• Gracias a cada uno,

    donde Dios sembró un recuerdo,

    de conocernos de paso

    y seguir este camino

    andando juntos y sin descanso.

    26 de mayo de 1965 — 26 de mayo de 2026 · 61 años

    I

    Una caricia es un instante,

    atrapado en la memoria,

    es un momento insignificante,

    que construye una historia.

    II

    Un saludo es un segundo,

    que cautiva la atención,

    es habitar en tu mundo,

    y articular juntos una relación.

    III

    Una palabra, un breve mensaje,

    que transmite al corazón,

    es armar el andamiaje,

    del vínculo que se hace canción.

    IV

    Un abrazo, contacto que fenece,

    es argamasa que sostiene,

    todo ser que un día perece,

    en la cultura que solo el amor retiene.

    V

    Una mirada es un simple deseo,

    de uno que al otro busca,

    es la chispa de ese «te veo»

    que de mirarlo se cansa nunca.

    VI

    Un beso es un heraldo fugaz del cielo

    que irrumpe en este suelo bendito

    para sembrar la semilla del evangelio,

    que arraiga el alma en el tiempo infinito.

    VII

    Un te quiero es firmar la alianza

    que el azar con un fin eterno,

    compone cual divina alabanza

    donde uno y uno son más que dos por cierto.

    VIII

    Una oración es un suspiro,

    es un mensaje y un sentido,

    un nudo del telar que en Dios admiro,

    donde nadie queda en el olvido.

    + Francisco Javier Pistilli Scorzara, P. Sch.

    Obispo de la Santísima Encarnación

    Encarnación, 26 de mayo de 2026

  • Francisco Javier Pistilli Scorzara, P. Sch.

    Introducción ❆

    Antes que el tiempo fuera, había amor,

    con rostro de madre, de Dios corazón,

    que sufre el momento de parir el don,

    expectante vigilia de ese dolor,

    del grito naciente, hora divina,

    que a todo hombre su faz ilumina.

    PARTE I — Del principio al umbral

    I.

    Llamó a Eva viviente, el Dios creador,

    aunque dar la vida le cause dolor.

    Sara, la anciana, esperó con paciencia,

    Dios la bendijo con su descendencia.

    II.

    Agar, desolada, a Dios nombre dio:

    Es cierto, “Tú eres el Dios que me ve”,

    la lucha en su vientre a Rebeca movió,

    en su desconcierto fue alivio su fe.

    III.

    Raquel fue la madre de aquel que salvó,

    las tribus que Lea por don concibió.

    Y Miriam, que al mismo Moisés protegió,

    cruzó a pie enjuto y el pandero tocó.

    IV.

    Fue Débora, jueza, madre en Israel,

    su canto en batalla libró al pueblo fiel.

    Rut a su suegra Noe mí rescató,

    amó a su pueblo y su Dios escogió.

    V.

    Ana en el templo a Dios le suplicó,

    su canto es el hijo que a Dios consagró.

    Un astro brillante fue la Reina Ester,

    no temió a la muerte, valiente, mujer.

    VI.

    Judit, una frágil mujer, enfrentó,

    al poder engreído y lo humilló.

    La vejez de Isabel fue la frontera,

    que Dios en su hijo mudó en bandera.

    VII.

    ¿Puede olvidar la madre a su criatura?

    Su llanto es la música verdadera,

    notas celestes, sacra partitura.

    No puede, dice Dios, aunque pudiera.

    Corona — María ❆

    Hágase, dijo, y se hizo escritura,

    el Verbo divino que se hizo presente,

    guardó la espada que le abrió la vida,

    Mujer, tu hijo, en Cruz, la voz herida,

    Ahí tu madre, nos entregó consciente,

    ese vientre que lo amó con premura.

    Antífona ❆

    Canta en nosotros, Espíritu de amor,

    el salmo materno del seno de Dios.

    PARTE II — De los Apóstoles hasta hoy

    I.

    Por los zebedeos, Salomé, pidió,

    pero fue ella quien primero bebió.

    La de Cleofás a la grey anunció,

    que Cristo está vivo, que resucitó.

    II.

    Perpetua en prisión dio el pecho a su infante,

    Felicidad allí a su hijo alumbró,

    en la cárcel se oyó un himno vibrante,

    martirio materno, la vida triunfó.

    III.

    Fue Helena quien encontró la santa cruz,

    mujer augusta, peregrina en su luz.

    Mónica lloró su cruz con coraje,

    su hijo converso es hoy su homenaje.

    IV.

    Emelia les dio el pan de la Escritura,

    a sus cuatro hijos, hoy santos, sin duda.

    Margarita lavó pies con ternura,

    reyes, mendigos, bendicen su ayuda.

    V.

    De gris franciscano bajó al hospital,

    Isabel, la reina, que llagas lavó.

    Penitente y fiel, profeta al final,

    Brígida muy firme al papado clamó.

    VI.

    Zélie sembró lo que Luís cosechó,

    Historia de un alma en Lisieux brotó.

    Gianna, a su Pietro muy firme indicó,

    primero mi hija, y su vida salvó.

    VII.

    Ellas crían, hijos que nadie trunca,

    las que oran solas, cuando nadie escucha,

    ninguna suelta su hijo en la lucha,

    pasan sus nombres, mas su voto nunca.

    Corona — La Iglesia Madre ❆

    Madre es la Iglesia, esposa divina,

    engendra en agua, nutre en pan partido,

    de su pecho, cual pelícano herido,

    da su sangre vida eterna y genuina.

    ¡Ven! Llama la gracia de Jerusalén,

    bajo sus alas cada madre es Belén.

    + Francisco Javier Pistilli Scorzara, P. Sch.

    Obispo de la Diócesis de la Santísima Encarnación

    Encarnación, mayo de 2026

  • Hay una pregunta que recorre toda la Biblia de principio a fin, casi sin que nos demos cuenta. No es una pregunta filosófica. Es una pregunta de carne y hueso. Y es esta: ¿quién sostuvo al mundo cuando el mundo no podía sostenerse solo?

    La respuesta, una y otra vez, tiene rostro de madre.

    I. Las madres del principio

    No hablo de un ideal. No hablo de una figura decorativa para una fecha del calendario. Hablo de mujeres concretas, con nombres propios y con heridas propias, que en los momentos más oscuros de la historia de la salvación hicieron lo único que podían hacer:

    no soltaron.

    Eva, madre de Caín, Abel y Set — cargó el peso más difícil que puede cargar una madre: ser el origen de todo, incluído el error. Y sin embargo, su nombre significa vida. Porque Dios no llama a las cosas por lo que fallaron sino por lo que están llamadas a ser. El pecado no tuvo la última palabra sobre ella. La última palabra fue su nombre: madre de todos los vivientes.

    Sara, madre de Isaac — esperó lo imposible. Tenía el cuerpo cansado y la promesa intacta. Y cuando Dios cumplió lo que parecía una burla, ella rió — no de incredulidad sino de asombro. Hay una fe que no grita. Que simplemente espera. Y esa espera silenciosa sostiene generaciones enteras.

    Agar, madre de Ismael — una extranjera, una descartada, una sin nombre en boca de quienes la usaban. Y fue precisamente ella, desde el desierto, desde la expulsión, desde el dolor más desnudo, la única en toda la Escritura que se atrevió a ponerle nombre a Dios: El Roi — el Dios que me ve. Lo que nos dice que Dios no se deja encontrar solo en los templos y en los altares. Se deja encontrar también en el desierto de los que nadie mira.

    Rebeca, madre de Jacob y Esaú — consultó a Dios antes de actuar, cuando sentía que dos mundos luchaban dentro de ella — y los dos mundos eran sus hijos.

    Raquel, madre de José y Benjamín — esperó con dolor y persistencia hasta que el amor se volvió fecundo.

    Lea, madre de Judá y Leví — la menos amada, bendecida en silencio por el único que nunca mide el amor con los ojos de los hombres.

    Miriam, hermana y custodia de Moisés y Aarón — tomó el pandero y cantó la liberación cuando todos todavía estaban temblando a la orilla del mar. Fue la primera voz femenina que celebró la libertad de un pueblo entero.

    Débora, madre de Israel — se levántó cuando nadie más se levantaba. Ella misma lo dijo con una sencillez que estremece:

    Mе levanté como madre en Israel.” No como generala. No como jueza. Como madre. Porque hay una maternidad que no es biológica sino histórica — la de quien sostiene a un pueblo cuando el pueblo ha olvidado que puede sostenerse.

    Noemí, madre adoptiva de Rut — acompañó en la desolación sin tener nada que dar excepto su presencia. Y esa presencia fue suficiente para que Rut, su nuera moabita, cruzara todas las fronteras — de raza, de religión, de pueblo — por amor a ella: “Donde tú vayas, yo iré. Tu pueblo será mi pueblo. Tu Dios será mi Dios.” El hesed — ese amor fiel que no calcula — es la raíz más profunda del bien común.

    Ana, madre de Samuel — oró lo imposible, recibió al hijo, y lo entregó. Ese gesto de dar a Dios lo que más se ama es quizás la forma más radical de maternidad que existe.

    Ester — dijo “si perezco, que perezca” y entró donde no debía entrar para salvar a quienes nadie más iba a salvar.

    Judit — hizo lo mismo desde la debilidad, y el Señor venció por mano de mujer.

    Elisabet, madre de Juan el Bautista — fue la primera en reconocer, antes que nadie, que algo radicalmente nuevo había entrado al mundo.

    ¿De dónde a mí que la madre de mi Señor venga a mí?” La humildad profética que reconoce lo sagrado donde otros no lo ven todavía.

    II. La cumbre — María

    Y todas estas mujeres, con sus virtudes y sus heridas, con su fe y su perseverancia, con su coraje y su ternura, convergen en una sola. En la que las recapitula a todas. En

    María. María tiene la fe de Sara. El dolor de Raquel. El coraje de Débora. La fidelidad de Rut. La oblación de Ana. La intercesión de Ester. Y más — infinitamente más: el fiat que hace posible que Dios entre en la historia.

    He aquí la sierva del Señor. Hágase conmigo conforme a tu palabra.”

    Esa frase no duró un momento. Duró toda una vida. Duró hasta el pie de la Cruz, donde recibió al discípulo amado como hijo — y con él, a toda la humanidad.

    Mujer, ahí tienes a tu hijo. Ahí tienes a tu madre.”

    En ese momento, la maternidad de María se volvió universal. Ya no es solo madre de Jesús. Es madre de todos los que viven en Él.

    III. Las madres que siguieron

    Pero la historia no termina en el Calvario. Termina — si es que termina — hoy. Aquí. En esta Misa.

    Porque después de María vinieron otras. Muchas otras.

    María Salomé, madre de Santiago y Juan — fue al sepulcro cuando todos habían huido, y recibió el primer anuncio de la resurrección. Su amor comenzó siendo ambicioso — quería los primeros puestos para sus hijos — y terminó siendo puro, al pie de la Cruz, sin pedir nada.

    María de Cleofás — simplemente estuvo. Sin discursos. Sin gestos heroicos. Estuvo. Y a veces la presencia silenciosa es el acto de amor más difícil de todos.

    En el siglo III, en Cartago, dos jóvenes madres fueron arrestadas.

    Perpetua — amamantaba a su hijo en prisión.

    Felicidad — dio a luz días antes de morir. Las dos eligieron lo mismo: ser fieles. Y su mayor acto de amor materno no fue proteger a sus hijos del peligro — fue darles el ejemplo de morir con dignidad. Porque hay cosas que una madre puede transmitir que van más allá de la leche y el techo y el abrazo.

    Helena, madre del emperador Constantino — convirtió su posición privilegiada no en palacio sino en peregrinación. Fue a Tierra Santa siendo anciana, lavó los pies de los pobres y construyó iglesias donde otros construirían monumentos a sí mismos.

    Mónica, madre de Agustín de Hipona — siguió a su hijo durante décadas sin que él la quisiera cerca. Lloró tanto que un obispo le dijo:

    es imposible que se pierda el hijo de tantas lágrimas.” Esas lágrimas no eran debilidad. Eran oración en estado puro. Y esa oración alcanzó a un hombre que huía — y lo devolvió a Dios, y con él, a todos los que siguen leyendo las Confesiones veinte siglos después.

    Emelia de Cesarea, madre de Basilio el Grande, Gregorio de Nisa, Macrina la Menor y Pedro de Sebaste — cuatro hijos, cuatro santos canonizados. Les enseñó las Escrituras como quien enseña a respirar — como algo necesario para vivir, no como una obligación.

    Margarita de Escocia, madre de David I de Escocia — gobernó un reino y eligió lavar las heridas de los pobres.

    Isabel de Hungría, madre de tres hijos — abandonó el palacio para fundar un hospital. A las dos las llamaron santas — pero ellas simplemente hicieron lo que les pareció obvio cuando miraron el Evangelio con ojos de madre.

    Brígida de Suecia, madre de Catalina de Suecia — tuvo ocho hijos, enviudó, y entonces su vida interior — que ya era profunda — se volvió río. Profetizó a papas y a reyes desde la experiencia de quien ha parido, ha enterrado, ha amado y ha perdido.

    Zélie Martin, madre de Teresa de Lisieux — trabajó toda su vida con hilo y aguja, tuvo nueve hijos, enfermdó de cáncer, y murió cuando la menor tenía cuatro años. No vio crecer a Teresita. No supo que sería Doctora de la Iglesia. Sembró sin ver la cosecha. Y eso — sembrar sin ver la cosecha — es quizás la forma más pura de fe que existe.

    Gianna Beretta Molla, madre de Gianna Emanuela — enfrentó la elección más cruel que puede enfrentar una madre: su vida o la de su hija por nacer. Y dijo, sin dramatismo, como quien cumple lo que siempre supo que era:

    salven al bebé.” Murió una semana después de dar a luz. Su hija Gianna Emanuela está viva hoy.

    IV. La madre que nadie nombra

    Y hay una más. Una que no tiene nombre en los libros de hagiografía. Que no fue canonizada ni beatificada. Que no aparece en ningún martirologio.

    Es la madre anónima. La que aparece en los evangelios sin que nadie le pregunte su nombre: la viuda de Naín que llora a su hijo único. La mujer sirofenícia que no acepta un no por respuesta cuando se trata de su hija. La que pierde una moneda y barre toda la casa hasta encontrarla.

    Es la madre indígena que transmitió la fe en guaraní cuando no había templos. Es la madre migrante que cruza fronteras con un hijo en brazos. Es la madre que hoy está en esta Misa, con un hijo que no sabe que ella está rezando por él.

    ¿Puede una madre olvidarse de su criatura, no compadecerse del hijo de sus entrañas? Pues aunque ella se olvidara, yo no te olvidaré.” — Is 49,15

    Dios habla de sí mismo comparándose con una madre. Porque hay algo en la maternidad que revela a Dios de una manera que ninguna otra imagen alcanza: la capacidad de amar lo que todavía no puede corresponder. De dar sin calcular. De sostener sin pedir que le agradezcan.

    V. La Iglesia Madre

    Y al final de este largo recorrido — desde Eva hasta hoy, desde el Génesis hasta esta mañana — aparece Ella. La última y la más grande de todas las madres de la historia de la salvación.

    No tiene fecha de nacimiento en el calendario. Nació en Pentecostés, cuando el Espíritu descendió sobre los que habían permanecido juntos — y entre ellos estaba María.

    Es la Iglesia. Madre. No metáfora. Madre real.

    La Jerusalén de arriba es libre, y ésa es nuestra madre.” — Gal 4,26

    La Iglesia no es un edificio. No es una institución. Es una madre que engendra en el bautismo, que alimenta en la Eucaristía, que acompaña en la enfermedad, que espera en la muerte, y que sigue diciendo lo que siempre ha dicho, desde el primer día hasta hoy:

    Ven. Hay lugar para ti. No importa de dónde vienes. No importa lo que hiciste. No importa si volviste tarde. Hay lugar.”

    El Espíritu y la Esposa dicen: ¡Ven!” — Ap 22,17

    Conclusión

    Hoy, en esta Misa, hay madres presentes. Algunas con sus hijos al lado. Algunas con sus hijos lejos. Algunas con hijos que regresan y otras con hijos que todavía no regresan. Algunas que están aquí sin que sus hijos sepan que están rezando por ellos.

    A todas ellas — y a todos los que hoy recuerdan a una madre — la Iglesia les dice lo que siempre ha dicho, desde que el ángel le habló a la primera madre en la historia de la salvación:

    No temas. Lo que llevas adentro tiene nombre. Y ese nombre es vida.

    ¿Qué tienen en común Eva y María, Débora y Mónica, Ana y Gianna, la viuda de Naín y la madre que hoy está en esta banca? Una sola cosa: en el momento en que el mundo les pidió soltar, no soltaron.

    Y en ese no soltar — que no es terquedad sino amor — sostuvieron algo que va mucho más allá de sus familias. Sostuvieron la historia. Sostuvieron la transmisión de la fe. Sostuvieron, sin saberlo, a personas que todavía no habían nacido.

    Así es como Dios trabaja. Así es como la salvación llega al mundo.

    A través de una madre que no suelta.

    Como aquel a quien consuela su madre, así os consolaré yo, dice el Señor.” — Is 66,13

    + Francisco Javier Pistilli Scorzara, P. Sch.

    Obispo de la Diócesis de la Santísima Encarnación

    Encarnación, 15 de mayo de 2026

  • 215° Aniversario de la Independencia del Paraguay

    Día de la Madre Paraguaya

    Encarnación, 15 de mayo de 2026

    APERTURA

    Solemos pensar que el amor a la Patria pasa de una generación a otra como se pasa una antorcha —igual de encendida, igual de caliente, igual de luminosa. Que los hijos deben amar a Paraguay exactamente como lo amaron sus padres. Con las mismas palabras, los mismos gestos, las mismas emociones.

    Y entonces nos sorprendemos —o nos preocupamos— cuando los jóvenes no aman igual.

    Pero Jesús nos advirtió algo que aplicamos poco a la vida de los pueblos: el vino nuevo no cabe en odres viejos. No porque el vino viejo sea malo —tiene su nobleza, su profundidad, su historia. No porque el vino nuevo sea mejor —tiene su fuerza, pero también su fragilidad. El problema no es el vino. Lo que revienta es el odre equivocado.

    El corazón de un joven paraguayo de hoy no es el mismo corazón que el de su abuelo. Tiene otra forma, otra elasticidad, otros miedos, otras pasiones. Y sin embargo, puede amar a esta tierra con una intensidad que sus mayores no imaginan —si le damos espacio para amar a su manera.

    Una misma Patria. Amada de maneras diferentes.

    No es traición. Es fidelidad viva. Es el milagro del vino que sigue siendo vino —aunque el odre haya cambiado.

    I. ¿QUÉ VALORES ATESORAR?

    Entonces, ¿qué pasa de generación en generación? ¿Qué es ese vino que ningún odre debe perder, sea viejo o nuevo?

    Hay cosas que no cambian con el tiempo. No porque sean rígidas —sino porque son raíces. Y las raíces no se ven, pero sostienen.

    El Paraguay que llegó hasta aquí lo hizo cargando algunas convicciones que no nacieron en ningún libro ni en ningún decreto. Nacieron en la casa. En la cocina. En el campo. En la oración silenciosa de una madre antes de que amaneciera.

    La fe. No como institución solamente —sino como manera de pararse frente a la vida. La certeza honda de que no estamos solos. Que hay un Dios que camina con su pueblo, que conoce su nombre, que no abandona. Esa fe atravesó guerras, epidemias, dictaduras, sequías. Y siguió de pie. No porque fuera fácil —sino porque era verdadera.

    La solidaridad. El jopói guaraní —la mano abierta que da y recibe sin llevar la cuenta. El vecino que aparece sin que lo llamen. La comunidad que se hace cargo de lo que ninguna institución resuelve. Eso no es folklore —es teología vivida. Es el Evangelio antes de que llegue el catecismo.

    El amor a esta tierra. No el amor abstracto de los discursos —sino el amor concreto al río, al monte, al barro, al calor, al idioma que suena distinto y dice más. El guaraní no es solo lengua —es una manera de sentir el mundo que ninguna traducción captura del todo.

    Y la familia. Primera escuela, primer refugio, primer laboratorio de humanidad. Donde se aprende a ceder, a perdonar, a esperar, a volver. Donde el bien común no es un concepto —es el desayuno compartido, el enfermo acompañado, el viejo respetado.

    Ese es el vino que no se tira. Ese es el vino que las nuevas generaciones necesitan beber —no para quedarse quietas en él, sino para tener desde dónde moverse.

    Porque nadie construye el futuro desde la nada. Solo se construye desde algún lugar. Y ese lugar, para nosotros, tiene nombre y tiene historia.

    II. ¿QUÉ VALORES DESARROLLAR?

    Pero beber del pasado no es quedarse en él.

    El vino que se recibe fermenta. Eso es lo propio del vino vivo —no se congela, no se archiva, no se exhibe en una vitrina. Fermenta. Presiona. Busca espacio. Y si el odre no tiene elasticidad suficiente, revienta.

    Los jóvenes paraguayos de hoy no son una amenaza para los valores que recibieron. Son su fermentación natural. Y esa fermentación está produciendo algo que necesitamos aprender a reconocer —y a valorar.

    Una nueva manera de entender la solidaridad. El jopói guaraní siempre fue presencial —el vecino, el barrio, la comunidad visible. Los jóvenes de hoy están descubriendo que la mano abierta puede extenderse más allá del barrio, más allá de la frontera, más allá de lo que los ojos ven. La solidaridad en red no reemplaza a la solidaridad cara a cara —la multiplica. Cuando funciona bien, es el mismo vino en un odre más grande.

    Una nueva sensibilidad hacia la vida. Esta generación creció viendo lo que las anteriores prefirieron no ver —la tierra que se agota, el río que retrocede, el monte que desaparece. Y no lo viven como dato estadístico sino como herida personal. Esa sensibilidad ecológica no es moda —es una forma nueva de amar la tierra que sus abuelos amaron de otra manera. El mismo amor. Otro odre.

    Una nueva exigencia de verdad. Los jóvenes de hoy tienen poca tolerancia a la doble vida, al discurso que no coincide con la conducta, a la institución que predica lo que no practica. Eso a veces incomoda. Pero es una gracia —aunque duela. Es el Evangelio reclamando coherencia desde adentro de la cultura.

    Una nueva forma de engendrar vida. Tener hijos, en este tiempo, es un acto de audacia. Es apostar por el futuro cuando el futuro no está garantizado. Es decir que vale la pena —que este mundo, con todo lo que tiene de roto, merece ser habitado por alguien más. Los jóvenes paraguayos que eligen ser padres y madres están haciendo una declaración teológica sin saberlo: creen en la vida más que en el miedo.

    Y esa misma lógica —dar vida, compartirla, entregarla— se derrama sobre todo lo que hacen. El maestro que apasiona. El líder que acompaña. El amigo que sostiene cuando nadie mira. El voluntario que aparece sin que lo llamen. Son la misma cosa: gente apasionada de compartir la vida, no de consumirla.

    Una nueva manera de hacer patria. No desde el bronce de las estatuas sino desde la calle, desde la red, desde el arte, desde el deporte, desde el emprendimiento, desde el servicio. Patria no como herencia pasiva que se custodia —sino como proyecto activo que se construye todos los días, con las manos y con el corazón.

    III. NUEVOS MAPAS, NUEVAS MADRES

    Diseñar nuevos mapas. León XIV usó esa imagen para hablar de educación. Pero hoy, en esta fiesta de la Patria y de las madres, la imagen nos alcanza más lejos.

    Un mapa no inventa el territorio. Lo lee. Lo interpreta. Lo hace navegable. Un buen mapa no borra los ríos que siempre estuvieron —los nombra mejor, traza rutas que antes no se veían, abre caminos donde antes solo había monte cerrado.

    El Paraguay necesita nuevos mapas.

    Necesitamos nuevos mapas para las instituciones. Estructuras que sirvan a las personas y no al revés. Que sean elásticas sin ser frágiles. Que puedan contener la energía de una generación nueva sin asfixiarla con procedimientos que nacieron para otro tiempo. Una institución que no puede cambiar no es sólida —es rígida. Y lo rígido, cuando llega la presión, no dobla. Quiebra.

    Necesitamos nuevos mapas para la política. No como carrera de poder sino como vocación de bien común. Dirigentes capaces de acompañar sin controlar, de decidir sin imponer, de escuchar antes de hablar. La política que solo administra el presente sin imaginar el futuro no es gobierno —es mantenimiento. Y un país de doscientos quince años no puede conformarse con el mantenimiento.

    Necesitamos nuevos mapas para la economía. Una economía que incluya al último, que no concentre en pocas manos lo que es fruto del esfuerzo de todos. Que vea en el joven emprendedor no una amenaza sino una promesa. Que entienda que invertir en educación, en salud, en cultura no es gasto —es siembra.

    Necesitamos nuevos mapas para el ecosistema social. Barrios que sean comunidad, no solo vecindad. Redes digitales que conecten personas, no solo opiniones. Una cultura del cuidado que se oponga a la cultura del descarte —que cuide al anciano, al niño, al enfermo, al que no produce, al que no rinde, al que simplemente es.

    Pero hay algo que ningún mapa institucional puede hacer solo.

    Los mapas los dibujan personas. Y las personas se forman en un lugar antes que en cualquier otro: la familia. Y en la familia, hay una figura que en Paraguay tiene un peso que las palabras apenas alcanzan.

    La madre paraguaya.

    No la madre del bronce y del discurso —la madre real. La que se levanta antes que todos. La que sabe cuándo su hijo miente y cuándo su hijo tiene miedo, y distingue una cosa de la otra. La que guarda la fe cuando la fe de todos los demás se tambalea. La que atesora el vino viejo —la memoria, la identidad, el idioma, la oración— y al mismo tiempo, tiene la elasticidad suficiente para no asfixiar el vino nuevo que fermenta en sus hijos.

    Ella es, al mismo tiempo, odre viejo y odre nuevo.

    Odre viejo —en el mejor sentido: curtida por la experiencia, capaz de contener lo que otros derraman, con la profundidad que solo da el tiempo vivido y el dolor asumido.

    Odre nuevo —porque cada hijo que engendra la renueva. Porque cada generación que acompaña le exige una elasticidad que no tenía antes. Porque la madre que acompaña a un hijo de este tiempo tiene que aprender a amar de maneras que su propia madre no conoció —y lo hace, sin manual, sin garantías, con el mismo amor de siempre en un corazón que se dilata.

    Y no solo la madre biológica. Toda mujer que engendra vida —la maestra, la catequista, la vecina, la abuela, la hermana mayor— lleva en sí esa misma capacidad: atesorar sin acumular, transmitir sin imponer, soltar sin abandonar.

    Hoy les decimos gracias. No con la gratitud cómoda del que reconoce desde lejos. Sino con la gratitud del que sabe que sin ellas, el vino se hubiera derramado hace mucho.

    Y hay algo más que los hijos le hacen a sus padres —algo que ningún manual de paternidad anticipa.

    Los rejuvenecen.

    El padre que ama de verdad a su hijo no solo le transmite el vino de su generación —él mismo se renueva en ese amor. Su corazón, curtido por los años, por las decepciones, por el peso de lo que no salió como esperaba, de pronto descubre que tiene una elasticidad que creía perdida. Que puede sorprenderse. Que puede aprender. Que puede amar de una manera que no conocía antes.

    El vino viejo sigue siendo vino viejo —con toda su nobleza, con todo su sedimento. Pero el odre que lo contiene se hace nuevo. Lo ensancha el amor a ese hijo. Lo ensancha el amor a esa madre que dio a luz.

    Porque la madre también renueva al padre. Le recuerda que la vida no se administra —se engendra. Que el futuro no se controla —se acompaña. Que el amor verdadero siempre tiene algo de odre nuevo: capaz de contener más de lo que creía posible.

    IV. CIERRE

    Doscientos quince años no son poca cosa.

    Son muchas generaciones que se levantaron sin saber lo que venía, que cargaron lo que no eligieron cargar, que amaron a este país de la única manera que podían —con el corazón que tenían, en el tiempo que les tocó.

    Y aquí estamos. Con ese vino adentro. Con esa historia en la sangre.

    Pero no estamos aquí solo para recordar. Estamos aquí para preguntarnos, con honestidad y con esperanza, qué clase de odres somos. Si tenemos la elasticidad que este momento exige. Si somos capaces de contener el vino nuevo que fermenta en nuestros jóvenes sin que nos reviente el corazón de miedo.

    Nehemías le dijo a su pueblo, frente a las murallas en ruinas: vengan, reconstruyamos. No dijo: lamentémonos. No dijo: recordemos cómo era antes. Dijo: cada uno en su tramo. Cada uno con sus manos. Hoy.

    Eso mismo nos toca a nosotros.

    A los que gobiernan —diseñar instituciones con la elasticidad suficiente para contener un país que crece y cambia. A los que educan —ser, como nos pidió León XIV, no refugios nostálgicos sino laboratorios de discernimiento, innovación y testimonio profético. A los padres y las madres —dejarse renovar por los hijos que engendraron, ensanchar el corazón hasta donde el amor lo pida. A los jóvenes —no tener miedo de su propio vino. De su fuerza, de su fermentación, de su manera nueva de amar esta tierra.

    Y a todos —aprender de nuevo lo que significa compartir la vida. No administrarla. No acumularla. Compartirla.

    Porque al final, eso es lo que Dios reveló en Jesús.

    Dios es odre y vino al mismo tiempo. Es el único que puede contener toda la humanidad —con su historia, sus heridas, sus glorias, sus miedos, su vino viejo y su vino nuevo— sin romperse. Y es el mismo que se derrama, que se entrega, que no se guarda. Que se hizo vino de fiesta en Caná, pan partido en el camino, sangre ofrecida en la cruz.

    Odre que no revienta. Vino que no se acaba.

    Ese es el misterio que celebramos. Y desde ese misterio miramos hoy a nuestra Patria, a nuestras madres, a nuestros jóvenes —con la certeza de que si Dios cabe en un odre humano, también cabe en nosotros. También cabe en este país. También cabe en este tiempo.

    + Francisco Javier Pistilli Scorzara, P. Sch.

    Obispo

    Encarnación, 15 de mayo de 2026

  • Mensaje del Obispo diocesano

    LECTURA BÍBLICA ✦

    Juan 20, 19-21

    Al anochecer de ese mismo día, el primero de la semana, estando cerradas las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos por miedo, llegó Jesús, se puso en medio de ellos y les dijo: «La paz esté con ustedes.» Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús les dijo otra vez: «La paz esté con ustedes. Como el Padre me envió, yo también los envío a ustedes.»

    Palabra de Dios.

    MENSAJE ✦

    La paz esté con ustedes.

    Con estas palabras, el Resucitado no ofrece un deseo amable. Ofrece una realidad que él mismo trae consigo, ganada a través de la cruz. Una paz que tiene marcas: las heridas en las manos y en el costado. Una paz que no ignora el dolor, sino que lo atraviesa y lo transforma.

    Hoy, al conmemorar el nacimiento de nuestra patria y al honrar a nuestras madres, recibimos ese mismo saludo. Y como aquellos discípulos encerrados por el miedo, estamos invitados a abrir las puertas.

    Paraguay cumple 215 años de vida independiente. Es tiempo de gratitud, sí. Pero también de lucidez. Los obispos paraguayos, en la Carta del Bien Común, nos recuerdan que la patria no se hereda pasivamente: se construye cada día en la justicia, en la solidaridad, en la honestidad de quienes tienen responsabilidades públicas y en la dignidad de quienes trabajan, crían hijos y sostienen la vida cotidiana. El bien común no es una abstracción. Es el pan en la mesa, la educación que abre futuros, la salud que protege a los más frágiles, la institucionalidad que hace posible la convivencia.

    El Papa León XIV, desde el inicio de su pontificado, nos llama a diseñar nuevos mapas de esperanza. No mapas que copien los trazados del miedo o del poder acumulado, sino mapas trazados desde las periferias, desde los que cargan con lo que otros no quieren cargar. Hay una figura evangélica que nos ilumina este año como Iglesia diocesana: el Cireneo. Simón de Cirene no eligió cargar la cruz. Lo sacaron del camino, lo pusieron ahí. Y sin embargo, ese gesto —cargar el peso de otro— lo inscribió para siempre en el corazón del Evangelio. En este año celebramos también los 800 años de Francisco de Asís, que nos convoca a esa lógica diferente del hombro puesto: la del que no huye del momento difícil, sino que lo asume como lugar de encuentro con el Señor, que lleva paz, perdón, reconciliación, servicio, presencia, amistad, solidaridad donde se necesita.

    Esa es la responsabilidad del momento presente: no como carga que aplasta, sino como fundamento de la esperanza. El Paraguay que queremos no vendrá de las alturas del poder ni de las ilusiones del escapismo. Vendrá de los que se quedan, de los que trabajan, de los que educan, de los que sirven, de los que —como tantas madres— sostienen la vida sin pedir reconocimiento.

    Que el Señor Resucitado, que trae la paz con las marcas de su entrega, nos fortalezca en ese camino.

    ORACIÓN ✦

    Señor Jesús, Resucitado y vivo,

    te presentamos esta mañana a nuestra patria, Paraguay.

    Gracias por los hombres y mujeres que dieron su vida para que pudiéramos ser un pueblo libre.

    Bendice a quienes hoy tienen en sus manos la responsabilidad de gobernar, de legislar, de administrar justicia: que el bien común sea siempre su norte.

    Bendice a las fuerzas que cuidan el orden y la paz, a las instituciones educativas que forman las nuevas generaciones, a todos los servidores públicos que trabajan con honestidad.

    Hoy, especialmente, te pedimos por nuestras madres.

    Por las que crían con amor y con poco.

    Por las que lloran en silencio la ausencia de un hijo.

    Por las que ya no están, pero cuya ternura nos sigue sosteniendo.

    Por las madres jóvenes que cargan una vida nueva con valentía.

    Dales fortaleza, consuelo y la certeza de que su amor no se pierde: toca la eternidad.

    Que la paz que tú traes —la paz que tiene marcas y que transforma— sea el horizonte de nuestro Paraguay.

    Amén.

    BENDICIÓN ✦

    Inclinen sus cabezas ante el Señor.

    El Dios de la vida, que resucitó a Jesucristo de entre los muertos, bendiga a nuestra juventud: que crezcan libres, valientes y arraigados en lo verdadero.

    Bendiga a nuestras familias: que sean hogares donde se aprende a amar, a perdonar y a esperar.

    Bendiga a esta patria querida, Paraguay: que seamos un pueblo capaz de cargar juntos lo que ninguno puede cargar solo.

    Y la bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo ✝ y Espíritu Santo, descienda sobre ustedes y permanezca para siempre.

    Amén.

    Encarnación, 15 de mayo de 2026.

    + Francisco Javier Pistilli Scorzara, P. Sch.

    Obispo de la Diócesis de la Santísima Encarnación

  • Al término de la Bienal Católica 2026
    Diócesis de la Santísima Encarnación

    Encarnación, 8 de mayo de 2026

    Queridas familias, hermanas y hermanos:

    Al término de la Bienal Católica 2026, les escribo con una imagen que no me abandona.

    No fue la puerta de un programa, ni de un evento en el calendario. Fue la puerta que Jesús mismo nombra en el Evangelio del Buen Pastor: «Yo soy la puerta. El que entre por mí se salvará; entrará y saldrá y encontrará pastizales.» Esa es la puerta que la Iglesia de Itapúa intentó cruzar durante la Bienal, de los cuatro rincones de la diócesis al mismo tiempo, con una sola voz.

    Y esa voz dijo cinco cosas.

    En la era digital, dijo: la persona vale más que el algoritmo. Evangelizar en las redes no es tener presencia en ellas: es ser humanamente presente en un mundo en red.

    En la vulnerabilidad y las crisis sociales, dijo: el que sufre no está solo. La Carpa de la Escucha extendida en todas las sedes fue la Iglesia con la oreja pegada al suelo: escuchando lo que duele antes de hablar de lo que sana.

    En la salud integral, dijo: el cuerpo también es sagrado. La Iglesia que cuida el cuerpo anuncia que la Encarnación no fue metáfora.

    En la familia, dijo: lo cotidiano es el lugar de Dios. El hogar no es la retaguardia de la misión: es su primer territorio.

    En la casa común y la economía solidaria, dijo: hay una lógica distinta a la del mercado, y vale la pena ensayarla. La Bienal la ensayó.

    Todo comenzó con una imagen que atravesó los cinco días: Simón de Cirene.

    Simón no eligió cargar la cruz. Volvía del campo, y lo requirieron en el camino. Pero la cargó. Y la tradición cuenta que después ya no pudo soltarla. Así les sucede a los que ponen el hombro en serio: algo de esa cruz se les queda adherido, y ya no quieren deshacerse de ella.

    La vocación cirenea no es un ideal lejano. La vimos en gestos concretos: en los voluntarios de la Universidad Católica que dibujaron trazados para que los niños los pintaran con tiza de colores; en las psicólogas que escucharon a adolescentes en las carpas; en los técnicos y productores que compartieron experiencias de agroecología; en los coros parroquiales que convirtieron la alabanza en oración comunitaria; en los que montaron sillas, transmitieron en vivo, coordinaron traslados y nunca aparecieron en los carteles.

    A todos ellos: gracias. Pusieron el hombro. La cruz avanzó.

    Recibimos también, en esos días, la presencia de San Francisco de Asís.

    No un recuerdo ni un símbolo: la reliquia ex cineribus corporis —fragmento de su cuerpo— recorrió nuestras treinta y ocho parroquias, los cuatro decanatos. El cuerpo que abrazó al leproso, que durmió en el suelo de la Porciúncula, que subió descalzo al monte de La Verna, pasó por nuestras comunidades. Y dejó una pregunta que no se responde con palabras:

    ¿Reconoces la voz? ¿La oyes donde menos la esperas: en el que está al margen, en el que te incomoda, en el que huele distinto? ¿O solo la reconoces cuando suena como ya la conoces?

    Francisco no nos pide que seamos pobres en abstracto. Nos pregunta algo más difícil: ¿tienes el coraje de cruzar el umbral? El de lo que te cuesta soltar. Para cada persona es distinto. Para una Iglesia también. Pero ese umbral tiene un nombre que Francisco conocía bien. Se llama esperanza.

    No la esperanza como optimismo. No la esperanza como evasión. La esperanza como convicción de que del otro lado del umbral hay algo real: que el leproso puede ser abrazado, que la Iglesia puede ser reparada, que el mundo puede recibir la vida en abundancia que Cristo vino a traer.

    La Bienal dejó también frutos que permanecen.

    La Red de Colegios Católicos de Itapúa —RECCI— quedó formalmente constituida, con la convicción de que nadie educa solo. El Centro de Gestión del Conocimiento, creado junto a la Universidad Católica Campus Itapúa, se propone producir conocimiento local y aplicado al servicio de la pastoral, la educación y el desarrollo social. El observatorio «Voces del Sur» comenzará a escuchar, con rigor metodológico, a los jóvenes de las treinta y ocho parroquias del departamento.

    Junto a la Universidad Católica, hemos confirmado una forma de presencia que quiero seguir profundizando: la Iglesia como termómetro que diagnostica la realidad, como faro que orienta desde la verdad, y como motor que impulsa transformaciones concretas. Fe y ciencia, pastoral y academia, no como aliados ocasionales sino como compañeros de misión.

    La Bienal no clausuró. Salió.

    Por la misma puerta por la que entró un niño llevando unas sandalias. Hacia el barrio, la familia, la escuela, el hospital, la chacra, la orilla del río, la plaza. Hacia los lugares donde la esperanza está esperando que alguien la abra.

    Les pido que no guarden para sí lo que cosecharon en esos días. Que abran las manos cerradas, los muros que separan, los ojos cansados de mirar. Que sean Iglesia en salida: no la que espera que el mundo llame a su puerta, sino la que abre la puerta y camina hacia el mundo.

    Hace ochocientos años, Francisco de Asís escuchó una voz en San Damián: «Ve y reconstruye mi casa, que se está cayendo.» No destruyó. No huyó. Tomó piedras, una por una, y reconstruyó. Con sus manos. En el lugar donde estaba.

    Ese es también nuestro gesto: piedra a piedra, familia a familia, comunidad a comunidad.

    Publicamos este mensaje en la fiesta de Nuestra Señora del Rosario de Pompeya. No es nuestra patrona diocesana, pero su presencia hoy no es casual: ella es la Señora que tomó una causa perdida —una devoción olvidada, una capilla en ruinas, un laico sin recursos— y la transformó en una de las obras de misericordia más fecundas del siglo XIX. Bartolo Longo llegó a Pompeya sin nada. Ella hizo el resto.

    Es exactamente lo que la Bienal intentó decir: la esperanza no nace de nuestros recursos, sino de nuestra disponibilidad. La Virgen de Pompeya nos recuerda que quien pone el hombro —aunque sea con las manos vacías— no trabaja solo.

    Que ella, que sabe de umbrales cruzados y de casas reconstruidas, acompañe a nuestra diócesis en el camino que la Bienal comenzó.

    Familia: ¡abramos las puertas a la esperanza!

    Con afecto pastoral,

    + Francisco Javier Pistilli Scorzara, P. Sch.

    Obispo de la Santísima Encarnación

    Gran Canciller de la Universidad Católica «Nuestra Señora de la Asunción»

    Encarnación, 8 de mayo de 2026

  • Las evidencias del amor

    O: lo que la ciencia no puede —ni necesita— demostrar

    I. Los límites del laboratorio

    Imaginemos que alguien llega a Emaús, ese mismo domingo, con un cuaderno de notas y una metodología experimental. Quiere verificar si el sepulcro está vacío. Va, comprueba, toma datos. Hasta allí, el método funciona: puede certificar una ausencia. Pero lo que ocurrió después —que ese cuerpo ausente comía pescado asado a orillas del lago, que cerraba puertas sin abrirlas, que decía «la paz esté con ustedes»— eso no lo puede replicar en ningún laboratorio del mundo.

    No porque la ciencia sea débil. Sino porque la resurrección, si ocurrió, es por definición un evento irrepetible. Y la ciencia, que es una forma admirable de conocer el mundo, trabaja precisamente con lo replicable: lo que se puede reproducir en condiciones controladas, lo que otros pueden verificar bajo los mismos parámetros. Un fenómeno que ocurre una sola vez, en un solo cuerpo, en un solo momento de la historia, queda fuera de su alcance metodológico. No porque no haya ocurrido. Sino porque su modo de ocurrir no es el del experimento.

    Pero seamos honestos: la vida está llena de realidades que tampoco caben en un tubo de ensayo.

    ¿Ama un padre a sus hijos? No hay electroencefalograma que lo certifique. Hay gestos, sacrificios, presencias y ausencias que lo señalan —pero el amor mismo, ese hecho interior que sostiene todo lo demás, escapa al bisturí y al microscopio.

    ¿Por qué sigue esperando una madre que su hijo cambie? Ningún modelo estadístico explica esa esperanza. La probabilidad, a veces, es objetivamente cero. Y ella espera.

    ¿Qué sostiene a quien vio morir a sus seres queridos en la guerra? La ciencia puede describir el trauma. No puede explicar por qué algunos salen de él con una serena dignidad que sobrepasa cualquier cálculo humano.

    Y para terminar con una pregunta menos lírica: ¿pueden corroborarse científicamente las afirmaciones de los políticos? Lo pregunto en serio. Ellos prometen transformaciones, prosperidad, justicia. ¿Cómo se verifica eso? Solo hay una manera: esperar y ver qué hacen sus vidas —las de ellos y las de quienes los siguen. El tiempo, y solamente el tiempo, entrega el veredicto.

    Lo que quiero decir es sencillo: hay una forma de conocer la realidad que no pasa por el laboratorio. Pasa por el testimonio. Pasa por la vida transformada. Pasa por lo que los griegos llamaban el martyrion: el testimonio dado con la propia existencia. Y es exactamente eso lo que las lecturas de hoy nos presentan.

    * * *

    II. El camino de Emaús: cómo se conoce lo que no se puede demostrar

    Los dos discípulos del camino de Emaús tienen, cuando encuentran al Desconocido, todos los hechos en la mano. Saben que el sepulcro está vacío —lo comprobaron. Saben que unas mujeres dicen haber visto ángeles. Saben que algunos de los suyos también fueron y no lo encontraron. Tienen datos. Y sin embargo van «tristes», con los ojos «impedidos para reconocerlo».

    Aquí está el corazón del problema: tener los hechos no es suficiente para ver lo que los hechos significan. Los datos no se interpretan solos. Necesitan un horizonte desde donde ser leídos. Y ese horizonte, para los dos de Emaús, se había derrumbado el viernes. «Nosotros esperábamos que él fuera el que iba a liberar a Israel.» El verbo está en imperfecto: esperábamos. Ya no esperamos. Todo terminó.

    Lo que hace Jesús en el camino no es presentar nuevas pruebas. No los lleva al sepulcro a mostrarles que ya no hay cuerpo. Lo que hace es interpretar: «¿No era necesario que el Mesías padeciera todo esto antes de entrar en su gloria?» Les abre las Escrituras. Les da el horizonte desde donde los hechos cobran sentido. Y algo ocurre que es anterior a cualquier argumento:

    «¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?» (Lc 24,32)

    El corazón ardiendo. No es sentimentalismo. En la antropología semítica, el corazón es el centro de la persona, el lugar de las decisiones más hondas. Que el corazón «arda» significa que algo verdadero tocó lo más propio de uno. Es una forma de conocimiento —no inferior al racional, sino distinto de él. El teólogo lo llamaría connaturalidad: conocer por resonancia interior, no solo por deducción exterior.

    Pero el reconocimiento definitivo no viene en la caminata. Viene en la mesa. En el gesto del pan partido. «Sus ojos se abrieron y lo reconocieron.» El mismo gesto de la multiplicación. El mismo gesto de la Última Cena. Un gesto que ellos habían visto hacer antes, que llevaban grabado en la memoria corporal. El Resucitado no se revela por argumentación sino por reconocimiento: algo en ellos sabe, antes de que puedan formularlo.

    Y aquí viene lo que me parece decisivo: en cuanto lo reconocen, él desaparece. No les da tiempo a examinarlo. No quedan fotos ni muestras de tejido. Lo que queda es la experiencia de haberlo encontrado —y esa experiencia los pone de pie. Literalmente: «se levantaron» y volvieron a Jerusalén, de noche, a contarlo.

    La resurrección no se demuestra. Se testifica. Y el testigo no es quien tiene la prueba externa: es quien tiene la experiencia interior transformada en vida nueva.

    * * *

    III. La vida transformada como única evidencia posible

    Pedro habla ante la multitud en el día de Pentecostés, según el libro de los Hechos. No viene con documentos. No trae peritos. Lo que trae es su propio cambio. Hace cincuenta días, este mismo hombre negó conocer a Jesús tres veces, con juramentos, frente a una muchacha en el patio del Sumo Sacerdote. Ahora está de pie, en el mismo Jerusalén donde lo crucificaron, diciéndole a la gente: «Sepan con certeza que Dios lo ha constituido Señor y Mesías.»

    ¿Qué explica ese cambio? No una teoría. No un argumento. Una experiencia: el Pedro que niega y el Pedro que proclama son, humanamente hablando, incompatibles. Entre los dos hay algo que ocurrió. Y ese algo es lo que él llama la resurrección.

    La primera carta de Pedro lo dice de otro modo, más hondo todavía:

    «Habéis sido rescatados (…) con una sangre preciosa, como de cordero sin defecto ni mancha, la de Cristo, destinado ya desde antes de la creación del mundo, y manifestado en los últimos tiempos por vosotros.» (1 Pe 1,18-20)

    «Manifestado»: la resurrección es una manifestación, una revelación de algo que ya era verdad. Y esa manifestación no es un dato que se registra desde afuera: es algo que transforma a quien la recibe. El rescate del que habla Pedro no es teórico. Es existencial. Algo cambió en la vida de ellos.

    Y aquí vuelvo a la pregunta sobre los políticos, pero ahora en serio. Cuando alguien nos promete transformación, la única evidencia que vale no son sus palabras ni sus papeles: son los frutos. ¿Qué pasa con las vidas de quienes lo siguen? ¿Qué pasa con la suya propia? Y cuando ya no es una persona sino una ideología la que promete hacer grande de nuevo a una nación, ¿cuál es la evidencia? ¿El eslogan? ¿El entusiasmo de la multitud? ¿La certeza de haber sido elegidos para esa grandeza? Eso tampoco se verifica con palabras. La corroboración científica de las promesas políticas no existe —pero la corroboración vital sí. El tiempo habla. Los hechos hablan. Las vidas transformadas —o destrozadas— hablan.

    Lo mismo aplica a la fe. No hay manera de demostrar en un laboratorio que Jesús resucitó. Pero hay una evidencia que ningún escéptico honesto puede ignorar: dos mil años de vidas transformadas. Mujeres que encontraron dignidad donde solo había humillación. Hombres que perdonaron lo imperdonable. Comunidades que sobrevivieron al martirio sin vengar nada. Enfermos que murieron en paz. Pobres que vivieron con alegría. Y —para usar la lógica del laboratorio contra sí misma— lo que comprueba la paternidad o la maternidad de un hijo no es necesariamente la prueba de ADN: es quien estuvo, quien acompañó, quien no se fue. Eso no se fabrica. Eso no se explica sin que algo real haya ocurrido en el origen.

    Los discípulos de Emaús no llegan a Jerusalén con una grabación. Llegan con una experiencia ardiente y un gesto grabado en la memoria: «lo reconocieron al partir el pan.» Eso es lo que traen. Eso es lo que cuentan. Y eso es suficiente para que los demás crean, porque también ellos, los de Jerusalén, tienen su propia experiencia: «Es verdad, el Señor resucitó y se le apareció a Simón.»

    La evidencia de la resurrección no es una prueba que cierra el debate. Es una invitación que abre una vida. No se la recibe como se recibe un resultado de laboratorio: con indiferencia técnica. Se la recibe como se recibe el amor: reconociendo que algo real tocó algo real en mí, y que nada va a volver a ser igual.

    * * *

    Que el pan partido en esta mesa sea para nosotros, también hoy, la ocasión de ese reconocimiento.

    + Francisco Javier Pistilli Scorzara, P. Sch.

    Obispo de la Santísima Encarnación

  • Escena 1: La cocina de la parroquia

    AMBIENTE: La cocina de la casa parroquial. Media tarde. Doña Margarita está lavando tazas con una eficiencia que no admite interrupciones. Bit duerme debajo de la mesa. Entran los Custodios Reguetoneros — Valentina, Mateo y Rodrigo — con los teléfonos en la mano y la energía de quien acaba de ver algo que no puede guardar.

    Valentina

    (Sin saludar, directo al grano.)

    ¡Doña Margarita, cayó el cerebro del hackeo de Itapúa! ¡Dieciocho años! ¡Estudiante de tecnología! ¡Acá, en Encarnación!

    Mateo

    (Mostrando la pantalla.)

    Operación Ícaro. Ya son diez detenidos. Movieron nueve mil millones de guaraníes. ¡Nueve mil millones!

    Rodrigo

    (Con una mezcla de asombro y admiración involuntaria.)

    Y empezó con los compañeros del colegio. Con los amigos. Imagínate la cabeza que tiene ese tipo.

    (Doña Margarita no se da vuelta. Sigue lavando. El silencio dura tres segundos exactos — los tres lo sienten.)

    Doña Margarita

    (Sin levantar la vista del fregadero.)

    ¿Y eso te parece admirable, Rodrigo?

    (Rodrigo abre la boca. La cierra. Bit abre un ojo.)

    Rodrigo

    No… admirable no. Es que… técnicamente…

    Doña Margarita

    (Seca el último plato. Se da vuelta. Los mira a los tres.)

    Empezó con sus amigos, dijiste.

    (Pausa.)

    Doña Margarita

    Eso no es cabeza. Eso es no tener corazón.

    Escena 2: Llegan Litu y Ovi

    AMBIENTE: La misma cocina. Doña Margarita ha puesto agua a calentar. Los Custodios están sentados, un poco más quietos que antes. Entran Litu y Ovi — Litu con el breviario bajo el brazo, Ovi con el teléfono en la mano y la noticia ya leída.

    Ovi

    (Entrando.)

    Doña Margarita, ¿vio lo de la Operación Ícaro?

    Doña Margarita

    (Sin mirarlo, alcanzando la yerba.)

    Me contaron. Siéntense.

    Litu

    (A Ovi, en voz baja.)

    Ya sabe todo.

    Ovi

    (También en voz baja.)

    Siempre sabe todo.

    (Se sientan. Doña Margarita sirve el tereré en la guampa compartida y la pasa a Ovi primero, como siempre. Litu espera su turno con resignación conocida.)

    Valentina

    Padre Ovi, ¿cómo puede ser que alguien tan joven haga algo así y no sienta nada?

    Ovi

    (Pensando antes de hablar.)

    No sabemos si no sintió nada. Quizás sintió mucho. El problema es lo que sintió: la adrenalina, el poder, el dinero. Pero no sintió el peso del otro.

    Litu

    (Apoya el breviario sobre la mesa.)

    Hay una frase antigua. Nadie sabe bien quién la dijo — árabe, griega, no importa. Dice: somos dueños de nuestro silencio y esclavos de nuestras palabras.

    Mateo

    (Frunciendo el ceño.)

    ¿Y eso qué tiene que ver con un hacker?

    Litu

    Todo. En el mundo digital, cada dato que sale de vos ya no es tuyo. Ese joven tomó datos de millones de personas. Palabras digitales de gente que nunca eligió hablar. Y él tampoco midió lo que estaba soltando.

    Rodrigo

    Pero Padre, él sí eligió. Planeó todo. No fue un accidente.

    Litu

    Planeó el cómo. No pesó el qué. Hay una diferencia entre deliberar técnicamente y discernir moralmente. Uno calcula. El otro siente el peso del otro como persona.

    (Doña Margarita, que ha estado escuchando de espaldas mientras acomoda cosas, se da vuelta.)

    Doña Margarita

    En mi época eso se llamaba conciencia.

    (Silencio.)

    Doña Margarita

    No es una palabra antigua. Es una palabra que se fue quedando sola.

    Escena 3: La vuelta del aforismo

    AMBIENTE: La misma cocina. La guampa ha dado dos vueltas. Bit se ha movido debajo de la silla de Doña Margarita, que es su segundo lugar favorito después de debajo de la mesa.

    Ovi

    Lo que me impacta es el mecanismo que usaban para lavar el dinero. Transferían plata robada a una cuenta al azar. Llamaban al dueño diciéndole que fue un error. Le pedían que la devolviera a otra cuenta. Y la persona, queriendo hacer lo correcto, sin saberlo se volvía cómplice.

    Valentina

    (Horrorizada.)

    Usaron la buena fe de la gente como herramienta.

    Ovi

    Exacto. Y ahí la frase de Litu se complica. Porque esa gente guardó silencio — no preguntó, confió, cooperó — y ese silencio inocente fue robado y convertido en eslabón del crimen.

    Mateo

    O sea que el silencio tampoco te salva.

    Litu

    No siempre. Hay silencios que elegimos. Y hay silencios que otros diseñan para nosotros.

    (Doña Margarita se sienta por primera vez desde que empezó la conversación. Pone las manos sobre la mesa.)

    Doña Margarita

    Cuando yo era chica, mi mamá me decía: antes de hablar, pensá si lo que vas a decir es más importante que el silencio. Y yo le pregunté una vez: ¿y si el silencio también hace daño? Me miró y me dijo: entonces rezá, porque eso ya no te lo puedo enseñar yo.

    (Nadie dice nada. Bit suspira desde debajo de la silla.)

    Rodrigo

    (En voz baja.)

    ¿Y rezó?

    Doña Margarita

    (Con una sonrisa corta.)

    Y recé. Y a veces igual me equivoqué. Pero al menos sabía que me había equivocado.

    Escena 4: La pregunta que queda

    AMBIENTE: La cocina. Están por levantarse. La luz de la tarde entra de costado.

    Valentina

    Padre Litu, ¿y ese joven va a entender algún día lo que hizo?

    Litu

    (Sin apuro.)

    No lo sé. Eso depende de si alguien lo ayuda a sentir el peso de lo que soltó. La condena le dice qué hizo. La conciencia, si despierta, le dirá a quién le hizo.

    Ovi

    Y nosotros, ¿qué hacemos con esto? Porque los chicos de dieciocho años que conocen el código mejor que nadie están en nuestras parroquias también.

    (Silencio. Los Custodios se miran.)

    Doña Margarita

    (Levantándose, recogiendo la guampa.)

    Lo que siempre hicimos. Estar. Que nos encuentren antes de que los encuentre otra cosa.

    (Se da vuelta hacia la pileta. Pausa. Sin mirarlos.)

    Doña Margarita

    Y enseñarles que el silencio también pesa. Que lo que uno no dice también es suyo. Que ser dueño de algo no significa hacer lo que uno quiere con ello.

    (Abre la canilla. El agua corre. Bit sale de debajo de la silla y se va al patio.)

    Litu

    (En voz baja, casi para sí.)

    Dueños del silencio. Esclavos del don.

    Ovi

    (Mirándolo.)

    ¿Qué dijiste?

    Litu

    (Levantándose.)

    Nada. Una frase que está tomando forma.

    (Salen. Los Custodios los siguen. La cocina queda en silencio, con el agua corriendo y la luz de la tarde sobre la mesa vacía.)

    * * *

    [FIN DEL EPISODIO 21]

  • El locutorio del Carmelo olía a madera y a silencio guardado. Una reja de madera oscura dividía el espacio en dos: de un lado, la Hermana María de la Resurrección, con su hábito color tierra y una sonrisa que no necesitaba filtros. Del otro, P. Lorenzo en su silla, Litu tieso como siempre, Ovi con la gorra al costado por respeto, y tres Custodios Reguetoneros que no sabían bien dónde poner las manos.

    Bit estaba atado afuera. En el mismo lugar de siempre.

    * * *

    La conversación había empezado bien. P. Lorenzo había pedido a la Hermana que les contara cómo había sido el salto — de los reels a la celda.

    La gente piensa que fue un drama —dijo ella, con calma—. No fue un drama. Fue que un día me di cuenta de que yo gestionaba personas. No las amaba. Las gestionaba. Las métricas me decían cuánto valía lo que decía. Y el día que publiqué algo y no llegó a las mil interacciones, lloré. Eso me asustó más que cualquier otra cosa.

    Ovi asintió despacio. Lucas miraba el suelo.

    Igual yo a veces publico y espero —murmuró Lucas, casi para sí.

    Todos esperamos —dijo Ovi—. La pregunta es qué estamos esperando.

    * * *

    Fue entonces que Manuel —al que todos llamaban Teclado porque escribía con los dos pulgares a velocidad inhumana— sacó el celular. Técnicamente los celulares no estaban permitidos en el locutorio, pero P. Lorenzo hizo como que no vio.

    Hermana, ¿vio esto?

    Le mostró la pantalla a través de la reja. Una imagen generada por inteligencia artificial: Donald Trump vestido como Cristo, imponiendo las manos sobre un enfermo. La había publicado él mismo en Truth Social.

    La Hermana la miró un segundo. No dijo nada.

    Litu fue el primero en hablar.

    Es una blasfemia. Punto. No hay mucho que analizar.

    No es tan simple —dijo Ovi.

    Litu se giró hacia él.

    ¿Cómo que no es simple? Está usando la imagen de Cristo para legitimarse políticamente. Eso tiene nombre.

    Tiene varios nombres —respondió Ovi, sin alterarse—. Pero si lo llamamos blasfemia y cerramos el análisis, nos quedamos sin entender por qué funciona. Y funciona, Litu. Millones de personas lo ven y les parece bien. Eso no se resuelve con indignación.

    ¿Y se resuelve con comprensión sociológica?

    Se resuelve entendiendo qué necesidad está tocando.

    Litu cruzó los brazos. Ovi apoyó los codos en las rodillas.

    P. Lorenzo los dejó estar.

    * * *

    La Hermana habló sin levantar la voz.

    Cuando yo era influencer, aprendí una cosa: la imagen no miente sobre lo que la gente quiere. Miente sobre lo que es. Esa imagen de Trump-Cristo le dice a mucha gente que el poder puede ser sagrado, que hay alguien que los salva, que el mundo tiene sentido porque hay un elegido. Eso no es nuevo. Es viejo como el mundo.

    Es idolatría —dijo Litu.

    Es hambre —dijo Ovi.

    Las dos cosas —dijo la Hermana.

    Silencio.

    Lucas seguía mirando el suelo.

    * * *

    Lo que me llama la atención —dijo P. Lorenzo, por primera vez desde que había empezado la tensión— no es la imagen en sí. Es la velocidad. Esa imagen la vieron cincuenta millones de personas en doce horas. La respuesta del Papa León XIV —que salió a las pocas horas, en español, desde Roma— la vieron cincuenta veces menos.

    La Hermana miró a Manuel. Habló a través de la reja, despacio:

    Manuel.

    Él levantó la vista. Era la primera vez en toda la tarde que alguien lo llamaba por su nombre — no por el apodo.

    El algoritmo no es neutral —dijo él, sin levantar los ojos del piso al principio, como si lo hubiera pensado desde hacía rato—. El algoritmo premia lo que genera reacción. La indignación genera reacción. La esperanza, menos. El escándalo viaja más rápido que la verdad. No porque la gente sea mala. Sino porque así está diseñado.

    Litu lo miró fijo.

    ¿Y entonces? ¿Nos rendimos?

    No —dijo Manuel—. Pero tampoco podemos hacer como si las reglas fueran iguales para todos.

    * * *

    Ovi se recostó en la silla y miró la reja como si mirara más allá.

    León XIV es el primer papa latinoamericano y americano después de Francisco. Habla español. Sale a responder en pocas horas. Eso también es un hecho digital, ¿no? También viajó por las redes.

    Pero no llegó igual —dijo Litu, esta vez sin dureza. Solo constatando.

    No llegó igual —confirmó Ovi.

    La Hermana juntó las manos sobre la reja.

    Por eso estamos acá —dijo, mirando a los Custodios—. No para ganar el algoritmo. Para ser presencia donde el algoritmo no alcanza. En los mensajes privados. En la conversación de después. En el que vio la imagen de Trump-Cristo y sintió algo raro pero no supo qué nombre ponerle.

    * * *

    P. Lorenzo se puso de pie. Señal de que la visita terminaba.

    Me llevan una pregunta —dijo, con esa calma que tenía para decir las cosas importantes como si fueran ordinarias—. No se la respondo yo. Ustedes tienen que pensarla.

    Los miró a todos, pero sobre todo a los Custodios.

    Si tuvieras que publicar algo mañana que le hable a alguien que vio esa imagen y le gustó… ¿qué publicarías? ¿Cómo lo harías? ¿Desde dónde?

    Nadie respondió.

    Esa era la idea.

    P. Lorenzo recogió su silla en silencio. Y pensó, casi sin querer: «Me parece que acabo de ver a Schrödinger…»

    * * *

    Salieron en silencio al patio. Bit los recibió moviéndose igual que siempre, sin saber nada de Trump ni de León XIV ni de algoritmos.

    Litu lo miró un momento.

    Él tiene razón en algo —dijo.

    ¿Quién, P. Lorenzo? —preguntó Ovi.

    Bit —dijo Litu.

    Ovi sonrió.

    Bit siempre tiene razón.

  • Homilía en la Misa de recepción de la reliquia de San Francisco de Asís

    Catedral Metropolitana de la Santísima Asunción

    Asunción, 6 de abril de 2026


    (Introducción improvisada en el momento. Saludo, sorpresa y gratitud por la presencia de obispos, sacerdotes, diáconos, familia franciscana, consagrados y consagradas, fieles laicos. Signo de los frailes mayor y menor que portaron la urna de la reliquia: Francisco habla a todas las edades. Francisco que se hizo chiquito para llegar a Paraguay, nos dice que Dios engrandece a los pequeños, como Canta María en el Magnificat).

    Hay algo que no es casualidad esta noche. Estamos en la octava de Pascua. Las lecturas que acabamos de escuchar nos traen a Pedro anunciando ante la multitud que Jesús no fue abandonado a la muerte —y a las mujeres corriendo desde el sepulcro vacío con temor y gran alegría, para dar la noticia a los discípulos. Y en ese mismo clima de Pascua, de vida que irrumpe, de muerte vencida, recibimos esta reliquia: un fragmento del cuerpo de Francisco de Asís. Un hombre que vivió la Pascua en el cuerpo.

    Francisco nació dos veces. La primera vez en Asís, hijo de Pietro di Bernardone. La segunda vez, en San Damián, cuando un crucificado le habló. Desde ese día, toda su vida fue un itinerario pascual: descenso al leproso, a la pobreza, a la minoridad —y desde allí, resurrección. Las llagas que recibió en La Verna (monte Alverna) no eran el fin del camino: eran la confirmación de que había caminado bien. Francisco llevó en su cuerpo la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifestara en él. Eso es la Pascua vivida en carne. Por eso esta reliquia llega en semana de Pascua: no podría llegar en otro momento.

    I. Un pueblo que ya conoce a Francisco

    Hermanos, Francisco no viene por primera vez a Paraguay. Ya estuvo aquí. Llegó antes que muchos. Cuando los franciscanos entraron en estas tierras —antes que ninguna otra orden religiosa con presencia estable— trajeron consigo el Evangelio y la fraternidad. Caazapá fue la cuna de esa evangelización. Desde allí, el espíritu de Francisco se extendió por gran parte del territorio nacional, forjando una forma de ser cristiano que todavía reconocemos como nuestra.

    Dos nombres merecen ser pronunciados con gratitud esta noche. Fray Luis Bolaños, que aprendió el guaraní y lo convirtió en lengua del anuncio: él redujo la lengua a gramática, tradujo el catecismo, hizo que el Evangelio sonara en la boca del pueblo en su propia lengua. Y Fray Juan Bernardo, cuya sangre derramada da testimonio de que la misión no fue sólo empresa cultural sino entrega total. Una tradición de obispos franciscanos jalonó después la historia eclesial de este país. Y cuando los jesuitas fueron expulsados, fueron los franciscanos quienes continuaron la presencia y la caridad. Esta Iglesia tiene raíces franciscanas profundas.

    Pero hay algo todavía más hondo. Francisco vive en el alma del pueblo paraguayo, aunque el pueblo no siempre lo sepa nombrar. Está en la solidaridad que aparece cuando alguien necesita ayuda y los vecinos acuden sin que nadie los convoque. Está en la hospitalidad que ofrece lo poco sin calcular. Está en la fraternidad que se teje en los bordes, entre los que el mundo considera pequeños. Está en el pesebre que cada familia arma con devoción en diciembre, y en las procesiones de Semana Santa donde el pueblo lleva a cuestas la Pasión con una seriedad que ningún decreto produce. Francisco es parte de nuestra forma de creer.

    Y hay un elemento que no podemos pasar por alto, porque la Iglesia lo está redescubriendo con urgencia: la minoridad. Francisco quiso que su fraternidad fuera de menores —minores—, no de poderosos. Esa es también la lógica de la sinodalidad que el Espíritu nos está pidiendo hoy: una Iglesia que escucha a los pequeños, que decide desde los bordes, que no confunde autoridad con dominio. Francisco no fundó una institución de gestión: fundó una fraternidad de servicio. Tenemos mucho que aprender de esa forma.

    II. Reconstruye mi Iglesia — reconstruye mi pueblo

    El mandato que Francisco escuchó en San Damián fue concreto: “Francisco, ve y repara mi Iglesia, que como ves, está en ruinas.” Él lo entendió primero literalmente: fue a buscar piedras. Sólo después comprendió que el Señor le hablaba de algo más vasto. Y sin embargo, la literalidad tenía su verdad: la reconstrucción siempre empieza en lo concreto, en lo pequeño, en lo que está a mano.

    Este año el Paraguay celebra el Jubileo franciscano en el Año del Bien Común. No es un accidente de calendario: es una invitación a leer juntas las dos convocatorias. El bien común no es una suma de intereses privados bien administrados. Es la condición en la que cada persona puede alcanzar su plena dignidad. Francisco lo sabía en el cuerpo, antes que en los libros: cuando abrazó al leproso, reconstruyó algo, reconstruyó el bien común. Cuando el obispo Guido y el Podestá de Asís se reconciliaron a instancias suyas, reconstruyó el bien común. Cuando fue a visitar al Sultán en medio de la cruzada, reconstruyó el bien común. Cuando se presentó descalzo y en harapos ante el Papa Inocencio III y le pidió que aprobara su forma de vida, reconstruyó el bien común.

    El Jubileo franciscano no nos convoca a celebrar el pasado. Nos convoca a preguntarnos qué hay que reconstruir ahora. En nuestra Iglesia. En nuestro pueblo. En nuestra familia, en la vida de cada uno. El mandato de San Damián sigue vigente.

    III. Paraguay, la paz y el Pax et Bonum

    Miramos también hacia afuera. El mundo está roto. Hay guerras que acumulan muertos con una indiferencia que espanta. Hay tensiones que no encuentran mediación. Hay voces que claman por la paz y no son escuchadas. El Papa León XIV ha renovado el llamado urgente a la reconciliación y a la cultura de la paz. Y Francisco de Asís, con su saludo eterno —Pax et Bonum—, tiene algo que decirle a este momento.

    Paraguay sabe lo que cuesta una guerra. No hace falta extendernos: en nuestra historia hay una herida que todavía no ha terminado de cicatrizar. Un pueblo que perdió casi todo y sobrevivió, principalmente desde las mujeres y los niños que quedaron, tiene una memoria de la devastación que no es abstracta. Esa memoria, cuando está bien procesada, no genera resentimiento: genera sabiduría. Genera la capacidad de decirle al mundo que la guerra no reconstruye nada.

    El Paraguay tiene vocación de paz. ¿El Paraguay tiene vocación de paz? No miremos solamente la violencia de ayer, miremos la de hoy. La violencia verbal, la violencia del desprecio, la violencia de la indiferencia, la violencia de la división. Francisco, a su paso, quiere que hagamos nuestra su paz, la paz del amor. Porque solamente en el amor y en la paz, se construye el bien común. La memoria de ayer, la historia, nos permite hablar con humildad y con verdad de lo que la violencia destruye. Pero para que esa voz tenga peso en el concierto de las naciones, necesitamos trabajar la autoridad moral que la respalde. No alcanza con la declaración: hace falta la coherencia. Paz afuera exige reconstrucción adentro. Fraternidad internacional exige que practiquemos fraternidad en casa: en la política, en la justicia, en la convivencia cotidiana.

    Francisco de Asís fue a visitar al Sultán cuando todos le decían que era una locura. No fue a ganar una batalla: fue a tener una conversación. Ese gesto sigue siendo profético. La Iglesia en Paraguay, inspirada en su carisma, puede ofrecer al mundo no sólo palabras sino un estilo: el estilo de quien se acerca al diferente sin miedo, sin armas, con la sola fuerza del Evangelio.

    IV. Las sandalias que regresan

    Esta reliquia que recibimos esta noche no es un objeto de museo. (No es un artefacto religioso, como nos dijo Fray Rogério). Es una presencia. Francisco quiere volver a caminar en Paraguay, en las sandalias de sus hijos e hijas que hoy recorren este suelo. La reliquia peregrina porque él peregrinó. Se mueve porque su espíritu no se queda quieto. Llega a Caazapá, a donde llegaron Bolaños y Bernardo, a la cuna de la evangelización franciscana de este país, no como turista sino como quien vuelve a casa.

    Pedro le dijo a la multitud en Pentecostés: “Pues bien, a este Jesús Dios lo resucitó, y de ello todos nosotros somos testigos.” Francisco fue testigo de ese Jesús con toda su vida. Las mujeres del Evangelio corrieron a dar la noticia. Francisco corrió al leproso. Nosotros, esta noche, ¿a dónde corremos?

    La reliquia nos pregunta. No nos responde: nos pregunta. ¿Qué hay que reconstruir en nuestra Iglesia? ¿Qué hay que reconstruir en nuestro pueblo? ¿En tu familia, en tu vida? ¿Estamos dispuestos a ser menores para ser verdaderamente fraternos? ¿Somos capaces de ofrecer al mundo el Pax et Bonum no sólo como saludo sino como programa?

    San Francisco de Asís dijo al hermano León que el gozo perfecto no estaba en los milagros ni en el saber, sino en soportar con paciencia y amor las dificultades del camino. Eso también es una lección para el Paraguay de hoy. No necesitamos milagros espectaculares. Necesitamos la paciencia y el amor para reconstruir. Piedra sobre piedra. Hermano junto a hermano. Como hicieron ellos. Como lo hizo Francisco, con sus hermanos que se sumaron a su santa locura, la locura de vivir el evangelio.

    + Francisco Javier Pistilli Scorzara, P. Sch.

    Obispo de la Diócesis de la Santísima Encarnación