo más simple y más incómodo: ¿es éticamente correcto que yo reciba, o me asigne, este monto, en esta circunstancia? Es la pregunta que cualquier servidor público con poder de decisión debería hacerse antes de fijar su propia remuneración mientras le dice a otro que no hay presupuesto para el suyo; la que debería hacerse antes de nombrar a un familiar en un cargo que no necesita, mientras el sistema que dirige carece de insumos básicos.

    El salario ético no se mide contra una tabla ni contra el mercado: se mide contra la coherencia entre lo que uno exige de los demás y lo que se permite a sí mismo. Un privilegio de servicio —el que legítimamente corresponde a quien asume una responsabilidad más alta— se convierte en privilegio de apropiación exactamente en el momento en que esa coherencia se rompe: cuando quien decide sobre el salario ajeno no aplica el mismo criterio de austeridad, de mérito o de necesidad real al propio. No es una cuestión de cuánto se cobra, sino de si uno estaría dispuesto a que el mismo criterio con que fija su propia remuneración —o la de su entorno— se aplicara, sin excepción, a quien hoy le reclama.

    La fuga que desmiente el «no hay plata»

    Hay un punto donde la injusticia no es de proporción, sino de origen: cargos públicos ocupados por criterios de parentesco o cercanía política, no de mérito ni de necesidad real del servicio —la apropiación del privilegio que ya describimos, hecha práctica administrativa. El nepotismo no es solo ineficiencia: es una forma de corrupción que lesiona el Bien Común, porque una parte de los recursos que se declaran «no disponibles» para dignificar el servicio de otros ya están comprometidos con contrataciones que no responden a ninguna necesidad real.

    El Bien Común como el lugar donde todo esto se encuentra

    Ningún sector se dignifica aislado. El Bien Común no se construye satisfaciendo la dignidad de un gremio mientras se ignora la de otro, ni exigiendo justicia proporcional a unos mientras otros fijan su propia retribución sin parámetro externo, ni tolerando que el mérito ceda ante el vínculo personal en la contratación pública. Se construye cuando la sociedad entera reconoce que todo servicio público comparte el mismo doble deber: quien sirve no puede abandonar a quien depende de él en el acto —como el Buen Pastor—, pero el Estado, en nombre de todos, tampoco puede abandonar, con la misma gravedad moral, a quien sirve.

    Un sistema de servicio público solo es fiel al Bien Común cuando garantiza, a la vez, cuatro condiciones: un umbral de dignidad que ningún servicio exija sostener, a quien lo presta, con su propio bolsillo; una proporción de justicia aplicada con el mismo criterio a todos los sectores; transparencia y autolimitación en quienes fijan su propia remuneración; y mérito, no vínculo personal, como puerta de entrada a cualquier cargo público —el privilegio del servicio, nunca el privilegio de la apropiación.

    Bajo ese criterio, «Paraguay Sano» deja de ser el nombre de un pilar sanitario y se convierte en lo que debería haber sido desde el principio: el indicador de la salud institucional de un país entero. Servidores que cumplen su servicio, y salarios que son a la vez dignos y justos, hablan de ese país sano que queremos —no como consigna de campaña, sino como estructura moral verificable en cada sector, cada institución, cada vínculo entre quien sirve y quien, en nombre de todos, tiene el deber de sostenerlo.

    Queda, sin embargo, una tensión que este artículo no resuelve y que merece su propio espacio: el derecho individual a renunciar, que aquí defendimos frente a quienes lo cuestionan en nombre de una entrega vocacional mal entendida, no agota la pregunta cuando se ejerce de forma simultánea por cientos de profesionales a la vez. Las renuncias masivas que atraviesa hoy el sistema de salud paraguayo plantean un dilema ético y social distinto del que tratamos aquí: qué ocurre cuando un derecho legítimo, ejercido en conjunto, produce un costo real sobre terceros —los pacientes— que no participaron de esa decisión, y qué responsabilidad moral recae sobre cada parte del conflicto por ese costo. Es un tema que excede el alcance de esta reflexión y que abordaremos en una tercera entrega.

    Encarnación, 1 de septiembre de 2026

    Francisco Javier Pistilli Scorzara

  • Nota de presentación

    El artículo que comparto a continuación parte de una premisa incómoda pero necesaria: el conflicto médico paraguayo no se resuelve discutiendo cifras, porque las cifras son solo uno de tres niveles en juego. Distingue con claridad la dignidad (lo que la ley protege y no admite regateo), el presupuesto (el instrumento que hace posible ese derecho, no su límite natural) y el factor humano (las personas concretas que, en última instancia, convierten la ley y el presupuesto en salud real). El diagnóstico central es que la negociación fracasó porque se quedó atrapada en el segundo nivel, dejando el primero como discurso de apertura y el tercero como daño colateral —evidenciado en las renuncias masivas de especialistas.

    El texto identifica además tres maniobras retóricas que, según mi argumento, empobrecen el debate público sin resolver nada: villanizar al médico que reclama, victimizar el presupuesto como si fuera un límite ajeno a toda decisión política, y delegar en la opinión pública un juicio que no le corresponde. Con el respaldo de la Carta Pastoral de la CEP sobre el Bien Común, y apoyado en la contradicción entre los US$ 500 millones invertidos en infraestructura y el argumento de «no hay plata» para el personal, el artículo concluye con una propuesta institucional concreta: una mesa de trabajo ampliada —no solo Ejecutivo y gremio médico, sino también representantes legislativos, sociedades científicas, gobiernos departamentales y ciudadanía organizada— que defina el proyecto Paraguay Sano con vistas al Presupuesto General 2027, antes de su presentación al Congreso.

    Es un texto que no toma partido entre las partes en disputa, pero sí toma partido por un método: pensar la salud como proyecto compartido de largo plazo, y no como pulseada de poder donde el verdadero perdedor es siempre un tercero: la salud de todos.

    Encarnación, 31 de agosto de 2026

    Francisco Javier Pistilli Scorzara

    El bien común de la salud:

    entre la ley, la caja y las personas

    Dignidad, presupuesto y factor humano en el conflicto médico paraguayo

    Paraguay vive, mientras se escriben estas líneas, el sexto día de una huelga nacional de médicos. Los titulares se acumulan: cortes de ruta, renuncias masivas, cifras en dólares, acusaciones cruzadas. Y sin embargo, en medio de tanto ruido, el país corre el riesgo de perder de vista la única pregunta que en realidad importa: ¿qué hace falta para que la salud pública sea, de verdad, un bien común, y no solamente una promesa de campaña convertida en pilar de discurso o un bien privado accesible solo a algunos privilegiados de la sociedad, con seguros médicos que hacen de la salud no un derecho sino un bien a adquirir?

    Este artículo no busca tomar partido entre el gremio médico y el Gobierno. Busca algo más difícil y más necesario: pensar el conflicto desde su estructura, para que la salida —cuando llegue— no sea una tregua frágil, sino el comienzo de algo sostenible.

    Un conflicto mal planteado desde el origen

    La discusión pública sobre la huelga se instaló, casi sin que nadie lo decidiera deliberadamente, en un terreno equivocado: el de la cifra. ¿Es mucho o poco lo que piden los médicos? ¿Alcanza o no alcanza el presupuesto? Ese marco, aunque parezca razonable, empobrece el problema real, porque reduce a una sola dimensión —la económica— algo que en verdad tiene tres niveles distintos, y que solo se entiende cabalmente cuando se los distingue.

    El primer nivel es la dignidad que protegen las leyes. El derecho a la salud y el derecho a un trabajo digno no son concesiones que el Estado otorga según su humor fiscal: son garantías que preceden a cualquier discusión de números. Es el fundamento sobre el que se construye todo lo demás, y no admite ser medido contra la caja disponible sin desnaturalizarse.

    El segundo nivel es el presupuesto, que hace factible ese derecho. No es el fundamento del bien común, es su instrumento. Y un instrumento se diseña, se prioriza, se construye con decisiones políticas —no es un dato de la naturaleza que simplemente «alcanza» o «no alcanza».

    El tercer nivel, el que casi nunca se nombra con la claridad que merece, es el factor humano. La ley protege, el presupuesto habilita, pero es el médico frente al paciente —el residente en la guardia, el cirujano pediátrico, la enfermera en terapia intensiva a las tres de la mañana— quien convierte todo eso en el bien real y concreto. Sin ese factor humano, la ley es letra y el presupuesto es una cifra en un documento.

    El conflicto actual se discutió casi exclusivamente en el segundo nivel, dejando el primero como retórica de apertura de cada comunicado, y el tercero como daño colateral que se menciona solo cuando ya es demasiado tarde —cuando 141 de 164 especialistas pediátricos presentan su renuncia.

    Las tres formas de desviar la mirada

    En este tipo de conflictos, hay maniobras retóricas que no resuelven nada, pero que desplazan la atención de lo principal. Vale la pena nombrarlas con precisión, porque cada una tiene un efecto distinto y dañino, y fácilmente se deriva al juicio rápido y a la polarización, al esquema básico de buenos contra malos que divide y contamina el espacio de diálogo.

    Villanizar al médico que reclama. Cuando se reduce una demanda de dignidad a una cifra que se puede cuestionar o regatear, la causa se presenta en términos monetarios. En un país con ingresos bajos y limitaciones en el acceso a la salud, esto se presta para desacreditar la causa: se contesta el pedido de aumento con la reacción de que serían exigencias exageradas. Hace apenas seis años, durante la pandemia, a esos mismos profesionales se los llamaba héroes —lo recordaba Mabel Rehnfeldt en una columna reciente—, pero algunos hoy los llaman ambiciosos y abusivos. Ya nadie escucha que los salarios están congelados desde hace catorce años, ni que se trabaja con insumos mínimos. La retórica convierte a los héroes en aparentes villanos.

    Victimizar el presupuesto hace el movimiento inverso: convierte una decisión política en un hecho inapelable de la naturaleza. Decir «no hay plata» no es un argumento, es una posición que se presenta como si no lo fuera. Y la contradicción salta a la vista cuando el mismo Gobierno exhibe, en su informe de gestión, quinientos millones de dólares invertidos en infraestructura hospitalaria como uno de sus mayores logros. Si existe ese margen para el cemento, decir que no existe una fracción de eso para quienes operan esos hospitales no es una restricción fiscal: es una prioridad elegida y presentada como si no lo fuera.

    Delegar en la opinión pública el juicio del conflicto es, quizás, la maniobra más peligrosa, porque no discute nada: desplaza la responsabilidad de negociar hacia un tercero —el paciente indignado, el ciudadano que solo ve titulares— que no tiene la información ni el poder de decisión para resolver absolutamente nada. Esa fiscalización pública solo tiene capacidad de indignarse contra uno de los dos bandos, según quién controle mejor el relato del día. El costo de esa estrategia lo termina pagando, otra vez, el paciente: enojado con los médicos que lo atienden mal por estar en huelga, o enojado con un Gobierno abstracto, mientras la mesa de negociación real permanece vacía.

    Las tres maniobras comparten un mismo efecto: sacan la discusión del terreno donde podría resolverse —la relación entre dignidad, presupuesto y factor humano— y la trasladan a un terreno de percepción, donde gana quien mejor controla el relato, no quien tiene la mejor propuesta.

    Un proyecto de gobierno, no una partida contingente

    «Paraguay Sano» no es un gasto incidental dentro del presupuesto general: es uno de los cinco pilares que el propio Gobierno definió como programa. Eso cambia por completo el estatus de la discusión. No se trata de un gremio compitiendo por migajas frente a otras prioridades del Estado; se trata de si el Gobierno va a sostener, con hechos y no solo con anuncios, aquello que eligió poner en el centro de su identidad política.

    El propio presidente, en su informe de gestión, reconoció que la salud «es nuestra gran materia pendiente». Esa admisión, hecha en un documento oficial, no es un dato menor: es el Gobierno mismo señalando que el pilar declarado no está cumplido. Y la crítica periodística que circula desde hace meses —hospitales nuevos descritos como «cascarones vacíos», edificios sin insumos, sin medicamentos, sin especialistas suficientes para funcionar— no hace más que confirmar, desde el terreno, esa misma admisión.

    Si «Paraguay Sano» es en verdad un proyecto de gobierno, entonces su presupuesto no puede tratarse como un techo fijo ajeno a la voluntad política. Debe construirse. Y construirlo implica decisiones concretas: financiar personal con la misma prioridad que financia infraestructura; distinguir lo urgente —insumos, medicamentos, nombramientos de los miles de médicos con contratos precarios— de lo estructural —un ajuste salarial general que requiere una discusión de mediano plazo sobre los ingresos del Estado—, en lugar de tratar todo como un único paquete de sí o no; y acompañar cualquier promesa, como la llamada «carrera sanitaria», con plazos y financiamiento identificado, no con una vaguedad que sirve para bajar la tensión momentánea de una huelga sin comprometer nada real.

    Lo que dice la fe, cuando se la escucha sin sospecha

    La Conferencia Episcopal Paraguaya, en su Carta Pastoral 2026 sobre el Bien Común, ofrece un marco que —despojado de cualquier etiqueta ideológica— coincide en lo esencial con este razonamiento. El documento sostiene que el bien común no se limita a bienes materiales como agua, tierra o caminos, sino que incluye también valores intangibles: justicia, salud, educación, oportunidades equitativas. Y advierte que ese bien común es tarea compartida del Estado, la ciudadanía y la comunidad, no de una sola parte actuando en soledad.

    Aplicado a este conflicto, el diagnóstico eclesial resulta preciso: el deterioro del entramado social es terreno fértil para la polarización y las soluciones apresuradas, que parecen respuesta fácil a problemas complejos. Una negociación que se detiene en su primer nivel —la confrontación inmediata, la cifra, el reclamo puntual— rara vez reconoce el valor del otro como parte del mismo proyecto de interés. Sin esa escucha, que va más allá del conflicto monetario específico, el diálogo no logra elevarse a una comprensión superior del problema: uno que permita plantearlo como proyecto compartido, y no como disputa entre entes antagónicos. Es una exigencia difícil, sobre todo para quien reclama desde una posición de postergación real. Pero es, precisamente, la que la comunidad entera debe asumir: la capacidad de programar en tiempo y forma una solución que comprometa, más allá del presupuesto, la realización efectiva del proyecto de salud para todos.

    Hacia una negociación que merezca ese nombre

    Ninguno de los dos relatos que hoy compiten en la opinión pública —»los médicos exageran» o «el Gobierno no quiere pagar»— alcanza para resolver algo. Una negociación real tendría que empezar por desactivar las tres maniobras de evasión descritas antes: no juzgar al médico por el monto que pide, no blindar el presupuesto de la responsabilidad política que implica, y no delegar en la opinión pública una decisión que corresponde a quienes tienen la autoridad y la información para tomarla.

    Y tendría que invertir el orden en que se ha discutido hasta ahora: partir de que la dignidad no se transa; tratar el presupuesto como un instrumento al servicio de esa dignidad, y no como un veredicto final que la cancela; y medir el éxito del proyecto no en obras inauguradas, sino en si el factor humano —los médicos mismos— permanece, se forma y se sostiene en el sistema a lo largo del tiempo. Ese último criterio, más que ningún otro, es el verdadero indicador de si Paraguay Sano es un proyecto real o apenas una consigna repetida en cada informe de gestión.

    El fracaso de las cuatro reuniones previas a la huelga no fue un fracaso de cifras: fue un fracaso de método. Se discutió sin ampliar la mesa a quienes también tienen algo que aportar —el Congreso, las sociedades científicas, los gobiernos departamentales, la ciudadanía organizada—, y se discutió sin reconocer, desde el principio, que un proyecto que depende de personas para concretarse necesita que esas personas tengan parte real en construirlo, no solo un lugar para reclamar cuando ya todo se rompió.

    La tensión ha escalado al punto de que la mesa de negociación parece articularse en torno a quién cede primero. Pero una «pulseada» de fuerzas, en un conflicto como este, normalmente deja a un tercero como perdedor. Y ese tercero es, en este caso, la salud de todos: la del pueblo, la de los médicos, la del propio proyecto de gobierno. Desescalar las medidas de presión y abrir paso a un compromiso real puede devolver el foco a la pregunta simple y exigente de este momento: ¿qué necesita la salud en Paraguay, y qué necesitan las personas clave del sistema para sostenerla, dentro de un proyecto que todos dicen asumir como prioridad? Responder eso con seriedad —sin retórica de promesa oficial ni contrarretórica gremial, cada una legítima desde su punto de vista parcial, pero insuficiente por sí sola— es lo que puede hacer que Paraguay Sano deje de ser un titular y empiece a mostrarse en camino real de cumplirse.

    Esa respuesta debe verse reflejada en una mesa de trabajo donde confluyan todos los sectores —no solo el Poder Ejecutivo y el gremio médico, sino también representantes legislativos, las sociedades científicas, los gobiernos departamentales y la ciudadanía organizada— para definir juntos el proyecto y proponer lo necesario para el Presupuesto General de Gastos de la Nación 2027, antes de que sea presentado al Congreso. Ahí es donde la carrera sanitaria podrá dejar de ser anuncio y convertirse en un proceso con recursos asignados, plazos y financiamiento propio, como parte de ese proyecto que todos anhelamos, Paraguay Sano, o el Bien Común de la Salud.

    Encarnación, 31 de agosto de 2026

    Francisco Javier Pistilli Scorzara

  • Sobre la amistad al rival, al distinto, al forastero y también al enemigo

    + FJPS

    Ayer fue el Día del Amigo en Paraguay. Como toda fiesta que se repite, corre el riesgo de gastarse en la superficie que le dio origen —el mensaje de WhatsApp, la foto compartida, el brindis fácil— mientras el fondo del asunto queda sin tocar. Porque «amigo» es una palabra que usamos con generosidad excesiva para lo que en realidad nombra con precisión escasa: casi siempre designamos con ella al conocido cómodo, al semejante que no nos cuesta nada querer. La verdadera pregunta —la que Aristóteles se hizo hace veinticuatro siglos y que la fe cristiana llevó más lejos de lo que él imaginó posible— es otra: ¿hasta dónde llega la amistad cuando el otro compite conmigo, cuando no se parece a mí, cuando llega ocupando un espacio que yo creía mío, o cuando derechamente me quiere el mal?

    Son cuatro capítulos distintos, y conviene no confundirlos.

    I. La amistad al rival

    Hay una forma de enemistad que no es enemistad de fondo sino de rol: el hincha de un club y el del otro, el militante de un partido y el del contrario, incluso —en su forma más seria— quienes defienden sistemas económicos irreconciliables. Lo que los separa no es el bien que persiguen, sino el objeto particular en el que ese bien se disputa. El cerrista y el olimpista quieren, en un nivel más alto que el resultado del clásico, lo mismo: que el fútbol exista, que la pasión compartida tenga sentido. Por eso no toleran al rival a pesar del partido, sino gracias a él.

    Con la política y la ideología la cosa se pone más seria, porque ya no se disputa un resultado sino un proyecto que afecta a terceros. Pero incluso ahí, si se cava lo suficiente, suele encontrarse una intención común debajo del sistema de ideas: que el hombre no sea explotado, que el trabajo tenga dignidad, que la comunidad no se disuelva. Aristóteles ya lo había visto: la amistad «por lo útil» es más frágil que la de virtud pura, pero no por eso deja de ser amistad. Exige, eso sí, una disciplina que hoy escasea: separar a la persona —a quien se puede y se debe amar— del proyecto que se combate con toda seriedad. Amar al colorado bien colorado, al comunista bien comunista, sin que la etiqueta agote lo que cada uno es.

    II. La amistad al distinto

    Otro capítulo, de naturaleza distinta, es el de quienes no compiten entre sí sino que simplemente no son iguales: el anciano y el joven, el rico y el pobre, el culto y el inculto. Aquí no hay dos bienes que se excluyen, como en el clásico; hay un solo bien poseído en grados o de modos diferentes. Aristóteles tenía para esto una fórmula precisa: la amistad entre desiguales no exige reciprocidad simétrica, sino proporcional —cada uno ama y es amado según su medida, no según la misma medida.

    El caso más difícil es el de la fortuna. El propio Aristóteles dudaba de que la amistad de virtud pudiera sobrevivir a una distancia extrema entre rico y pobre, «como entre Dios y el hombre», porque el poderoso no soporta ser tratado como igual por quien no lo es en bienes. Es exactamente lo que Santiago denuncia en su carta —sentar al rico adelante y al pobre en el suelo— como corrupción de la caridad, no como su condición natural. Aquí el Evangelio supera literalmente el techo que Aristóteles no pudo cruzar: la caridad puede atravesar cualquier distancia de fortuna, porque su fundamento no se mide en bienes materiales sino en la participación común de la vida divina.

    Y hay un caso que merece nombrarse aparte porque tiende a tratarse, erróneamente, como si fuera tan disputado como los anteriores: la diferencia de cultura, de etnia, de origen. Ahí no hay contrariedad ninguna que superar —no hay dos proyectos que se excluyan, como en la ideología, ni siquiera un desnivel real de condición, como en la riqueza. Hay simplemente diversidad: modos distintos, no contrarios, de realizar la misma naturaleza humana. El africano, el oriental y el occidental no tienen entre sí ningún obstáculo estructural para la amistad, salvo el meramente práctico de la lengua o la distancia. Tratar esa diferencia como si fuera del mismo orden que una disputa ideológica es, me parece, uno de los errores más caros de nuestra época.

    III. El amor al inmigrante

    Hay una figura que no encaja del todo en los dos capítulos anteriores, y por eso merece nombre propio. El inmigrante no es un rival —no disputa conmigo un bien común dentro de reglas compartidas, como el hincha o el adversario político—. Tampoco es simplemente un distinto en el sentido del capítulo anterior —no se trata solo de una diferencia de edad, de fortuna o de cultura que pueda tratarse con la calma de quien discute ideas—. El inmigrante introduce un elemento que ninguno de los casos previos tenía: ocupa un espacio. Y es esa ocupación, más que la lengua o el color de piel, lo que dispara el recelo: no es lo que piensa ni lo que cree lo que incomoda, sino que está ahí, donde antes no estaba, disputando —al menos en la percepción de quien lo mira con desconfianza— un lugar, un trabajo, un margen de recursos que se creían fijos.

    Escribo esto con la noticia todavía fresca: ayer mismo, mientras en Paraguay se celebraba el Día del Amigo, miles de personas —se habla de unas veinte mil, en su mayoría hombres jóvenes pero también familias con niños— cruzaron en pocas horas la frontera de Marruecos hacia Ceuta, con un saldo de muertos que ronda la decena y media. No traigo el dato para tomar posición sobre política migratoria —eso excede el género de este artículo y merece prudencia técnica que no es la mía—, sino porque ilustra con crudeza el fenómeno que este capítulo quiere pensar: la avalancha humana que llega sin más credencial que la necesidad, y el recelo casi automático que despierta en quien ve el propio espacio —territorial, laboral, cultural— como amenazado.

    Aquí la tradición bíblica es más antigua y más exigente que la filosofía griega, que apenas rozó el tema con la xenía —esa hospitalidad cuasi-sagrada hacia el huésped que protegía Zeus mismo—. El Levítico va más lejos: no pide solo no dañar al extranjero, sino amarlo como a uno mismo, y da la razón exacta: «porque forasteros fuisteis vosotros en la tierra de Egipto» (Lv 19, 34). No es una apelación a la simpatía sino a la memoria: el pueblo que se resiste a acoger es, casi siempre, un pueblo que ha olvidado su propia condición de forastero en algún momento de su historia. Mateo lleva esto a su forma más radical cuando identifica al Juez mismo con el extranjero recibido o rechazado: «fui forastero, y me acogisteis» (Mt 25, 35) —de modo que la acogida deja de ser opción de generosidad y pasa a ser criterio de juicio final.

    Esto no resuelve la dificultad real, y sería deshonesto fingir que la resuelve: la acogida tiene un límite práctico —de capacidad, de orden, de justicia hacia quienes ya están— que ninguna cita bíblica sustituye, y que corresponde a la prudencia política, no a la exhortación moral. Pero el capítulo del inmigrante exige, como mínimo, una distinción que se pierde con facilidad bajo la presión del miedo: separar la gestión razonable de un flujo migratorio —que es tarea de gobiernos y no de sentimientos— del trato debido a la persona concreta que ya está frente a mí, con hambre o con miedo, sea cual sea el juicio que merezca la política que la trajo hasta ahí. Se puede —se debe— pensar con seriedad el orden; no se puede, sin traicionar lo más elemental del Evangelio, mirar con desprecio al que ocupa el espacio por el que llegó huyendo de algo peor.

    Vale la pena, con esa misma prudencia, recordar que Paraguay no llega a este capítulo con las manos vacías. La cultura guaraní legó una categoría propia para nombrar exactamente esto —el jopói, literalmente «manos recíprocamente abiertas», la mano que se suelta para dar sin calcular de antemano el retorno—, de la que derivan prácticas todavía vivas en el campo paraguayo como la minga: el trabajo comunitario no remunerado que se presta a quien lo necesita, sabiendo que la ayuda circula y que hoy doy porque mañana puedo ser yo quien reciba. No es una hospitalidad abstracta ni un principio importado: es memoria de pueblo que ha sabido, en su propia pobreza, no cerrar la mano ante el que llega. Traer esa memoria al capítulo del inmigrante no es ingenuidad ni sustituye la prudencia política que el problema exige —el jopói regía entre vecinos de una misma comunidad, no resuelve por sí solo la escala ni la complejidad de una migración masiva y ajena—, pero sí es una advertencia útil: el temor al que llega ocupando espacio no es la única tradición disponible para leer el fenómeno; hay otra, más honda y más nuestra, que enseña que la mano abierta no se empobrece por abrirse.

    IV. El amor al enemigo

    Y llegamos al capítulo que ya no es amistad, sino otra cosa. Porque toda la amistad —incluso en su forma más asimétrica, la del rico y el pobre— presupone algún grado de reciprocidad: el otro, de un modo u otro, también me quiere el bien. El enemigo rompe esa estructura de raíz: no comparte conmigo ni siquiera el deseo de un bien disputado. Simplemente quiere que yo deje de ser lo que soy, o que deje de ser.

    Vale la pena recuperar aquí una distinción latina que perdimos: hostis, el enemigo público, de rol, sin odio personal —el soldado que cumple su deber frente a otro soldado que cumple el suyo—; e inimicus, el enemigo privado, el que me odia a mí en concreto. San Agustín, pensando la guerra, ya había separado con precisión lo que se combate (la causa injusta) de lo único verdaderamente malo (el deseo de dañar, el ánimo implacable). Un soldado puede resistir a otro sin que haya inimicitia real debajo del rol: por eso son posibles, y han sido históricamente reales, las treguas espontáneas entre quienes se disparan por deber y no por odio.

    Pero cuando la enemistad es de fondo —cuando alguien me odia por lo que soy, no por el rol que cumplo—, ahí el Evangelio dice algo que Aristóteles no tenía siquiera categoría para nombrar. Amad a vuestros enemigos (Mt 5, 44) no pide que sean mis amigos: el verbo que usa el griego es agapáte, el amor que no exige que me lo devuelvan. Santo Tomás lo precisa con exactitud quirúrgica: estamos obligados a amar al enemigo en general —a no excluirlo nunca de la voluntad de su bien—, pero no a mostrarle los signos particulares de la amistad, ni a confiar en él como en un cercano, salvo que la necesidad extrema lo exija. Es un amor que se sostiene en cuatro gestos precisos: no gozarse de su mal, estar dispuesto a socorrerlo si hace falta, orar por su conversión, y no desearle el mal como persona aunque sí se desee, con toda razón, que su proyecto de daño fracase. Se odia el vicio, no al hombre: se ama en el enemigo lo que todavía podría llegar a ser, no lo que ha elegido ser hasta ahora.

    Lo que el Día del Amigo no dice

    La cultura del «amigo» fácil nos ha dejado sin categorías para lo que de verdad cuesta: amar al rival sin dejar de disputarle en serio lo que se disputa; amar al distinto sin condescendencia ni resentimiento, cualquiera sea el sentido de la distancia; amar al inmigrante sin negar la dificultad real de su llegada ni escudarse en ella para negarle el rostro; y amar al enemigo sin necesitar que me lo devuelva, porque ese amor ya no se funda en lo que el otro comparte conmigo sino en lo que yo soy llamado a ser frente a él. Si hay una medida de qué tan madura es una amistad, no está en la comodidad de los iguales que se felicitan un 30 de julio. Está en el rival, el distinto, el forastero y el enemigo: a ninguno se lo llama amigo con naturalidad, y sin embargo son los únicos que ponen la amistad verdaderamente a prueba.

    Decálogo del amigo verdadero

    Día del Amigo, Paraguay

    1. Amistad no es solo coincidir: es sostenerse queriendo, a veces, resultados contrarios.

    2. Al rival se le ama disputándole en serio lo que se disputa — nunca fingiendo que no hay disputa.

    3. La desigualdad no impide el amor: le pide otra medida — ya no espejo, sino proporción.

    4. Ni el rico condesciende ni el pobre se resigna: ambos se deben, sin más, dignidad.

    5. Extranjero, inmigrante, turista: forasteros como lo somos todos — se integran con orden, se asisten con generosidad, se comprenden en su dignidad.

    6. La mano que se abre para dar —el jopói que nos enseñaron antes que cualquier tratado— no se empobrece por abrirse.

    7. Amable es acoger con orden; más amable todavía es mirar, detrás de cada diferencia, la dignidad y el corazón que la sostienen.

    8. Al enemigo no se le exige el abrazo: se le niega el odio, y eso ya es amarlo.

    9. Amar sin que me lo devuelvan es el único amor que prueba que no amaba por conveniencia.

    10. La amistad que no se atreve a decir estos nombres —rival, distinto, forastero, enemigo— todavía no sabe cuánto puede dar.

    + Francisco Javier Pistilli Scorzara, P. Sch.

    Encarnación, 31 de julio de 2026

  • De Weber a Lobato (y viceversa), y la navaja que cortó las alas

    + Francisco Javier Pistilli Scorzara, P.Sch., Obispo

    Encarnación, julio de 2026

    Un científico pone una mosca en un frasco de vidrio. Suena música gregoriana y le ordena volar. La mosca vuela.

    Le corta media ala. Invoca a Nossa Senhora Aparecida, de fondo suena candomblé, le ordena volar. La mosca, con media ala, vuela.

    Le corta la media que quedaba del otro lado. Música carismática, el científico proclama que Dios libera a los oprimidos y eleva a los humildes, le ordena volar. La mosca vuela.

    Le corta todas las alas. Por amor al Papa y a la Santa Madre Iglesia, le ordena volar. La mosca no vuela, pero salta con las patas, como si lo intentara.

    Le corta las patas. Reza el rosario. Le ordena volar. La mosca no se mueve. Ni siquiera lo intenta.

    Conclusión del científico: la mosca se hizo evangélica.

    El chiste es viejo —la mosca sin patas que «se vuelve sorda»— pero esta versión agrega algo que el original no tenía: el científico es el mismo que amputa, escena tras escena, mientras cambia la música y el santoral. Cuando la mosca finalmente no se mueve, no es por el rosario. Es porque ya no tiene alas ni patas: no le queda con qué intentar, no ya volar, sino moverse siquiera. El científico nunca ve su propia mano en el frasco. Prefiere una conclusión con más entidades —conversión religiosa, pérdida de fe, ineficacia de una liturgia frente a otra— antes que la más simple: él mismo cortó lo que hacía falta para volar, y después lo que hacía falta para intentarlo.

    El experimento real

    Algo parecido ocurrió hace unos días con un informe que circuló bajo la firma de Ricardo Lobato, sociólogo y analista de riesgo político de la consultora brasileña Equilibrium Cap, titulado «El ocaso de la inventiva: cómo el discurso explica la (nueva) matriz brasileña». La tesis, resumida: la selección de Brasil dejó de jugar el jogo bonito porque sus jugadores dejaron de ser católicos sincréticos y se hicieron mayoritariamente evangélicos —14 de 23 en el plantel actual—, y ese cambio religioso explica el paso de un fútbol creativo, festivo, callejero, a un fútbol disciplinado, atlético y previsible. El informe no se detiene ahí: conecta esa transformación con el ascenso de Bolsonaro, la bancada evangélica en el Congreso, el Banco Master, la Liga Forte União y una supuesta ocupación sistemática de espacios de poder por parte de redes neopentecostales.

    Hay un dato real en la base: el crecimiento evangélico en Brasil —de 5,2% en 1970 a cerca del 27% hoy— está documentado, y su correlación con un voto más conservador también lo está. El problema no es el dato. Es el salto que se hace con él: de una correlación demográfico-electoral razonablemente sólida (más evangélicos, más derecha) a una causalidad estético-deportiva que no tiene mecanismo intermedio verificado (más evangélicos, menos jogo bonito). Son dos frases que suenan parecidas y no lo son.

    La variable que falta

    El jogo bonito no nació de la fe católica. Nació de un milieu: la calle, la pobreza urbana, el tiempo libre no estructurado, la ausencia de academias formales, la necesidad de resolver el juego con el cuerpo porque no había otra infraestructura disponible. El catolicismo sincrético no produjo ese estilo; coexistió con él, en el mismo barrio, por las mismas razones materiales que también dieron la samba, el carnaval y —más tarde, en las periferias de Río y São Paulo— el funk carioca y la pixação. Si la fe explicara el estilo, el mismo argumento debería sostenerse para todas esas expresiones nacidas del idéntico terreno. Y ahí se cae solo: lo que cambió no fue primero el alma religiosa de Brasil, sino la cantera. Academias de clubes captando niños cada vez más jóvenes, profesionalización temprana, tacticismo global —Brasil no es una excepción dentro de un fútbol mundial que en todas partes se volvió menos callejero y más planificado—, mercado de pases, capital financiero entrando a los clubes. Constatar un giro conservador y un aumento evangélico es legítimo. Concluir que ambos fenómenos comparten causa con el estilo de juego es otra cosa.

    El patrón, además, no es exclusivamente brasileño. El blues nace de los work songs y field hollers del sur segregado de Estados Unidos: cantos de trabajo forzado, en su origen mayormente ajenos al culto. El jazz surge en Nueva Orleans del cruce entre bandas de metales de tradición militar y funeraria, los salones de baile de Storyville y una mezcla poblacional portuaria irrepetible. El rap y el break dance nacen medio siglo después en el Bronx, de la mano del hip hop: block parties, tornamesas, pobreza urbana y una ciudad en bancarrota que había cortado los programas escolares de música. En los tres casos hay una relación real con la iglesia —el gospel y los spirituals prestan al blues y al jazz su fraseo, su llamada-respuesta, su fervor vocal—, pero esa relación es de afluente, no de fuente: acompaña y da forma, no origina. El motor generador, otra vez, fue la condición social —desplazamiento, exclusión, trabajo, urbanización—, no la doctrina profesada. Es la misma distinción que separa milieu de fe en el caso del jogo bonito.

    Weber invertido

    Esto ya había pasado, con el signo cambiado. Max Weber, en La ética protestante y el espíritu del capitalismo, atribuyó la prosperidad del norte protestante a una virtud interior —el ascetismo calvinista, la vocación como signo de elección, la disciplina del ahorro— y dejó fuera de foco, no siempre por mala fe pero sí por los límites de su marco, el saqueo colonial, la esclavitud, el proteccionismo mercantil inglés y holandés: todo el andamiaje material que explicaría después, desde otra escuela, la pobreza latinoamericana como posición estructural en un sistema desigual y no como déficit espiritual del catolicismo.

    Lobato hace el mismo movimiento con la polaridad invertida. Weber: fe protestante → virtud interior → prosperidad; fe católica → estancamiento. Lobato: fe católica sincrética → virtud cultural → jogo bonito; fe evangélica → rigidez, individualismo, fatalismo → decadencia. En los dos casos la variable confesional carga con la explicación total de un fenómeno que depende de estructuras materiales —comercio y colonia en un caso, economía global del fútbol en el otro—, y en los dos casos el observador mira desde afuera del objeto que juzga, con una jerarquía de valor puesta antes de mirar los datos. Weber legitimaba, sin decirlo, la superioridad económica del norte protestante. Lobato legitima, sin decirlo, la nostalgia por un Brasil pre-neopentecostal que convenientemente coincide con la lectura política que su propia consultora de riesgo viene haciendo del ciclo electoral 2026. El ropaje cambia —de imperio económico anglosajón a consultora sudamericana de riesgo político—, el procedimiento es el mismo: usar la fe del otro como variable explicativa de algo que se explica mejor por la posición material en un sistema más grande.

    La navaja que corta al revés

    La Navaja de Ockham dice: entre explicaciones que dan cuenta igual de bien de los datos, preferir la que postula menos entidades. Pero hay un uso de segundo orden, menos citado y no menos legítimo: cuando una conclusión ya es forzada, hay dos caminos. Aceptarla como está, lo que obliga a sumar una cadena larga de entidades nuevas para que cierre —demografía religiosa, identidad cultural, estilo de juego, resultado deportivo, proyecto político, captura financiera—. O sospechar del método que la produjo, lo cual no exige inventar nada: alcanza con decir que faltan las alas, o que el analista trajo la tesis puesta antes de mirar los datos.

    La segunda opción es estrictamente más económica. No requiere postular un mecanismo causal nuevo —teología determinando rendimiento atlético— para explicar el fenómeno; le basta con señalar un sesgo ordinario del observador. Y cuando la conclusión de un estudio coincide, además, con la posición previa de quien lo firma —un analista de riesgo político leyendo un fenómeno deportivo en clave de «avance neopentecostal» y «año electoral decisivo»—, esa hipótesis metodológica no es solo la más simple: es la que la propia navaja debería preferir por defecto, antes de admitir la maquinaria explicativa compleja.

    Dicho de otro modo: la navaja, aplicada con rigor, no corta hacia el fenómeno. Corta hacia el observador del fenómeno.

    Cuatro variables, ninguna causa de las otras

    Queda todavía una precisión que vale la pena dejar explícita, porque es la que ordena todo lo anterior. Aumento evangélico, giro a la derecha, declive del jogo bonito, retroceso del catolicismo: las cuatro cosas ocurren a la vez en el Brasil de estos años, y las cuatro están, en algún grado, correlacionadas entre sí. Pero querer explicar fenómenos concomitantes invocando una tercera variable que en realidad participa de la misma concomitancia no aclara: confunde. No hay ahí una cadena causal lineal —A produce B produce C—, sino manifestaciones distintas de una transformación estructural anterior y más amplia que ninguna de las cuatro variables agota por sí sola. Tomar una de ellas y presentarla como motor de las otras tres no es explicar el fenómeno: es tomar una parte de la concomitancia y disfrazarla de causa de la concomitancia entera. Es, precisamente, la falacia de la causa común, y es tanto más seductora cuanto más sólida parece la correlación entre las variables —que la hay, y es real— justo donde solo existe simultaneidad.

    Coda

    El científico del frasco tenía razón en una cosa: algo dejó de volar. Se equivocó en todo lo demás, porque nunca miró sus propias manos. Ni Weber ni Lobato son el fenómeno que describen —la pobreza latinoamericana, el declive del jogo bonito—; son, cada uno en su época, el científico del frasco, seguro de que el problema está en qué reza la mosca, cuando el problema, casi siempre, está en quién le cortó las alas.

    +FJPS

  • Los grandes encuentros eclesiales como loci pastorales

    La plaza estaba llena. Los cánticos, las banderas, el fervor. Cibeles con su fuente convertida en altar improvisado de una fe que no cabe en los templos. El Bernabéu con su acústica de estadio devuelta a algo más antiguo que el fútbol. O la Bienal Católica que vivimos en Encarnación hace apenas unos meses: distinta en escala, idéntica en estructura. Las cámaras captaban todo —o casi todo— y el mundo que presta atención a estas cosas supo que algo grande había pasado. O parecido.

    No es cinismo decirlo así. Es honestidad. Porque los grandes encuentros eclesiales —las visitas papales, las Jornadas Mundiales de la Juventud, los encuentros masivos de cualquier tipo— tienen una doble naturaleza que conviene mirar de frente: son reales y son frágiles al mismo tiempo. Son Tabor y Domingo de Ramos en la misma plaza, en el mismo instante.

    El Tabor es real: allí algo se revela que normalmente permanece invisible. Que la Iglesia es más grande de lo que parece desde el barrio, que la fe tiene rostros de todos los continentes, que el cántico en común produce algo que ningún cántico solitario puede producir. Eso no es ilusión. Es epifanía legítima.

    El Domingo de Ramos también es real: la multitud aclama y el lunes viene, y el lunes tiene su propia lógica, y el que entró en Jerusalén sabía que los hosannas no duran. No entró a pesar de eso. Entró a través de eso, hacia algo que la multitud no podía acompañar.

    Los medios hacen lo que los medios saben hacer: encuadran, iluminan, excluyen. Lo que queda fuera del encuadre no desaparece. Las guerras siguen. El hambre sigue. El desplazado sigue caminando mientras la pantalla muestra la plaza llena. No es mala voluntad del periodista. Es la gramática del zoom: para mostrar algo hay que dejar de mostrar todo lo demás.

    Y sin embargo algo pasa en esa plaza que no pasa en ningún otro lugar. Y eso merece ser pensado con cuidado, sin romantizarlo y sin descartarlo.

    El ratón que juntaba luz

    Hay un cuento de Leo Lionni que se llama Frederick. Un ratón que, mientras los demás de su familia juntan nueces y granos para el invierno, parece no hacer nada. Está quieto, mirando. Cuando le preguntan, dice que está juntando colores, palabras, rayos de sol. Los otros no entienden bien, pero lo dejan.

    Llega el invierno. Las reservas de comida se agotan. El frío y el gris se instalan. Y entonces Frederick abre la boca y empieza a hablar: describe el verano, los colores del campo, la calidez del sol. Y los ratones, que ya no tienen nada que comer, sienten calor. Lo que Frederick juntó —invisible, intangible, aparentemente inútil— resulta ser lo único que calienta cuando ya no queda nada más.

    Los grandes encuentros eclesiales son el momento Frederick de la Iglesia.

    No producen conversión medible. No generan estructura pastoral inmediata. No resuelven los problemas que esperan en casa. Desde una mirada puramente pragmática, son un derroche: energía, recursos, tiempo, expectativas. Un ratón quieto mirando el sol mientras los demás trabajan.

    Pero juntan algo que no se puede juntar de otra manera. Una imagen que dice algo sin decirlo. La experiencia de haber cantado con personas de todas partes. Una palabra escuchada en medio de la multitud que se aloja en algún lugar hondo y no sale más. La percepción —fugaz, real— de que esto es más grande que yo y que, sin embargo, me incluye.

    Eso es reserva para el invierno. No se sabe cuándo va a hacer falta. Pero hace falta.

    Seis preguntas para un pastor

    La pregunta pastoral de fondo no es cuánta gente fue a la plaza. Es qué pasa con esa gente cuando vuelve. Y para saberlo, el pastor necesita una cartografía del sujeto que ningún evento puede proveer por sí solo. Una cartografía de seis entradas —seis loci, lugares de vida, espacios reales donde la fe se juega o se pierde— cada una con dos dimensiones: el dónde —concreto, físico, localizable— y el cuándo —consciente, emocional, el instante en que algo aterriza de verdad.

    Dime dónde te arrodillas: el lugar físico del culto —la capilla, el estadio, la orilla del río— y el instante en que algo dentro cede y reconoce algo mayor. Los dos son necesarios. El lugar sin el instante es rutina. El instante sin lugar es fantasma.

    Dime dónde aplaudes: el espacio concreto de la pertenencia —Cibeles, el Bernabéu, la costanera en la Bie-Cat— y el momento en que el sujeto deja de ser individuo y se descubre parte de algo. Breve. Real. Irrepetible en esa forma exacta.

    Dime dónde habitas: no el lugar del evento sino el lugar del transcurso. La cocina, el escritorio, el colectivo. Y el cuándo más difícil: el momento en que la vida ordinaria pesa y no hay multitud que sostenga.

    Dime dónde sufres y mueres: el lugar más concreto y más íntimo —una cama, una sala de hospital, un silencio que no termina— y el momento en que ya no hay energía para sostener ninguna máscara. El altar que nadie elige y que más purifica.

    Dime dónde amas: no el locus del sentimiento sino el de la entrega sostenida. Una persona, una tarea, una comunidad. Aquí se juega lo más exigente de la fe vivida. Y es el más revelador: se puede aplaudir en Cibeles y no amar en casa. Se puede arrodillar en la capilla y no amar al de al lado. El dónde amas desmascara todo lo demás.

    Dime cuándo crees: y aquí el cambio de preposición es preciso. No dónde sino cuándo. Porque la fe no es un estado permanente que se habita —es un acto que ocurre, que a veces ocurre y a veces no, que tiene sus momentos de claridad y sus noches. El cuándo honra la discontinuidad real de la fe vivida: no la fe como posesión sino como evento que irrumpe, en la plaza, sí, pero también en el dolor, en el amor, en el momento inesperado de un lunes cualquiera.

    Los primeros cuatro son loci del ser. Los dos últimos son loci del acontecer. La fe y el amor no se tienen: suceden. Y el pastor que no sabe leer esos seis registros en la persona concreta que tiene delante trabaja en la superficie, aunque llene de actividades el calendario.

    La memoria es ubicua

    Hay algo que el evento deja que no se ve en las fotos. La presencia en Cibeles —o en la plaza de la Bie-Cat— fue un momento: tuvo fecha, tuvo hora, terminó. Pero la memoria de ese momento no tiene horario. Aparece en el lunes sin nombre, en la noche difícil, en el instante en que nadie más está. La presencia es discontinua —puntual, fechable, irrepetible. La memoria es ubicua.

    Y esa ubicuidad es lo que convierte el evento en locus pastoral verdadero: no lo que pasó allí, sino lo que sigue pasando desde allí, en silencio, en los lugares y momentos que ninguna cámara alcanza. Frederick no es útil en el verano. Es útil en el invierno. Y el invierno llega para todos, con o sin plaza llena.

    León XIV estuvo en Madrid. La plaza estaba llena. Fue Tabor y fue Domingo de Ramos y fue, también, un ratón quieto juntando luz.

    La pregunta no es si valió la pena. Valió. La pregunta es quién recoge lo que quedó. Qué Iglesia local espera a la persona cuando vuelve del evento. Qué pastor está disponible para el locus opaco, el que no tiene fotografía digna, el que no llena plazas.

    El Evangelio no promete veranos eternos. Promete algo que calienta cuando el invierno llega. Entre la plaza y ese invierno, alguien tiene que hacer lo que hace Frederick: quedarse quieto, juntar luz, guardar palabras y colores para cuando hagan falta.

    La plaza es necesaria. El lunes también. Y los seis dimes son el mapa del camino entre los dos.

    — † —

    + Francisco Javier Pistilli Scorzara, P. Sch.

    Obispo de la Diócesis de la Santísima Encarnación

    Encarnación, 10 de junio de 2026