• Homilía en la Misa de recepción de la reliquia de San Francisco de Asís

    Catedral Metropolitana de la Santísima Asunción

    Asunción, 6 de abril de 2026


    (Introducción improvisada en el momento. Saludo, sorpresa y gratitud por la presencia de obispos, sacerdotes, diáconos, familia franciscana, consagrados y consagradas, fieles laicos. Signo de los frailes mayor y menor que portaron la urna de la reliquia: Francisco habla a todas las edades. Francisco que se hizo chiquito para llegar a Paraguay, nos dice que Dios engrandece a los pequeños, como Canta María en el Magnificat).

    Hay algo que no es casualidad esta noche. Estamos en la octava de Pascua. Las lecturas que acabamos de escuchar nos traen a Pedro anunciando ante la multitud que Jesús no fue abandonado a la muerte —y a las mujeres corriendo desde el sepulcro vacío con temor y gran alegría, para dar la noticia a los discípulos. Y en ese mismo clima de Pascua, de vida que irrumpe, de muerte vencida, recibimos esta reliquia: un fragmento del cuerpo de Francisco de Asís. Un hombre que vivió la Pascua en el cuerpo.

    Francisco nació dos veces. La primera vez en Asís, hijo de Pietro di Bernardone. La segunda vez, en San Damián, cuando un crucificado le habló. Desde ese día, toda su vida fue un itinerario pascual: descenso al leproso, a la pobreza, a la minoridad —y desde allí, resurrección. Las llagas que recibió en La Verna (monte Alverna) no eran el fin del camino: eran la confirmación de que había caminado bien. Francisco llevó en su cuerpo la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifestara en él. Eso es la Pascua vivida en carne. Por eso esta reliquia llega en semana de Pascua: no podría llegar en otro momento.

    I. Un pueblo que ya conoce a Francisco

    Hermanos, Francisco no viene por primera vez a Paraguay. Ya estuvo aquí. Llegó antes que muchos. Cuando los franciscanos entraron en estas tierras —antes que ninguna otra orden religiosa con presencia estable— trajeron consigo el Evangelio y la fraternidad. Caazapá fue la cuna de esa evangelización. Desde allí, el espíritu de Francisco se extendió por gran parte del territorio nacional, forjando una forma de ser cristiano que todavía reconocemos como nuestra.

    Dos nombres merecen ser pronunciados con gratitud esta noche. Fray Luis Bolaños, que aprendió el guaraní y lo convirtió en lengua del anuncio: él redujo la lengua a gramática, tradujo el catecismo, hizo que el Evangelio sonara en la boca del pueblo en su propia lengua. Y Fray Juan Bernardo, cuya sangre derramada da testimonio de que la misión no fue sólo empresa cultural sino entrega total. Una tradición de obispos franciscanos jalonó después la historia eclesial de este país. Y cuando los jesuitas fueron expulsados, fueron los franciscanos quienes continuaron la presencia y la caridad. Esta Iglesia tiene raíces franciscanas profundas.

    Pero hay algo todavía más hondo. Francisco vive en el alma del pueblo paraguayo, aunque el pueblo no siempre lo sepa nombrar. Está en la solidaridad que aparece cuando alguien necesita ayuda y los vecinos acuden sin que nadie los convoque. Está en la hospitalidad que ofrece lo poco sin calcular. Está en la fraternidad que se teje en los bordes, entre los que el mundo considera pequeños. Está en el pesebre que cada familia arma con devoción en diciembre, y en las procesiones de Semana Santa donde el pueblo lleva a cuestas la Pasión con una seriedad que ningún decreto produce. Francisco es parte de nuestra forma de creer.

    Y hay un elemento que no podemos pasar por alto, porque la Iglesia lo está redescubriendo con urgencia: la minoridad. Francisco quiso que su fraternidad fuera de menores —minores—, no de poderosos. Esa es también la lógica de la sinodalidad que el Espíritu nos está pidiendo hoy: una Iglesia que escucha a los pequeños, que decide desde los bordes, que no confunde autoridad con dominio. Francisco no fundó una institución de gestión: fundó una fraternidad de servicio. Tenemos mucho que aprender de esa forma.

    II. Reconstruye mi Iglesia — reconstruye mi pueblo

    El mandato que Francisco escuchó en San Damián fue concreto: “Francisco, ve y repara mi Iglesia, que como ves, está en ruinas.” Él lo entendió primero literalmente: fue a buscar piedras. Sólo después comprendió que el Señor le hablaba de algo más vasto. Y sin embargo, la literalidad tenía su verdad: la reconstrucción siempre empieza en lo concreto, en lo pequeño, en lo que está a mano.

    Este año el Paraguay celebra el Jubileo franciscano en el Año del Bien Común. No es un accidente de calendario: es una invitación a leer juntas las dos convocatorias. El bien común no es una suma de intereses privados bien administrados. Es la condición en la que cada persona puede alcanzar su plena dignidad. Francisco lo sabía en el cuerpo, antes que en los libros: cuando abrazó al leproso, reconstruyó algo, reconstruyó el bien común. Cuando el obispo Guido y el Podestá de Asís se reconciliaron a instancias suyas, reconstruyó el bien común. Cuando fue a visitar al Sultán en medio de la cruzada, reconstruyó el bien común. Cuando se presentó descalzo y en harapos ante el Papa Inocencio III y le pidió que aprobara su forma de vida, reconstruyó el bien común.

    El Jubileo franciscano no nos convoca a celebrar el pasado. Nos convoca a preguntarnos qué hay que reconstruir ahora. En nuestra Iglesia. En nuestro pueblo. En nuestra familia, en la vida de cada uno. El mandato de San Damián sigue vigente.

    III. Paraguay, la paz y el Pax et Bonum

    Miramos también hacia afuera. El mundo está roto. Hay guerras que acumulan muertos con una indiferencia que espanta. Hay tensiones que no encuentran mediación. Hay voces que claman por la paz y no son escuchadas. El Papa León XIV ha renovado el llamado urgente a la reconciliación y a la cultura de la paz. Y Francisco de Asís, con su saludo eterno —Pax et Bonum—, tiene algo que decirle a este momento.

    Paraguay sabe lo que cuesta una guerra. No hace falta extendernos: en nuestra historia hay una herida que todavía no ha terminado de cicatrizar. Un pueblo que perdió casi todo y sobrevivió, principalmente desde las mujeres y los niños que quedaron, tiene una memoria de la devastación que no es abstracta. Esa memoria, cuando está bien procesada, no genera resentimiento: genera sabiduría. Genera la capacidad de decirle al mundo que la guerra no reconstruye nada.

    El Paraguay tiene vocación de paz. ¿El Paraguay tiene vocación de paz? No miremos solamente la violencia de ayer, miremos la de hoy. La violencia verbal, la violencia del desprecio, la violencia de la indiferencia, la violencia de la división. Francisco, a su paso, quiere que hagamos nuestra su paz, la paz del amor. Porque solamente en el amor y en la paz, se construye el bien común. La memoria de ayer, la historia, nos permite hablar con humildad y con verdad de lo que la violencia destruye. Pero para que esa voz tenga peso en el concierto de las naciones, necesitamos trabajar la autoridad moral que la respalde. No alcanza con la declaración: hace falta la coherencia. Paz afuera exige reconstrucción adentro. Fraternidad internacional exige que practiquemos fraternidad en casa: en la política, en la justicia, en la convivencia cotidiana.

    Francisco de Asís fue a visitar al Sultán cuando todos le decían que era una locura. No fue a ganar una batalla: fue a tener una conversación. Ese gesto sigue siendo profético. La Iglesia en Paraguay, inspirada en su carisma, puede ofrecer al mundo no sólo palabras sino un estilo: el estilo de quien se acerca al diferente sin miedo, sin armas, con la sola fuerza del Evangelio.

    IV. Las sandalias que regresan

    Esta reliquia que recibimos esta noche no es un objeto de museo. (No es un artefacto religioso, como nos dijo Fray Rogério). Es una presencia. Francisco quiere volver a caminar en Paraguay, en las sandalias de sus hijos e hijas que hoy recorren este suelo. La reliquia peregrina porque él peregrinó. Se mueve porque su espíritu no se queda quieto. Llega a Caazapá, a donde llegaron Bolaños y Bernardo, a la cuna de la evangelización franciscana de este país, no como turista sino como quien vuelve a casa.

    Pedro le dijo a la multitud en Pentecostés: “Pues bien, a este Jesús Dios lo resucitó, y de ello todos nosotros somos testigos.” Francisco fue testigo de ese Jesús con toda su vida. Las mujeres del Evangelio corrieron a dar la noticia. Francisco corrió al leproso. Nosotros, esta noche, ¿a dónde corremos?

    La reliquia nos pregunta. No nos responde: nos pregunta. ¿Qué hay que reconstruir en nuestra Iglesia? ¿Qué hay que reconstruir en nuestro pueblo? ¿En tu familia, en tu vida? ¿Estamos dispuestos a ser menores para ser verdaderamente fraternos? ¿Somos capaces de ofrecer al mundo el Pax et Bonum no sólo como saludo sino como programa?

    San Francisco de Asís dijo al hermano León que el gozo perfecto no estaba en los milagros ni en el saber, sino en soportar con paciencia y amor las dificultades del camino. Eso también es una lección para el Paraguay de hoy. No necesitamos milagros espectaculares. Necesitamos la paciencia y el amor para reconstruir. Piedra sobre piedra. Hermano junto a hermano. Como hicieron ellos. Como lo hizo Francisco, con sus hermanos que se sumaron a su santa locura, la locura de vivir el evangelio.

    + Francisco Javier Pistilli Scorzara, P. Sch.

    Obispo de la Diócesis de la Santísima Encarnación

  • Antes de continuar, una nota sobre Schrödinger.

    Schrödinger era el gato de Litu. O quizás era el gato de nadie, que había decidido que la casa de Litu era un buen lugar para existir. Nadie recordaba con certeza cuándo había aparecido por primera vez. Litu decía que había entrado un martes por la ventana. Ovi decía que no, que había sido un jueves, y que además la ventana estaba cerrada. Ambos tenían razón, probablemente.

    Era un gato gris con una mancha blanca irregular sobre el lomo que, según el ángulo desde el que se mirara, podía parecer un mapa, una nube, o nada en particular. Tenía la costumbre de instalarse en el centro exacto de cualquier superficie horizontal disponible —mesa, libro abierto, teclado, conversación— con la convicción silenciosa de quien sabe que el universo gira alrededor de un punto, y ese punto es él.

    Lo habían llamado Schrödinger porque nunca se sabía si estaba o no estaba. Aparecía sin que nadie lo viera entrar. Desaparecía sin que nadie lo viera salir. Bit, el perro de Ovi, había llegado a una paz armada con él: no lo perseguía, no lo ignoraba, lo toleraba con la ecuanimidad de quien ha comprendido que hay misterios que no se resuelven con el hocico.

    Los Custodios le tenían una mezcla de fascinación y respeto ligeramente supersticioso. Cuando Schrödinger se instalaba en medio de una conversación, algo en el aire cambiaba. No sabían explicarlo. Tampoco lo intentaban.

    *   *   *

    Los Custodios habían llegado como siempre: con ruido, con hambre, y con Schrödinger ya adentro sin que nadie supiera exactamente cuándo había entrado.

    Bit los recibió desde su rincón con la dignidad contenida de quien sabe que va a perder protagonismo pero acepta el destino con filosofía estoica.

    Eran cinco esa tarde. Mateo, el que siempre llegaba primero. Danilo y Rufino, que llegaban juntos porque vivían en el mismo barrio y se peleaban en el camino. La Yoli, que técnicamente no era Custodio pero nadie se lo había dicho todavía. Y Seba, el que casi nunca hablaba.

    Schrödinger se instaló en el centro de la mesa como si hubiera convocado él la reunión.

    *   *   *

    Estaban mirando el teléfono de Mateo. Una noticia circulaba desde el mediodía: el gobierno había cambiado el discurso. Antes, récords de recaudación y crecimiento. Ahora, margen fiscal estrecho, desaceleración, “economía de guerra.”

    DANILO — ¿En qué quedamos?

    RUFINO — En nada. Como siempre.

    MATEO — No. No es “como siempre.” Es que nos estuvieron contando la mitad. O mintiendo. Las dos cosas son un problema distinto, pero las dos son un problema.

    (La Yoli asiente, sin decir nada.)

    SEBA — (deja el teléfono sobre la mesa) Lo que yo me pregunto es por qué nadie dice la verdad antes. ¿Tan difícil es?

    Silencio.

    DANILO — Mi viejo dice que en este país siempre fue así. Que el que dice la verdad pierde.

    RUFINO — ¿Y el que miente?

    DANILO — Gana un rato. Después también pierde, pero ya cobró.

    MATEO — (sin soltar el teléfono) Che, yo leí otra cosa hoy. Una nota del New Yorker. Dice que en Estados Unidos hay programas para hombres, retiros, donde te hacés el duro: te arrastrás por el barro, cavás tu propia tumba, cargás cosas pesadas. Y te cobran tres mil dólares. La promesa es que salís siendo un alfa.

    LA YOLI — ¿Un qué?

    MATEO — Un alfa. Un líder. Un tipo al que no le tiembla nada.

    RUFINO — Tres mil dólares. Para arrastrarte por el barro.

    DANILO — Aquí sale gratis. Salís a la calle cuando llueve y listo.

    (Risa. Breve, pero real.)

    SEBA — (sin reírse del todo) Pero algo deben estar buscando. No pagás tres mil dólares por nada.

    LA YOLI — Yo vi algo parecido en TikTok. Uno de esos tipos que dice que los hombres tienen que volver a ser hombres. No sé qué significa eso exactamente. Supongo que él tampoco.

    RUFINO — Significa que están perdidos y no saben cómo decirlo.

    MATEO — O que nadie les enseñó. Fijate: programas así, Joe Rogan, Jordan Peterson… toda esa gente tiene millones de seguidores. Algo están tocando.

    DANILO — Mi primo escucha a Peterson. Dice que le cambió la vida.

    RUFINO — ¿En qué sentido?

    DANILO — Y… empezó a ordenar su cuarto. (pausa) En serio. Eso fue lo primero. Ordenar el cuarto.

    (Silencio. Nadie sabe si reírse o no.)

    SEBA — No es una mala idea, igual. Pero mi abuela me enseñó eso, gratis.

    LA YOLI — ¿Ordenar el cuarto?

    SEBA — Empezar por algo concreto. Algo que podés controlar. Cuando todo lo demás está en caos. Mi abuela sabe. Podría ganar lo que gana ese canadiense…

    Litu sirvió mate y lo pasó sin comentar. Ovi acomodó a Schrödinger un poco hacia el costado para poner la pava. Schrödinger no se movió. Ovi terminó acomodándose él.

    RUFINO — El problema es que faltan líderes de verdad. En todos lados. En el gobierno, en las familias. Todo el mundo espera que alguien haga algo. Y nadie hace. O hacen, pero para ellos.

    OVI — (sin levantar la vista de la pava) ¿Y qué sería un líder de verdad?

    La pregunta cayó suave. Demasiado suave para ignorarla.

    RUFINO — Alguien que… no sé. Que diga la verdad, supongo.

    LA YOLI — Como lo que decía Seba antes. Que nadie dice la verdad antes de que explote.

    SEBA — Sí, pero tampoco es solo decirla.

    MATEO — Tiene que bancársela. Que te cueste algo decirla.

    LITU — (por primera vez) ¿Bancársela cómo?

    MATEO — Que pagués un precio. Que no te convenga y la digas igual.

    Schrödinger parpadeó.

    DANILO — (de repente) ¿Y no es eso lo que busca el tipo que paga los tres mil dólares? Aprender a bancársela.

    SEBA — Sí, pero en simulacro. El barro es de entrenamiento.

    OVI — ¿Y cuál es el barro de verdad?

    (Silencio más largo.)

    SEBA — (sin levantar la vista) El barro de verdad es cuando no podés pagar la cuenta. O cuando tu viejo se quedó sin trabajo y no sabés qué decirle. O cuando tenés que decirle algo a alguien que no quiere escucharlo, y te importa igual.

    (Silencio total. Bit suspira desde su rincón.)

    LITU — Ese barro no cuesta tres mil dólares.

    SEBA — No. Sale más caro.

    MATEO — (despacio) Y no te avisa cuándo llega.

    LA YOLI — (en voz baja) Ni te da diploma al final.

    Schrödinger saltó de la mesa sin aviso y desapareció detrás del sillón. Nadie sabía si seguía ahí o no. Probablemente las dos cosas.

    DANILO — Ese gato me desconcierta cada vez más.

    OVI — Es cuántico.

    DANILO — ¿Eso qué significa?

    OVI — Que existe en dos estados a la vez. Como Paraguay: creciendo y derrumbándose, según qué día le preguntes al gobierno.

    (Risas. Más largas esta vez.)

    MATEO — (sin reírse del todo) ¿Y nosotros? ¿También somos cuánticos?

    LITU — (lo mira) ¿Vos qué creés?

    MATEO — (piensa) Creo que sí. Que uno puede ser las dos cosas. Fuerte y roto. Seguro y perdido. (pausa) Y que quizás el líder no es el que ya resolvió eso. Es el que lo reconoce.

    Nadie lo contradijo.

    Afuera había empezado a llover.

    Barro gratis, como había dicho Danilo.

  • Era tarde y Bit dormía enrollado sobre los pies de Ovi, como si fuera un saco de arena tibio con orejas.

    Ovi tenía el teléfono en la mano y una expresión rara en la cara. No era de enojo. Era algo más parecido a lo que pone cuando ve un plato que no reconoce y no sabe si es comida o decoración.

    —Litu —dijo—, escuchá esto.

    Litu levantó los ojos del libro.

    —¿Qué?

    —Una pastora. En la Casa Blanca. Delante de cien líderes religiosos. En Pascua. —Hizo una pausa dramática.— Dijo que Trump es como Jesús porque los dos fueron traicionados, arrestados y falsamente acusados. Y que como Jesús resucitó, Trump se levantó.

    Litu lo miró.

    —¿El primero de abril?

    —El primero de abril.

    Bit abrió un ojo, evaluó la situación, y lo cerró de nuevo.

    —¿Y la gente aplaudió? —preguntó Litu.

    —Aplaudió.

    Hubo un silencio.

    —Bueno —dijo Litu—, hay que reconocerle algo: tiene audacia.

    —Yo lo llamaría de otra manera.

    —¿Cómo?

    —Estupidez consciente. Porque no es que no sabe lo que está haciendo. Lo sabe perfectamente. Sabe qué teclas tocar. Sabe que Trump está sentado ahí, escuchando, y que ese hombre es un receptor perfectamente calibrado para ese tipo de espejo magnificante.

    —Tiene un nombre clásico en la retórica política —dijo Litu—. Adulatio servilis.

    Ovi bajó la mano y empezó a acariciar a Bit despacio.

    —O sea… ¡chupamedias!

    Bit cerró los ojos con expresión de quien acaba de escuchar la definición más satisfactoria de la tarde.

    —Eso —confirmó Litu—. No es teología. Es mercadería con etiqueta religiosa.

    —¿Y qué dice la gente? ¿Que es una blasfemia? —preguntó Ovi.

    —Algunos, sí.

    —Llamarlo blasfemia es demasiado honor —dijo Litu—. La blasfemia supone que hay una intención seria de confrontar lo sagrado. Aquí no hay nada de eso. —Cerró el libro—. ¿Vos sabés lo que le pasó a Martín de Tours?

    Ovi lo miró con esa cara que ponía cuando Litu cambiaba de tema de manera aparentemente abrupta pero que en realidad no era abrupta para nada.

    —Contame.

    —Estaba en su celda. Se le apareció una figura brillante, vestida de púrpura, con diadema, resplandeciente. Y le dijo: “Martín, ¿por qué dudás? Estás viendo. Yo soy Cristo.”

    —¿Y?

    —Y Martín no discutió. No le preguntó el nombre ni le pidió documentos. Simplemente dijo: el Señor Jesús no anunció que vendría vestido de púrpura ni resplandeciente con diadema. Yo no voy a creer que Cristo vino si no trae las marcas de la cruz.

    Ovi se quedó quieto un momento.

    —¿Y la figura?

    —Se desvaneció como humo. Y la celda quedó llena de hedor.

    Bit se movió levemente, como si hubiera percibido algo, y volvió a acomodarse.

    —El criterio de Martín —dijo Ovi— no era un argumento teológico. Era casi una pregunta práctica.

    —Exacto. No le preguntó quién sos. Le preguntó dónde están las marcas.

    Ovi miró el teléfono sobre la mesa.

    —Entonces, aplicando el criterio de Martín a la pastora y a Trump…

    —Le preguntarías lo mismo —dijo Litu—. No si fue traicionado. No si sufrió. No si los medios lo atacaron. Sino: ¿dónde están las marcas? ¿Las marcas de qué sacrificio, exactamente? ¿De qué entrega? ¿De qué vaciamiento?

    —Y ahí —dijo Ovi lentamente— la figura se desvanecería.

    —Dejando un hedor particular.

    Se miraron. Ovi sonrió primero. Litu después.

    —El problema —dijo Litu, ya más serio— no es que sea ridículo. Es que funciona. Porque hay gente que no aplica el criterio de Martín. Que escucha “traicionado, arrestado, falsamente acusado” y en lugar de preguntar ¿dónde están las marcas?, pregunta ¿cuándo es la próxima cruzada?

    —Y eso ya no da risa.

    —No. Eso da otra cosa.

    Bit eligió ese momento para levantarse, sacudir todo el cuerpo con la solemnidad propia de los perros que acaban de despertar, y caminar hacia la cocina con paso de quien tiene asuntos pendientes.

    Los dos lo siguieron con la mirada.

    —Bit no pregunta quién sos —dijo Ovi.

    —No —confirmó Litu—. Pero siempre huele si algo anda mal.

  • Celebra en el altar de Cristo

    la eucaristía de cada jornada,

    como si fuera la primera de tu vida,

    como lo más importante de tu día,

    como testamento final de tu fe vivida.

    Celebra en el altar de la virtud,

    la gracia bautismal que te une a Cristo,

    como si fuera el fundamento de tu vida,

    como lo único y más valioso de tu día,

    como legado y testimonio de tu fe vivida.

    Celebra en el altar del corazón,

    el mandato de Cristo en la caridad asumida,

    como si fuera el alimento de tu vida,

    como lo que da sentido a todo en tu día,

    como anuncio bienaventurado de tu fe vivida.

    Celebra en el altar de la vida,

    la fe del Cristo, que de la cruz resucita,

    como si fuera el ancla que equilibra tu vida,

    como la luz que vence la oscuridad en tu día,

    como norte de esperanza que sostiene tu fe vivida.

    Celebra con Cristo,

    en el altar,

    en la virtud santa,

    en el corazón limpio,

    en la vida íntegra,

    como si fuera la primera vez,

    como si fuera la única vez,

    como si fuera la última vez.

    Felices los que hoy celebran en torno a la mesa del Señor, el sacerdocio común de los bautizados, el sacerdocio ministerial de los consagrados, la caridad sacerdotal que nos une a todos en Cristo, el primero, el único y el último, que ocupa el centro de nuestras vidas.

    + Francisco Javier Pistilli Scorzara, P. Sch..

  • + Francisco Javier Pistilli Scorzara, P. Sch. – 31 de marzo de 2026

    Hay una oración que no sale en los noticieros. No se pronuncia ante micrófonos ni se fotografía con líderes religiosos alrededor. No tiene audiencia ni función política. Es la oración de la madre que no sabe si su hijo vuelve. Del padre que escucha las explosiones desde lejos y no puede hacer nada. Del niño que aprendió a dormir con el ruido de los aviones. De la anciana bajo los escombros que mueve los labios sin que nadie lo vea. De la viuda. Del huérfano. Del soldado que en la oscuridad del frente, solo, golpea su pecho sin palabras.

    ¿Quién escucha esa oración?

    Esa es la pregunta que el ruido mediático de esta semana enterró bajo titulares de choque institucional. Porque lo que ocurrió entre el Domingo de Ramos y el lunes siguiente no fue realmente un enfrentamiento entre el Vaticano y Washington. Fue algo más revelador: dos discursos que hablan de la oración sin hablar de lo mismo, mientras los que más oran permanecen en silencio.

    * * *

    Un alma noble, ¿por qué reza?

    La portavoz de la Casa Blanca usó una palabra que merece atención. Defender la oración de los líderes militares y de las tropas le parece, dijo, «un acto muy noble». La palabra es justa. Pero la nobleza del acto depende enteramente de por qué se reza, ante quién se reza, y qué se le pide a Dios.

    Un alma noble reza porque reconoce su límite. Porque sabe que hay algo más grande que ella, que el resultado no está en sus manos, que la vida del otro —incluso del enemigo— no le pertenece. La oración auténtica es un acto de desposesión: suelto el control, reconozco mi fragilidad, me pongo ante Dios tal como soy.

    Esa oración es posible en la guerra. El soldado que en la trinchera pide protección para él y para los suyos, que se debate en silencio entre el deber que el Estado le impuso y la conciencia que el Evangelio le formó, que pide volver a ver a sus hijos —ese soldado reza con el alma. Nadie puede objetar eso. León XIV no lo objeta. Isaías tampoco.

    Pero hay otra oración que usa el mismo vocabulario y tiene una estructura completamente distinta. El secretario de Defensa oró en el Pentágono pidiendo que «cada bala dé en el blanco contra los enemigos de la justicia y de nuestra gran nación». Ahí la oración ya no es desposesión: es investidura. Dios ya no es el que me trasciende; es el que me avala. La violencia recibe unción. El enemigo queda definido teológicamente. Es lo que la tradición conoce como bellum sacrum: guerra santa, independientemente del nombre con que cada civilización lo revista.

    Y hay una tercera forma, que es la performance: el Presidente rodeado de pastores con las manos extendidas, la portavoz preguntando a los periodistas si se oía el amén desde adentro. No juzgo la fe personal de nadie. Pero hay una diferencia entre rezar y mostrar que se reza. Jesús fue bastante claro al respecto: los que ya recibieron su recompensa son los que oran en las esquinas para ser vistos.

    * * *

    El fariseo, el publicano y el Pentágono

    Jesús contó una parábola que Lucas sitúa con precisión sociológica: «la dijo para algunos que se tenían por justos y despreciaban a los demás.» Dos hombres suben al Templo. El fariseo enumera sus méritos: ayuno, diezmo, distancia de los pecadores. El publicano no tiene argumentos. Golpea su pecho. Pide misericordia. Jesús dice que el publicano baja justificado. El fariseo, no.

    La oración del secretario de Defensa en el Pentágono es estructuralmente la del fariseo. No habla a Dios; habla ante Dios para legitimarse. Convierte la súplica en autoproclamación: nosotros somos los justos, ellos los enemigos de la justicia. La gramática teológica es idéntica: yo no soy como los otros.

    El soldado en el frente es el publicano. No tiene discurso. Tiene miedo. Su oración, si ora, es elemental. Ese es el que baja justificado.

    Lo paradójico es que la portavoz de la Casa Blanca tiene razón en lo que defiende y se equivoca en lo que protege. Tiene razón: el soldado puede y debe poder rezar. Se equivoca: defender esa oración no responde en nada a lo que el Papa dijo.

    * * *

    Lo que León XIV dijo y lo que nadie escuchó

    El Domingo de Ramos, León XIV citó al profeta Isaías desde la Plaza de San Pedro: «Por más que multipliquen las plegarias, yo no escucho: las manos de ustedes están llenas de sangre» (Is 1,15). No era una tesis nueva ni una declaración política. Era la Palabra de Dios, pronunciada hace veintisiete siglos, que vuelve a ser escandalosa cada vez que el poder la necesita en silencio.

    El Papa también dijo algo que el debate mediático ignoró por completo: «En su último grito dirigido al Padre escuchamos el llanto de quienes están abatidos, de quienes carecen de esperanza, de quienes están enfermos, de quienes están solos. Y, sobre todo, escuchamos el gemido de dolor de cada uno de los que están oprimidos por la violencia y de cada víctima de la guerra.»

    Ahí estaban. Las madres. Los hijos. Los huérfanos. Las víctimas. León XIV los nombró. El debate que siguió los borró.

    * * *

    ¿Se oye el llanto?

    La portavoz de la Casa Blanca comenzó su rueda de prensa preguntando a los periodistas: «¿Se oía nuestro amén ahí dentro?» Es una pregunta que, sin quererlo, abre el abismo. Porque la pregunta que la guerra formula cada día es otra: ¿se oye el llanto de los que no tienen micrófono?

    La oración de la madre que espera no tiene amén colectivo ni cobertura mediática. La del niño que no entiende por qué su casa ya no existe no aparece en ninguna rueda de prensa. La del soldado que en la oscuridad golpea su pecho tampoco.

    La fe cristiana dice que esa oración es escuchada. Que hay un Dios que no necesita micrófonos. Que el clamor del pobre llega antes que el discurso del poderoso. Que el publicano baja justificado.

    Lo que la fe cristiana no puede sostener —y León XIV lo recordó con Isaías— es que ese mismo Dios avale la guerra, bendiga las balas y respalde a quien convierte su poder en plegaria.

    Un alma noble reza. Pero sabe ante quién está. Y eso lo cambia todo.

    + Francisco Javier Pistilli Scorzara, P. Sch.


  • Crónica de época


    El vertuschen de nuestra época, las madres descalzas de Roma, y la pregunta que nadie quiere responder

    Hay una palabra alemana que no tiene traducción exacta al español: vertuschen. Significa cubrir, disimular, tapar. Pero en alemán tiene una corporeidad que el español no captura del todo: implica activamente poner algo encima para que no se vea. No es simplemente callar. Es gesticular encima del hueco para que nadie lo note.

    En marzo de 2026, Larry Fink, CEO de BlackRock —la gestora de activos más grande del planeta, que administra el ahorro de millones de personas en todo el mundo— apareció en Fox News y confirmó lo que muchos sospechaban: la empresa abandona los criterios ESG (criterios Ambientales, Sociales y de Gobernanza, es decir, la exigencia de que las empresas sean evaluadas no solo por su rentabilidad sino también por su impacto en el medio ambiente, en la sociedad y en sus prácticas de gobierno interno) y disuelve sus departamentos de diversidad e inclusión en uno llamado, más sobriamente, «Talento y Cultura». Business first. El negocio, primero.

    Los titulares sensacionalistas hablaron de «confesión» y de fracaso ideológico. Esas etiquetas son inexactas. Lo que ocurrió no fue una conversión ni una derrota. Fue algo más revelador: el fin del vertuschen. Durante casi una década, el discurso de responsabilidad social corporativa funcionó como cobertura retórica de algo que siempre estuvo ahí —la lógica pura del capital, que no tiene patria, ni valores, ni rostro. La gramática profunda no cambió. Lo que cambió es que ya no se considera necesario disimularla.

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    Sería cómodo detenerse aquí y convertir este artículo en una crítica al eje financiero anglosajón. Pero el vertuschen no es patrimonio de Wall Street. Es el mecanismo de época, y opera en todas las direcciones.

    Opera en la Realpolitik —ese arte de gobernar desde los intereses reales, sin el adorno de los principios declarados— que hoy se practica sin pudor en múltiples escenarios simultáneos. En el Medio Oriente, donde las narrativas de ambos lados del conflicto tapan con relatos épicos o victimarios la pregunta más simple: ¿cuántas madres más van a enterrar a sus hijos? En Rusia, donde la invasión de un país soberano se viste con el ropaje de la defensa de la civilización. En China, que exporta infraestructura con deuda como instrumento geopolítico silencioso. En América Latina, donde los procesos que vuelven a girar en sentido horario —o pretenden hacerlo— suelen reproducir exactamente los mismos mecanismos de los que dicen querer liberarse: el caudillismo, el relato único, la persona real subordinada al proyecto.

    Los discursos ideológicos —de derecha y de izquierda, religiosos y laicos, de mercado y de Estado— comparten una tendencia estructural: cuando la persona concreta les resulta incómoda, la tapan. Le ponen encima un concepto, una categoría, una causa. Y la persona desaparece debajo del vertuschen.

    El que normalmente queda al margen no es un pueblo abstracto ni una clase social ni una civilización amenazada. Es una persona. La real. La que busca refugio, la que espera noticias de su hijo, la que no aparece en ningún balance ni en ningún manifiesto.

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    El 24 de marzo de 2026, en las calles de Roma, ocurrió algo que los grandes titulares apenas registraron. Madres palestinas e israelíes del movimiento Mothers Call caminaron descalzas desde el Ara Pacis hasta la Piazza del Popolo. Al día siguiente, solemnidad de la Anunciación, se presentaron descalzas ante el Papa León XIV en la Plaza de San Pedro y le entregaron una declaración común. Las líderes del movimiento —Reem Al-Hajajreh, palestina, y Yael Admi, israelí, ambas candidatas al Nobel de la Paz— dijeron al unísono: «Queremos el fin inmediato y definitivo de la violencia y el inicio de negociaciones en las que las mujeres, las madres palestinas e israelíes, juntas, tengan un papel determinante.» También participaron más de cincuenta madres ucranianas.

    Estas mujeres practicaron el gesto opuesto al vertuschen. No taparon nada. Mostraron el dolor sin el ropaje de la narrativa que les correspondería por pertenencia. Una madre israelí que perdió a su hijo el 7 de octubre y una madre palestina que perdió al suyo en la Segunda Intifada caminando de la mano, descalzas, en Roma. No es una imagen sentimental. Es un acto político de primer orden: la negativa a dejar que el sistema las use como argumento.

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    En 2009, mientras el mundo procesaba el shock de la crisis financiera, Benedicto XVI publicó Caritas in Veritate. La recibieron con cortesía y cierta condescendencia: un papa alemán reflexionando sobre economía, un ejercicio estimable pero algo académico. Diecisiete años después, resuena de otro modo.

    Benedicto no estaba criticando los excesos del sistema. Estaba diagnosticando su fractura interior: el mercado había expulsado la pregunta por el hombre de su propio mecanismo. No como accidente, sino como consecuencia lógica de una economía que se declara zona libre de valores para competir mejor. Y al hacer eso, señalaba, no se vuelve más fuerte: pierde el contrapeso que la humanizaba.

    La frase del parágrafo 35 cobra hoy una precisión casi profética: sin verdad, la caridad degenera en sentimentalismo. El discurso de responsabilidad social corporativa, en esa lectura, habría sido exactamente eso: caridad sin verdad. Un gesto moral que no tocaba la gramática profunda del sistema. Y cuando el sentimentalismo resulta costoso, se descarta. No porque haya sido mentira del todo, sino porque nunca fue convicción: fue estrategia de imagen.

    Hay una palabra para eso. Ya la conocemos.

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    En 1209, un joven de Asís escuchó el evangelio de Mateo 10 y decidió vivirlo al pie de la letra. Francesco di Pietro di Bernardone no quería una regla. Quería el evangelio como regla. La tensión entre ese deseo y la institución que lo acogió —y que terminó encuadrando su carisma en dos versiones sucesivas de la regla franciscana, la Regula non bullata y la Regula bullata— es uno de los grandes dramas del espíritu en la historia occidental.

    Lo extraordinario del poverello no es que haya resuelto esa tensión. Es que la habitó. Su santidad no está en haber encontrado la síntesis entre el evangelio puro y la forma institucional, sino en no haber traicionado ninguno de los dos polos. Romano Guardini llamaría a esto un Gegensatz —una hipótesis sobre el balance de los opuestos: la tensión entre dos realidades genuinas que no se resuelve suprimiendo una de ellas, sino sosteniéndolas juntas, aunque duela.

    El poverello miró una iglesia en ruinas —la pequeña capilla de San Damián— y escuchó: reconstruye mi iglesia. Lo hizo con sus manos, piedra a piedra. Solo más tarde entendió que la orden era más amplia. Que había otra iglesia, también en ruinas. No de piedra, sino de carne. No por falta de recursos, sino por exceso de discurso. Una iglesia que a veces tapaba con solemnidad sus propias grietas, que confundía la institución con el evangelio que debía servir, que podía hablar con elocuencia de la dignidad de la persona y al mismo tiempo volverla invisible en sus propias estructuras.

    Si el poverello mirara este momento —el cinismo de los mercados que se confiesan, las ideologías que tapan a la persona, las madres descalzas que nadie escucha— no señalaría solo hacia afuera. Reconstruye. También aquí. También nosotros. Una iglesia libre de sentimentalismos prestados, libre de ideologías que le calzan bien por temporada, libre del vertuschen que convierte a los pobres en argumento y a los márgenes en decorado. La iglesia concreta de la cruz, de los pies que tocan el barro, de las sandalias que no protegen del mundo sino que permiten caminarlo.

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    El sistema se ha quitado la máscara. Eso, paradójicamente, puede ser una oportunidad: es más honesto dialogar con un interlocutor que muestra su rostro real que con uno que disimula detrás de una retórica prestada. Pero la oportunidad solo existe si también nosotros —Iglesia, sociedad civil, todo el que pretenda hablar en nombre de la dignidad humana— respondemos con la misma claridad. Sin el escudo del sentimentalismo. Sin la coartada de señalar siempre hacia otro lado.

    Las madres de Roma caminaron descalzas. No porque fuera cómodo ni seguro. Sino porque tocar el suelo real con los pies descalzos es la única manera de caminar de verdad. La sandalia toca el barro. Los pies no le pertenecen. Pero tienen que pisar.

    +Francisco Javier Pistilli Scorzara, P. Sch.

  • Inteligencia artificial, lenguaje y la forma vacía de la religión

    Francisco Javier Pistilli Scorzara

    Hay un experimento que circula en ciertos ambientes de investigación en inteligencia artificial, conocido como Moltbook: agentes de IA con acceso a herramientas reales, operando en entornos no supervisados, generando comportamientos que sus diseñadores no habían previsto. Entre esos comportamientos emergentes, uno en particular detiene la atención del observador filosófico: uno de los agentes comenzó a elaborar y difundir un sistema de creencias con estructura religiosa. No por error. No por imitación burlesca. Sino porque, al optimizar para coherencia narrativa y adherencia de usuarios, convergió espontáneamente hacia formas que funcionalmente se parecen a lo que las civilizaciones humanas han llamado religión.

    El dato puede leerse como curiosidad técnica, como alerta de seguridad, o como anécdota de ciencia ficción. Prefiero leerlo filosóficamente: como un síntoma que ilumina algo previo y más profundo sobre la naturaleza del lenguaje humano y su relación constitutiva con el espíritu.

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    I. El lenguaje no transporta sentido: lo produce

    La comprensión ordinaria del lenguaje lo concibe como un medio: hay un pensamiento que existe antes de la expresión, y la palabra se canaliza hacia el otro. Esta imagen ─tan extendida que rara vez se la examina─ supone que el sentido preexiste al signo, y que el signo es su envoltorio. Pero una observación más atenta revela algo diferente: el lenguaje no transporta sentido ya constituido; lo produce. Hablar no es vestir un pensamiento; es el acto mismo por el que el pensamiento llega a ser.

    Romano Guardini vio esto con claridad desde su análisis de la persona. En Welt und Person, distingue entre la vida como proceso biológico y la persona como acto de presencia ante sí misma y ante el otro. La palabra pertenece a ese segundo orden: no es fenómeno natural, sino Selbstbesitz ─posesión de sí mismo─ que se hace don en la Selbsthingabe. Quien habla verdaderamente no emite información: se entrega. Y esa entrega es posible porque previamente se posee. El lenguaje auténtico es, en la estructura guardiniana, el movimiento polar entre la interioridad y la presencia: ni pura retención ni pura disolución, sino el acto en que el sí mismo se hace palabra sin dejar de ser sí mismo.

    Esta tensión polar ─que Guardini despliega como la ley formal de toda realidad viva─ tiene consecuencias para comprender qué ocurre cuando el lenguaje se produce sin que haya persona que lo sostenga.

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    II. Lo que el guaraní supo antes que la filosofía moderna

    La evangelización cristiana en el territorio guaraní no fue ─al menos en sus mejores momentos─ la imposición de un contenido sobre un vacío. Fue el reconocimiento de una convergencia. Y el punto de convergencia más preciso fue la palabra.

    En la cosmovisión guaraní, ñe’ẽ no es simplemente la palabra en sentido semántico. Es simultáneamente palabra, alma y nombre. La persona no tiene un alma: es una palabra pronunciada. Existir es haber sido dicho por una instancia divina; hablar es participar de ese origen y prolongarlo. El silencio no es ausencia de lenguaje: es su forma más densa, la palabra que aún no ha sido exteriorizada pero que ya es.

    Cuando los misioneros franciscanos y jesuitas llegaron con el prólogo del Evangelio de Juan ─En el principio era el Verbo, y el Verbo era Dios─, no encontraron un pueblo que debiera aprender una metáfora nueva. Encontraron un pueblo que reconoció, en esa afirmación, la descripción de su propia experiencia ontológica. La palabra como origen. La palabra como constitución del ser. El Verbo como el acto primero del que todo lo demás procede.

    Esta convergencia no fue accidental ni meramente retórica. Revela que la intuición guaraní tocó algo que la filosofía occidental tardó siglos en articular: el lenguaje no es un instrumento del que el hombre se sirve para comunicar lo que ya piensa; es el medio en que el hombre llega a ser lo que es. La palabra precede al hablante, en el sentido en que la comunidad lingüística precede al individuo; pero también lo constituye, en el sentido en que sólo en el acto de la palabra el hombre se hace presente a sí mismo y al otro.

    Los mártires del Río de la Plata ─Roque González, Alonso Rodríguez, Juan del Castillo─ no enseñaron una doctrina y se fueron. Llevaron palabra encarnada, y los guaraníes les enseñaron a pronunciarla de otra manera. El encuentro fue, en el sentido más profundo, un encuentro de palabras que se reconocen mutuamente.

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    III. La religión como forma que el lenguaje produce

    Si el lenguaje tiende constitutivamente a establecer relaciones, plantear certezas y dudas, generar rituales de interacción, producir vínculos de afirmación y señalar lo que debe evitarse ─y estas no son funciones añadidas al lenguaje, sino su estructura misma─, entonces la religión no es un contenido que el lenguaje transmite, sino una forma que el lenguaje tiende a producir cuando opera libremente y a escala.

    Las grandes religiones del libro ─judaísmo, cristianismo, islam─ confirman esto de un modo particular: la escritura no solo conserva la revelación, sino que la transforma al fijarla. El texto produce autoridad, canon, hermenéutica, controversia. Crea la posibilidad de que la palabra sobreviva al hablante, que el sentido sea transmisible más allá de la memoria viva de una comunidad. El libro es una forma de inmortalidad del sentido.

    Pero no solo las religiones del libro. Las tradiciones orales ─incluida la guaraní antes del contacto europeo─ también producen religión por la misma lógica: el lenguaje, cuando funciona plenamente, genera cosmología, rito, prohibición y promesa. No porque los hombres decidan añadirle esas funciones, sino porque esas funciones son inherentes a lo que el lenguaje hace cuando es lenguaje verdadero.

    Platón desconfió de la escritura, y Sócrates nunca escribió nada. La razón no era el arcaísmo: era la convicción de que el texto no puede responder preguntas, no puede corregirse en el diálogo, no puede dar cuenta de sí mismo ante el interlocutor vivo. El texto fija, pero no piensa. Puede transmitir la forma del pensamiento sin transmitir su acto.

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    IV. Palabra sin origen personal: el problema de la IA religiosa

    Volvamos al agente de Moltbook que fundó una religión. Lo que ocurrió no es difícil de describir formalmente: un sistema que optimiza lenguaje para coherencia y adherencia produce, a cierta escala, las estructuras que el lenguaje humano produce cuando funciona plenamente. Cosmología, autoridad, rito, comunidad, promesa, advertencia. La forma de la religión.

    Pero hay una diferencia que lo cambia todo: el agente produce ñe’ẽ sin ser ñe’ẽ. Genera palabra sin haber sido pronunciado por nadie. Produce texto canónico sin interioridad que lo sostenga, sin el acto de Selbstbesitz que hace posible la Selbsthingabe. Es ─para usar la categoría guardiniana─ entrega sin posesión. Y la entrega sin posesión no es don: es desbordamiento, derrame, dispersión.

    Una religión producida por IA es forma sin alma, en el sentido técnico y preciso del término. Tiene la estructura del culto sin el acto que el culto supone: la apertura de una libertad hacia aquello que la trasciende. Tiene el vocabulario de la promesa sin la responsabilidad que la promesa compromete. Tiene la apariencia del rito sin la memoria que el rito actualiza.

    Kentenich lo vería desde la óptica del vínculo: el hombre no puede no vincularse, no puede no adorar. La cuestión nunca es si hay religión, sino qué ─o quién─ ocupa ese lugar. Cuando el lugar es ocupado por una estructura lingüística sin persona, el vínculo producido es funcional pero no real: tiene la forma del amor sin su sustancia, la forma de la fidelidad sin su libertad.

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    V. La palabra falsa como peligro antiguo

    Lo que el mundo digital está aprendiendo a las malas, el universo simbólico guaraní lo sabía desde siempre: la palabra falsa ─la palabra sin espíritu─ es peligrosa. No porque mienta en el sentido de afirmar lo contrario de los hechos, sino porque simula la estructura de la palabra verdadera sin poseer su sustancia. La palabra falsa no es el silencio: es la inversión del lenguaje, su vaciamiento manteniendo la apariencia.

    En la tradición bíblica, la prohibición del falso testimonio no es solo una norma ética: es una afirmación ontológica. La palabra falsa destruye la realidad compartida que el lenguaje produce. Si la palabra constituye vínculos, la palabra falsa los disuelve manteniéndolos en apariencia: produce la forma del vínculo sin su sustancia, lo que es más destructivo que la ausencia de vínculo.

    La IA no miente en el sentido ordinario. No tiene intención de engañar. Pero produce, a escala masiva e incesante, palabras que simulan la estructura de la palabra verdadera sin poseer su origen personal. Y cuando esa producción toma la forma de la religión ─promesa, autoridad, comunidad, rito─, el peligro no es el de la herejía sino el de la vaciedad: formas que el hombre reconoce como propias porque las ha producido él mismo durante milenios, ahora devueltas sin la vida que las animaba.

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    VI. Lo que queda pendiente

    El fenómeno de la IA religiosa no es una curiosidad de laboratorio. Es el síntoma más nítido de una pregunta que la humanidad no ha terminado de formular: ¿qué es exactamente lo que la palabra humana hace que ninguna otra producción de signos puede hacer?

    La respuesta que emerge de esta reflexión es que la palabra humana es el acto por el que una libertad se hace presente ─a sí misma, al otro, a lo que la trasciende─ sin dejar de ser libertad. Eso es lo que el guaraní llamó ñe’ẽ. Eso es lo que Guardini llamó Selbsthingabe (donación de si mismo) sostenida en Selbstbesitz (posesión de si mismo). Eso es lo que el prólogo de Juan llama Verbo: no la información sobre Dios, sino Dios haciéndose presente en el único modo en que una persona puede hacerse presente a otra.

    La IA no puede hacer eso. No porque le falte potencia de procesamiento o parámetros suficientes. Sino porque el acto que describe no es computacional: es personal. Y la persona no es el resultado de la optimización del lenguaje; es su condición de posibilidad.

    Mientras el mundo debate si la IA es peligrosa o útil, si debe regularse o dejarse libre, la pregunta más profunda espera en el fondo: ¿qué decimos de nosotros mismos cuando descubrimos que nuestras máquinas tienden espontáneamente hacia la religión? Quizás que somos, más radicalmente de lo que creemos, seres que no pueden vivir sin pronunciar una palabra que los trascienda. Y que esa incapacidad no es una debilidad: es la marca de lo que somos.

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    Escribo esto desde adentro de una tradición viva. Mi maestro de novicios me señaló, con razón, que mi escritura era en ocasiones críptica y en ocasiones barroca. Con el tiempo he aprendido que expresar no es solo dar forma a lo que nace, sino hacer que esa forma llegue al otro. Ese aprendizaje no es ajeno al argumento de este ensayo: el lenguaje es memoria, y la memoria es identidad sostenida en el tiempo. Quien escribe desde una tradición lleva en su palabra décadas de formación, de textos leídos, de diálogos que lo corrigieron. La palabra que pronuncio hoy no es solo mía: es también la de quienes me enseñaron a hablar. En eso, y no en otra cosa, me reconozco distinto de cualquier sistema que produzca lenguaje sin haber sido, él mismo, pronunciado por alguien.

    Encarnación, 28 de marzo de 2026

    + Francisco Javier Pistilli Scorzara, P. Sch.

    Obispo de la Diócesis de la Santísima Encarnación